Joel Aguirre · 26 de agosto de 2026
Por Diana Hernández*
Si tienes más de cuarenta y cinco años, seguramente te acuerdas de que los jeans no se compraban rotos. No había un acabado que simulara el desgaste, todas las rasgaduras eran genuinamente tuyas y venían del uso que le dabas a la ropa. Los parches eran parches, no accesorios. Usabas las prendas hasta que se volvían casi una segunda piel, hasta sus últimos momentos, con esa mezcla rara de orgullo y tristeza al dejarlas ir porque ya eran inusables.
Ahora esa nostalgia viene de fábrica. Productos nuevos que parecen usados por décadas.
¿Y qué hay de malo con eso? Bueno, además de que ese acabado requiere procesos extras que consumen energía, agua y químicos, es el síntoma de algo más profundo: tenemos la capacidad de producir mucho más de lo que necesitamos, y para sacarle provecho hay que fabricar obsolescencia, programada o percibida, y sostenerla con una maquinaria de marketing cada vez más cara y agresiva.
Construimos un sistema con forma de uróboros, pero en el mito, la serpiente que se muerde la cola prometía renovación eterna; la nuestra se está digiriendo a sí misma sin renovarse.
Para ver esto no hace falta una proyección de PIB ni la ecuación de un economista. Basta con alejar la cámara y reencuadrar el problema, dejar de ver las partes por separado para ver el sistema completo. Es una estrategia simple, pero que hacemos mucho menos de lo que creemos. En sus estudios sobre pensamiento sistémico, los doctores Derek y Laura Cabrera, de Cornell, afirman que la mayoría de las personas mira el “asunto” de manera superficial; algunos lo descomponen en partes (zoom in) y solo una fracción mínima lo ve dentro del sistema completo (zoom out). Miramos la parte y creemos haber visto el todo. Así que alejémonos.
La sal fue moneda, tributo y motivo de guerras. Hoy cuesta menos que su empaque. Nadie extraña esa escasez: abaratar lo esencial fue un logro civilizatorio, y la lista de estos avances es larga: azúcar, textiles, cerámica, electrónicos.
El problema no es que las cosas sean baratas. El problema es lo que hacemos para que sigan siendo cada vez más baratas con tal de mantener el crecimiento en el mercado cuando ya está sobresaturado. Seguimos produciendo, pero cada unidad adicional aporta menos bienestar y cuesta más en riesgos, en salud, en residuo. Herman Daly le puso nombre a este fenómeno “crecimiento antieconómico”, el crecimiento cuyo costo ya excedió su beneficio.
La industria de la ropa es el ejemplo más didáctico porque el cambio ocurrió en una sola vida, a la vista de todos.
Nuestros abuelos destinaban más del 10 % del gasto del hogar a vestirse; nosotros, alrededor del 3.8 %. Pero compramos cinco veces más prendas que en los años 1980. El clóset promedio tiene 118 piezas, y una de cada cuatro no se usó en el último año. Una casa de moda tradicional lanzaba dos colecciones anuales; Zara llegó a 12,000 diseños al año; SHEIN sube hasta 2,000 referencias nuevas en un solo día.
Y mientras el precio por prenda se desploma, el volumen no ha dejado de crecer: 132 millones de toneladas de fibra textil en 2024, cuatro toneladas por segundo, más del doble que en el año 2000, con proyección de 169 millones para 2030. Nos volvimos más eficientes en todo menos en usar la ropa. Ese es el único indicador que va en reversa.
Durante años el sistema tuvo una válvula de escape: si sobraba, se donaba, se exportaba, se revendía. Alguien más la iba a querer.
Esa válvula ya está saturada. A Ghana llegan unos 15 millones de prendas cada semana, y cerca del 40 % de lo que entra al mercado de Kantamanto es considerado “inservible” y va directo al vertedero. En el desierto de Atacama se acumulan montañas de ropa visibles desde el aire, muchas prendas aún con la etiqueta puesta porque nunca se vendieron. Y aquí en México, la Sedema reporta unas 365 toneladas de residuos textiles al día tan solo en la Ciudad de México.
El problema es tan grande que la Unión Europea ya prohibió a las marcas destruir su ropa no vendida, y no habla solo de moda rápida: hasta las casas de lujo, cuyo negocio depende de la escasez, producen a tal velocidad que su excedente ya es un problema que el Estado tuvo que legislar. El inventario sobrante dejó de ser un activo y se volvió carga, costo y riesgo.
Y sin embargo nadie frena. No porque no se pueda, sino porque el primero que baje la velocidad pierde ante los que siguen corriendo. La serpiente sabe que se está devorando. Pero soltar, sola, es quedarse atrás.
Forever 21 quebró en marzo de 2025, por segunda vez en seis años. Esta vez no hubo rescate: liquidación total de sus 354 tiendas. En su declaración culpó explícitamente a SHEIN y a Temu. Léelo otra vez. La moda rápida no fue derrotada por la moda lenta. Fue devorada por una versión más rápida de sí misma.
¿Y cuál es el futuro de esa versión más rápida? El crecimiento de SHEIN se desaceleró de 20.7 % a 8 %, su utilidad cayó casi 39 % y en el primer trimestre de 2026 reportó pérdidas. Empezó a sangrar cuando Estados Unidos eliminó la exención aduanera para paquetes baratos y la Unión Europea les puso una tarifa de tres euros. Una decisión regulatoria para nivelar la balanza.
