La moral del progreso o el progreso de la moral

blogeditor · 10 de febrero de 2013

La moral del progreso o el progreso de la moral

La humanidad tiene una moral doble:
una que predica y no practica,
y otra que practica y no predica”.
Bertrand Russell

A Denise Dresser por descubrir cotidianamente
el peso de la moral en el valor del progreso.

 

La moral mal enfocada provoca que una sociedad solamente viva de las rentas del pasado sin la posibilidad de crear valor en su presente.

Por décadas en México, la moral y el dogma de agendas privadas se han vuelto la trampa del progreso nacional. Renunciamos a la política que posibilita lo evidente y permitimos abrazar aquella que hace de lo evidente algo imposible.

La moral política materializada en intereses sujetos al rendimiento de puestos públicos, se adueñó del progreso económico e integral ciudadano.

Ello nos llevó a vivir en una esclavitud invisible que provocó la inmovilidad de las razones del presente hipotecadas a los dogmas e intereses del pasado.

Ante ello, poco a poco se abandona la exigencia unilateral, el deseo subliminal y el ánimo desarticulado en el colectivo de hacer progresar a México. Sin embargo, como sociedad no terminamos de dar el paso final con eficacia tajante para retomar el salvoconducto del progreso que no se deba a circunstancias mundiales, merecimientos, ni milagros naturales sino a la construcción del mismo por la convicción ciudadana.

El progreso económico y material tiene una diferencia de método y de objetivos. El cambio de poderes ha traído un mensaje toral: el deseo de centrar al progreso en la toma de decisiones colectivas como necesidad y no como derecho, sin importar si para ello debamos acudir a opciones del pasado, mientras active el rumbo de un futuro con certeza como opción ante la impaciencia de la improvisación.

Sin embargo hacer turismo en el pasado para encontrar soluciones al presente, no significa que la sociedad esté dispuesta a permitir que se apodere una sola visión ni se adjudique a la autoría individual con la intención de obtener rentabilidad política del progreso colectivo. Los métodos están cambiando.

Ahora, la autoría del progreso reconoce en las iniciativas sociales tendencias colectivas de una moral que no se centre en la apariencia del bienestar, sino que ostente creatividad con eficacia para volverlo real.

El dilema actual parte de hacer claudicar una moral que exalta la virtud (e intereses) del pasado que ha detenido el progreso, por una visión liberadora del potencial del bienestar colectivo que justifique el hacer progresar a la moral.
En México, la moral política ha sido sexenal, quizá transexenal, sin embargo el progreso requiere de urgencia que traspase el umbral de la periodicidad política.

En efecto, hablamos de abandonar una moral sexenal que confecciona ideas “universalmente aceptadas” por la opinión del quién y no del qué, rumbo a una agenda de progreso permanente sin la exaltación de egos individuales.
Para traspasar las anclas de creencias que nos sumen en la mediocridad, se requiere experimentar los efectos de una transformación de actitudes que sólo provoca la sensación del progreso que hace de la experiencia de una expectativa lejana, percibirla como realidad posible.

 

CIUDADANIZAR Y NO PRIVATIZAR EL DESARROLLO

Como individuos y como naciones, ser libre no radica sólo en lo que uno puede hacer para progresar sino en lo que se logra evitar para no hacerlo.

El dilema de la moral política en el progreso económico y del progreso económico para dar cauce y legitimar a la moral política, debe dar pauta a una nueva realidad que abandone los decibeles que el Estado conjuga, permitiendo interceder al sector privado a un entorno donde la participación del desarrollo le corresponda también a los demás sectores de la sociedad.

Debemos recuperar para la economía y el desarrollo nacional a Aristóteles y “el justo medio”, buscando en las acciones de la política pública la medida justa entre el exceso y el defecto, entre el intento privatizador y el riesgo clientelar que impiden la verdadera prosperidad social.

De ahí que el cambio de paradigma sea pasar de una dinámica bizantina de privatización bilateral al espectro de la asociación social cuatrimotor.

Ni es posible ceder a los intereses privados que arrebaten la riqueza nacional, ni tampoco es permisible ocultar en el escudo de la moral intereses clientelares que impidan el progreso individual. La creatividad del justo medio en el desarrollo económico debe aparecer.

De ahí que ese justo medio esté en ciudadanizar, no en privatizar el desarrollo nacional.

