La no tan nueva ‘normalidad’

blogeditor · 12 de agosto de 2013

La no tan nueva ‘normalidad’
Life Magazine. La vida vista en el retrovisor del Pasado
Life Magazine. La vida vista en el retrovisor del Pasado

El desenlace fue bastante más pedestre. Lo único que se movió, entre las cúpulas que mandan, fue la certeza de que en el transcurso de este tiempo el ánimo era regresar el reloj cuando menos dos o tres décadas: hasta, digamos, un lejano 1993. Con resabios de la época que vio proyectarse políticamente al dinosauriano: el botón de muestra Marcelo Ebrard, hoy reciclado caudillo del sol azteca, quien por esas épocas peleaba la candidatura a la presidencia para su jefe Manuel Camacho Solís (regente de la Ciudad de México, y concertacesionista por excelencia), y que –cosas del destino- podría quedarse con la franquicia perredista; o a su alumno aventajado, el pusilánime Doctor Miguel Ángel Mancera que se comporta cada vez más como un regente surgido de las filas del PRI, y no -de acuerdo a su papel de jefe de gobierno local democráticamente electo- un contrapeso real de izquierda al peñanietismo galopante, como sería el caso en otro país.

Pero por supuesto, no en México. La oposición existe como comparsa. Graco Ramírez, reaccionario izquierdista titular del Ejecutivo estatal en Morelos, incluso exalta las virtudes del priísmo redivivo. El PAN chapalea hacia la irrelevancia. Demasiados paradigmas personales e institucionales de la colonización exitosa del priísmo trasnochado.

En ausencia de cualquier otro valor impera en la brújula sin manecillas el pragmatismo más descarado: uno que garantice la supervivencia de los líderes de partidos cuestionados por sus bases, pero que se comportan como aliados y compinches de un presidencialismo triunfalista: de su variación en cada estado, que se maneja como satrapía del gobernante en turno. Pocos cuestionan si el estatu quo favorece al bien común, o el interés colectivo.

Los partidos reunidos bajo el paraguas del Pacto por México son cada vez más indistinguibles entre sí. Graco defiende la ruta señalada por Peña Nieto en el caso de la modernización de Pemex, donde por supuesto las corruptelas de la paraestatal no serán resueltas. El jeque sindical Romero Deschamps no es Elba Esther Gordillo; menos aún, Joaquín Hernández Galicia, o su lugarteniente El Trampas  enemistados con Carlos Salinas de Gortari durante su gestión presidencial -y como Secretario de Programación durante el sexenio de Miguel de la Madrid, quien lo escogió para sucederlo. El actual líder moral petrolero es enteramente funcional al sistema (cuando menos hasta ahora): Senador en funciones y ventajoso gestor del convenio recién firmado con la empresa que será sujeta a reformas neosalinistas.

Atención. Hemos visto el futuro, y se llama … Carlos Romero Deschamps
Atención. Hemos visto el futuro, y se llama … Carlos Romero Deschamps

Atención. Hemos visto el futuro, y se llama … Carlos Romero Deschamps

O podríamos ubicarnos en 1985, antes del salinismo originario -y omnímodo- que quizá recobre bríos e ice de nuevo el vuelo en estos tiempos. Rafael Caro Quintero ya se encuentra fuera de la cárcel. Parece que Ernesto Fonseca podría también obtener pronto su libertad. A Raúl Salinas le devuelven sus cuentas y propiedades, presuntamente mal habidas. Sólo falta que se le extiendan disculpas formales.

Lo cierto es que jamás se intentaron cambios estructurales que hubiesen impedido la vuelta de tuerca al pasado. Ni cuando Fox se afanó en convencer al electorado de que se irían las víboras tepocatas a la cárcel; menos, al tomar posesión y despilfarrar seis años de capital político en sus ruedas de molino.

No pasó nada tampoco con el moralmente diminuto Felipe Calderón, cien por ciento incapaz de gobernar al país que pedía una mudanza de los viejos usos que han vuelto para quedarse otros setenta años (si se salen con la suya el PRI y sus cómplices). Todo fue, desde la visión pesadillesca que nos desea retrotraer a épocas que parecían superadas, un grotesco prólogo de doce años perdidos antes de emprender la marcha de vuelta al sendero archiconocido.

Raúl Salinas
Raúl Salinas

 

Caro Quintero
Caro Quintero

Estamos ante la versión más reciente del Gatopardismo mexicano al que jamás aspiraría Lampedusa, sin grandes opciones diferenciadoras: tal y como estábamos en México en los ochenta. Sin el consentimiento informado de la población. Sin herramientas reales para que participe activamente la ciudadanía en la cosa pública.

La democracia y el escrutinio certero; la efectiva transparencia y la definitiva irrupción de la ciudadanía parecen haber sido una moda pasajera, redituable sólo en la retórica y de fácil apropiación por los intereses más retrógrados de la administración pública y privada. Como el tamaño de los jeans o los bigotes durante la época de gloria de Caro Quintero y el apogeo de los hermanos Salinas de Gortari, hoy reciclados como si necesitáramos recordar –con ejemplos atroces y concretos- que nuestro pasado ‘irrepetible’: compendio mancheteado de corrupción e impunidad, nunca se fue del todo. No se tenía previsto, siquiera, abandonarlo.