Mientras tanto, Greenpeace Alemania analizó 56 prendas de la marca y encontró que 18, incluida ropa infantil, excedían los límites legales europeos de ftalatos, PFAS, formaldehído y plomo. No es química clandestina, son sustancias reguladas, y su abuso es parte de lo que permite esos precios tan bajos. ¿Cuánto tiempo pasará antes de más regulaciones?
Hasta aquí esto podría leerse como una crisis de competencia, empresas devorándose entre sí. Pero el tablero mismo tiene bordes.
Hemos creado máquinas capaces de producir cada vez más rápido y en más volumen. Lo que no hemos creado es un segundo planeta que las alimente. En 2022, las inundaciones en Pakistán, el quinto productor mundial de algodón, destruyeron más del 45 % de su cosecha y cerraron decenas de plantas textiles por falta de materia prima. No fue la proyección de un modelo climático, fue el presente.
¿Y cómo responde la industria ante un insumo natural cada vez más inestable? Esquivándolo. El poliéster ya es el 59 % de toda la fibra mundial, y cuando el algodón escasea, la industria se apoya todavía más en ese plástico derivado del petróleo. La serpiente, al chocar con el límite planetario, lo esquiva comiéndose el futuro, y de paso fabrica las montañas de residuos de Atacama, porque ese plástico no se biodegrada.
Pero el esquive tiene fecha de caducidad. Por abajo, los insumos, los costos y los riesgos suben: clima volátil, agua disputada, reguladores que empiezan a poner límites. Por arriba, el precio no puede subir: durante décadas entrenaron a un consumidor para no valorar la ropa, para esperar más por menos. ¿Quién absorbe la diferencia? El margen. Exactamente lo que ya está colapsando. ¿A quién le parece sensato sobreproducir tanto que desvalorizas su propio producto, que termina como residuo sin ni siquiera venderse, mientras generas toneladas de dióxido de carbono y contaminas el agua que necesitarás después?
Apostaron todo a la economía de escala: reducir costos, reducir precios, reducir margen y aumentar el volumen. En algún momento tuvo todo el sentido. Pero ese modelo asume que siempre habrá más mercado que conquistar, y el mercado también tiene bordes. La regulación golpeó primero, es cierto; aun así, el techo ya se asoma solo: ¿cuánto más puede crecer el ultra-fast-fashion cuando pase la novedad de tener tanto, cuando los influencers de compras infinitas pierdan credibilidad? No habrá presupuesto de marketing que lo sostenga.
Los números de SHEIN ya lo insinúan: de crecer 41 % en 2023 pasó a crecer 1.1 % a principios de 2026, y llega a la bolsa de Hong Kong valuada en una cuarta parte de lo que valía hace cuatro años. La matemática ya no cierra ni siquiera para el campeón del modelo. Nuestra capacidad de producir no solo está rebasando los límites del planeta: está rebasando los límites del mercado mismo.
La ropa es el caso más visible, pero el patrón existe, y puedes hacerle el test a cualquier industria. Una economía entra en fase autofágica cuando: uno, su capacidad de producción rebasó por mucho la necesidad real; dos, su ingreso depende de fabricar deseo, no de satisfacer necesidad; tres, la competencia la obliga a sustituir cada insumo por uno más barato cuyo costo se externaliza, al ambiente, al cuerpo, al futuro; cuatro, su sistema para absorber excedentes ya se saturó; y cinco, solo la regulación ha logrado devolverle sus costos.
No soy la primera en notar que este sistema se devora a sí mismo. La filósofa Nancy Fraser lo llama capitalismo caníbal: una economía que consume las bases de las que depende, la naturaleza, los cuidados, todo lo que usa sin pagar, y las trata como si fueran gratis e infinitas. Yo llego a la misma serpiente por otro camino, el de una camiseta de cien pesos, y agrego un pliegue que a ella no le ocupa: el sistema no solo se está comiendo lo que necesita para producir; se está comiendo también su capacidad de vender. Y me detengo en un lugar más terco que el suyo porque creo que todavía podemos hacer que el mito de la regeneración se haga realidad.
Y sí hay alternativa, porque nada de esto es utopía: todo ya existe en algún lugar. Francia acaba de promulgar una ley que le cobra a la moda ultraexprés por prenda y prohíbe su publicidad desde 2027, influencers incluidos; es imperfecta, protege a Zara y H&M mientras castiga a SHEIN y Temu, pero funcionó lo suficiente para notarse en un balance trimestral. La responsabilidad extendida del productor, que quien fabrica la prenda se haga cargo de su final, ya opera en Europa. Y la Ciudad de México ya prepara una norma ambiental de residuos textiles con puntos de retorno, ecodiseño y mercados circulares, mientras crecen las economías que le devuelven valor a la ropa en lugar de quitárselo: la reparación, la reventa, el upcycling, la moda lenta y local. El camino existe; falta caminarlo y cambiar la manera en la que producimos.
Nosotros cocreamos este sistema, y eso significa algo mejor de lo que parece: está hecho de decisiones, no de leyes de la física. Y las decisiones se cambian.
Todavía podemos elegir circularidad y regeneración. Un sistema que produce menos y vale más, que produce sin envenenar, que regenera y recircula. No es un sacrificio: es una decisión estratégica para la viabilidad y el bienestar.♦
*Diana Hernández es emprendedora, maestra en sostenibilidad y fotógrafa documental. Certificada en Pensamiento Sistémico, Design Thinking y en mediación y generación de acuerdos multiactor. Es miembro de la Alianza para la Economía del Bienestar (WEAll) y de Economías Alternativas México.