En efecto, el justo medio de una moral progresista es ciudadanizar el desarrollo, ahí donde la urgencia de la necesidad y la precariedad del recurso, lo exigen, sin perder el Estado por ello, su capacidad rectora, su propiedad y dominio de los bienes públicos.

 

DE LAS ASOCIACIONES PUBLICO-PRIVADAS, A LA CREATIVIDAD DE LAS
ASOCIACIONES ESTRATEGICAS

La clave es romper el paradigma donde el Estado sale a buscar financiamiento privado para desarrollar proyectos públicos creando deuda, a un Estado con creatividad para generar riqueza donde el gobierno asume y justiprecia el valor de sus activos (usos de suelo, densidades, servicios públicos, certeza) y los aporta en coinversiones transparentes con el sector privado, académico y social para el desarrollo integral.

La visión del Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera, comienza a materializarlo al enviar el mensaje en su programa y acciones de gobierno, de crear finanzas innovadoras pasando de un Estado meramente recaudador a uno generador de riqueza.

Las asociaciones estratégicas ciudadanizan el desarrollo de un territorio creando valor social dejando atrás la discusión bizantina de la privatización de los bienes públicos.

Es momento que el Estado haga valer mediante dinámicas de asociación, el valor de sus activos, de sus bienes, para impulsar la vertiginosa necesidad del desarrollo social, educativo e integral.

Pasar de esquemas meramente de concesiones que privatizan temporalmente el dominio y el usufructo de bienes públicos, a un régimen de coinversión donde el Estado ostente el control de sus activos con la participación financiera y administración eficaz del sector ciudadano.

La doble moral de la evasión de la privatización ha provocado que el Estado oculte en la demagogia las necesidades reales, impidiendo irónicamente el verdadero progreso que crea independencia por una relación de nexos clientelares que provocan indefinidamente dependencia y sumisión subliminal sin margen de maniobra, bajo muchos contratos de administración temporal jurídicamente revocables pero materialmente imposibilitados para cancelarlos.

La demagogia, lejos de crear valor en el desarrollo, concesiona en muchos casos sin transparencia los bienes públicos, sin que ello explosione el verdadero potencial y beneficio del gran valor de los activos públicos.

En esos mecanismos, el Estado sólo recibe -si bien sabe exigirlo- los residuos de ingresos económicos.

Por ello, ciudadanizar el desarrollo, implica que el Estado como dueño del bien público asuma la propiedad y el dominio de sus bienes, aportándolos en coinversiones con valor y sentido social -abandonando las concesiones que provocan el financiamiento de corto plazo, pero que resultan mucho más caras en el largo horizonte- al tiempo que otorgue la operatividad conjunta al sector privado, académico y social como aliados transparentes que controlen, transparenten y den eficacia rentable a la operación de proyectos.

Las cargas fiscales de seguridad social, de servicios de salud, infraestructura turística, del potencial logístico y energético de un país requieren en absoluto la necesidad de un Estado que sabe con eficacia darle valor a los bienes públicos con creatividad para involucrar a la sociedad en el desarrollo.

Es momento de entrar en una dinámica de la asociación estratégica donde la reserva de la propiedad no excluya la apertura para el desarrollo compartido.

Bajo los esquemas de las asociaciones estratégicas no es el sector privado el exclusivo jugador-participante. El sector académico aporta integridad y legitima con la visión sustentable del progreso. El sector social, al estar en el centro de las decisiones, participa como sujeto activo y se compromete con el resultado. La transparencia deja de ser un derecho ilusorio y se vuelve un requisito operativo compartido.

La moral no puede ser la excusa para no hacer lo que realmente deseamos. Hay que hacerla progresar, no hay tiempo que perder. Esto es lo que verdaderamente cambiará positivamente la vida de un ciudadano sin importar el código postal en el que vive.

Hacerle el juego a la moral política es impedir combatir con eficacia los lastres del progreso económico como la pobreza. Crear satisfactores para todos aquellos dispuestos a trabajar por su superación y aquellos impedidos de hacerlo, tener la forma de allegarse de bienestar social. Mejorar en concreto, la calidad de vida y el progreso de la gente.

El resultado de la suma de lo que verdaderamente deseamos se alcanza restando las experiencias que descubren lo que no queremos.

Mejorar la calidad de vida, es un buen salvoconducto al verdadero progreso de prosperidad individual, desarrollo social y no solamente un beneficio privado del crecimiento macroeconómico.