blogeditor · 4 de mayo de 2015
Es como un churro cinematográfico mal ensamblado. Los capítulos dispersos de nuestra historia se concilian sin éxito, desde el Poder autocelebratorio que (por enésima ocasión) busca reconducirse por senderos autoritarios.
[contextly_sidebar id=”q1jbkgCxTABSmuePfRczPlqCoVWZlIsN”]El inventor del aparato de edición más famoso en la historia del cine se llamaba Iwan Serrurier. Nació en Leiden, Holanda en 1878, y murió en 1953. Su invento de 1917 fue concebido en un principio para que lo compraran particulares –como los gramófonos o victrolas de la Victor Talking Machine Company, que contribuyeron a partir de 1901 a la democratización de la música- en un entorno netamente familiar. La inviabilidad y el alto costo que entrañaba tenerlas obligó a que Serrurier repensase su clientela. Fueron estudios de Hollywood en 1924 los que adquirieron el artefacto perfeccionado, que permitía observar tomas individuales para realizar cortes y transiciones nítidas, y que dictó los cánones de la industria durante décadas.
La moviola mexicana enlaza jirones cruciales del pasado para darles, en circunstancias y coyunturas actuales, una especie de decadente continuidad.

Jack Nicholson, con resabios de uno de sus personaje más significativos: el del poseído demiurgo Jack Torrance de El Resplandor de Stanley Kubrick, en la mesa de edición.
Nuestros episodios nacionales son editables a la fuerza. Las transiciones existen en la imaginación de un gran farsante, que monta y dirige la escena a su entera voluntad y conveniencia.
El México actual se remonta al primer régimen civil de la era priista, con el ascenso del cleptócrata Miguel Alemán Valdés y su camarilla de cachorros de la Revolución; luego vendría Adolfo Ruiz Cortines y sus arengas electorales a favor del ‘Trabajo Fecundo y Creador’. Más tarde, correría el turno a su tocayo López Paseos, versión adelantada de Enrique Peña Nieto que irrumpe en escena, del brazo de Angélica Rivera La Gaviota y su efecto Televisa, medio siglo más tarde.
Elecciones intermedias han servido, con el PRI, para apisonar el terreno de la sucesión presidencial para ese partido: así pasó en 2009, con el infumable generalísimo de pacotilla Felipe Calderón y seis años antes, con Vicente Fox: ambos, por supuesto, panistas.

Serguéi Eisenstein (1898-1948).
La teoría del montaje eisensteinano (en todos los sentidos del término, particularmente aplicables en México: ver caso Genaro García Luna), deja mucho qué desear pero satisface las necesidades limitadas de priistas, verdes, azules, amarillos, naranjas y turquesas.

Miguel Alemán Valdés (1946-52), presidente designado por su antecesor, el militar Manuel Ávila Camacho. Su sexenio de robos, excesos y francachelas es el primero de la era priista moderna.

Adolfo Ruiz Cortines ‘el austero’, a quien Alemán escogió por dedazo (1952-58).

