Redacción Animal Político · 1 de agosto de 2025
Eliane Brum, Bruno Latour, Vinciane Despret, Donna Haraway han dedicado sus vidas a pensar la crisis ambiental. Hay que ecologizarse, susurran; ser más selva, repiten.
El mundo moderno se sostiene a punta de acumulación y dependencia a tecnologías: nos empuja contra la pared desde donde miramos nuestras propias caras en soledad, reflejadas al infinito en los espejos y likeadas por cantidad de amigos virtuales.
La tecnología nos sopló al oído que no necesitábamos de nadie más. Y es que depender es una pérdida de tiempo en un sistema en el que la productividad es ley. Y es que depender es sinónimo de debilidad.
Después llegó el COVID y nos enseñó que controlábamos más bien poco: otros habitantes del planeta podían destruirnos. Así fuera algo tan diminuto como un virus.
Lo pequeño suele siempre producir las olas más arrolladoras.
Parece paradójico, pero no lo es: abrazar la animalidad nos regresará nuestra humanidad. El yo no sobrevive en el mundo del futuro, el yo tiene que transformarse en nosotros para componer en diversidad.
Ecología: es la ciencia que estudia las interacciones entre los seres vivos y su ambiente. El objetivo principal de la ecología es comprender cómo funcionan los ecosistemas y cómo se distribuyen las especies.
Y entonces ecologizarse es abrir los ojos y ver a otros seres que prepotentemente habíamos calificado de subordinados ser mucho más. El ecologizarse es permitir que ese mundo que ya no controlamos (que nunca controlamos), nos invada. Porque es uno con agencia: no sobreviviremos si no tratamos a otros seres (y ecosistemas) como iguales, no sobreviviremos si no creamos mundo con otros.
La desconexión y el aislamiento terminaron por desenraizarnos. Y ahora, lentamente, estamos aterrizando. Volvemos a la Tierra para observarla.
Volteamos a ver el lugar que abandonamos y vemos ruinas, ¿quién dijo que empezar era fácil? Toma tiempo adentrarse en la postmodernidad; toma tiempo hablar de política alejada de generalidades y conceptos ecológicos vacíos; toma tiempo ocuparse de lo pequeño. Porque, para empezar, los detalles son importantes. El futuro no será grandilocuente, se construye desde abajo a punta de intento y error. Y el futuro es silencio, solo así se puede escuchar.
La incertidumbre nos transmite humildad, pero también nos abre a la capacidad de imaginar un mundo desde un deseo de vivir sin conquistar. La diversidad nutre y nos hace más resilientes: como un campo de transgénicos, homogéneo, es más proclive a enfermarse y morir comparado con uno con una gran diversidad genética. La interconexión es entonces oportunidad y alimenta una vulnerabilidad que nos recuerda cada día nuestras fragilidades. ¿Y si resignificamos el valor de las dependencias?
El desentrañarlas nos permite entender la cascada de seres y ecosistemas que sostienen nuestras vidas.
Depender es aceptar dar y recibir; es tener curiosidad por lo que nos rodea. Depender nos permite habitar más intensamente los cuerpos y los espacios.
Bruno Latour propone hablar de ese mundo nuevo como Gaïa, pues es enmarcar nuestro transitar en un mito que engloba una dimensión política, social y ambiental. El mito nos permite habitar un hogar en el que todavía hay espacio para sorprenderse. Gaïa es un concepto, pero también es una idea de mundo más amable dónde vivir. Gaïa nos empuja a mezclar disciplinas: la política no está peleada con las artes ni la ciencia con la literatura. En Gaïa, todas las fronteras que conocíamos empiezan a difuminarse. Latour advierte: Gaïa es un regreso a nosotros mismos después de décadas de buscar vida en otros mundos. Regresamos a la Tierra para ver la casa, volteamos a ver lo diminuto que es lo importante.
La esperanza de los discursos políticos también pertenece al ayer pues se alimenta de mentiras: la esperanza no describió nunca ningún mundo en el que vivimos. Eliane Brum va aún más lejos: necesitamos aprender a vivir con terror y alegría en un mundo en donde ya no hay esperanza.
Y entonces, avanzamos sin saber muy bien a donde vamos, pero con la certeza, como dice Bruno Latour, de que son nuestras pequeñas acciones las que construyen el mundo y que esas decisiones, en turno, nos vuelven políticos.
Caminamos con los ojos bien fijos en las líneas de la tierra, formamos nudos con otros seres. A veces, perdemos el hilo. Otros nos ayudan a reencontrarlo o construir nuevos cuando los anteriores son insalvables; a la vuelta de un camino se esconde la belleza.
A veces, caemos en lagunas, vacíos de recuerdos de un supuesto mundo más feliz; en la incertidumbre, nos refugiamos en el deseo de que la malla que estamos construyendo sea ya lo suficientemente honda como para cacharnos cuando estemos en lo más profundo.
Y así, mientras tanto, la vida sucede: comienza de un núcleo y de ahí se ensancha.