Vuelta de tuerca, o compás de péndulo. Adolfo López Mateos, (1958-64), mexiquense, uno de los pilares del vetusto y redituable atlacomulquismo en su vertiente peñista.
Hasta ese momento la Historia Oficial maniquea se entiende como manojo de cabos sueltos, mal fijados con remedos de engrudo, sin ninguna consecuencia.
A partir del diazordacismo salvaje, y para efectos estrictamente formales de la opinion pública cautiva, la película se moderniza. Destaca entonces desde la óptica autoritaria y hasta nuestros días, el corte y pega de la guadaña mexicana politiquera con adhesivos pésimamente actualizados.
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Gustavo Díaz Ordaz (1964-70). El primero de septiembre de 1969, durante su informe, asume plenamente la responsabilidad de la represión estudiantil. Diputados lo vitorean.
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Luis Echeverría Álvarez (1970-76). Secretario de Gobernación en los sucesos de 1968. Presidente durante la masacre del 10 de junio de 1971, en el Casco de Santo Tomás. Delirante discurso de ‘apertura’, UNAM 1975. ‘Se abre una nueva era de mucha comprensión, y respeto…’
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José López Portillo (1976-82) nacionaliza la banca y llora su desventura. Primero de septiembre, 1982.
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‘Carlos Salinas, cómplice de los delitos de sus hermanos’. Miguel de la Madrid se sincera con Carmen Aristegui antes de que la nomenklatura de siempre lo obligara, vergonzosamente, a recular.
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Huelga de hambre de Salinas de Gortari (Tlatoani correspondiente al periodo 1988-94), en Nuevo León. ‘Para rescatar el honor de mi familia’.
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2 de julio del 2000. José Woldenberg, consejero presidente del IFE, anuncia tendencia electoral irreversible a favor de Fox; el presidente Ernesto Zedillo (1994-2000) la ratifica. Efímero México ‘moderno’. Deseable normalidad democrática sin el PRI, o con un partido acotado y disminuido. Algo que -por torpeza o mala fe de los vencedores- nunca estuvo en sus planes de gobierno, para vergüenza suya y desgracia general.
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Memorias prescindibles del interregno panista. Vicente Fox Quesada (2000-06) espeta al periodista de Telemundo, Rubén Luengas. ‘Eres un vulgar estúpido’, y da por terminada una entrevista incómoda para el redundante vaquero de las botas percudidas.
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Disfunciones del PAN, segunda parte. ‘No habrá impunidad para nadie’. Felipe de Jesús Calderón Hinojosa (2006-2012) desde Panamá, el 1o. de julio de 2009: 25 días después del crimen sin castigo en la Guardería ABC. Mañana se cumplen cinco años y once meses de impunidad.
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Restauración del PRI y sus satélites pactistas. Peña Nieto desatinado, haciéndose infinitas bolas cuando le preguntan en la Feria del Libro de Guadalajara sobre los tres libros que lo han marcado como lector. Pregunta inocente, y enajenante gestión que se antoja haber durado mucho más tiempo que los dos años y fracción de (des)gobierno efectivo.
Se va rebobinando la realidad televisada por un Editor, literal o figurado, con intertítulos como Nacimiento de una Nación de DW Griffith: impecable experimento técnico pero apología deleznable del racismo, altamente apreciada por el sureño presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson (‘es como escribir la Historia con relámpagos’, llegó a decir del filme el invasor de Veracruz y promotor de la infructuosa expedición punitiva del general John J. Pershing contra Francisco Villa en territorio mexicano).
Esta película no puede prescindir de un amplio elenco de segundones transexenales, con inmenso poder, como Jorge González Torres y su franquicia el Partido Verde, o la profesora defenestrada Elba Esther Gordillo. O los virreyes priístas y sus variantes trasnochadas: Manuel Velasco, el recién casado cacique de Chiapas; Rafael Moreno Valle en Puebla, Miguel Ángel Mancera en el DF y Graco Ramírez en Morelos.
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Abril de 2003. René Bejarano recibe y se embolsa fajos de billetes de parte de Carlos Ahumada, sugardaddy del PRD en la Ciudad de México durante las gestiones de Rosario Robles (hoy titular de Sedesol) y Andrés Manuel López Obrador (el eterno candidato).
¿Es válido comprimir -de esta forma, para la gallería- la historia política de México al tamaño de un cineminuto o, peor aún, al de un video carérrimo (en recursos, y vidas) pero de cortísima duración?
¿Se obliga un dissolve, que concatene los crímenes que nos han dado identidad y patria en este truculento collage?
Las elecciones del 7 de junio próximo serán el capítulo más novedoso de un culebrón que, como las telenovelas gringas, no parecerá tener fin hasta que algún día llegue la democracia efectiva, la separación de poderes, el combate a la corrupción y la impunidad, el imperio de la ley y un largo etcétera.
¿Cuántas años décadas o siglos extra tendremos que esperar, hasta el eventual arribo del momento fundacional?
Corte, y vámonos. Así se queda.
