blogeditor · 17 de diciembre de 2021
Watching you in the mirror I wonder
what it is like to be so beautiful
and why you do not love
but cut yourself, shaving
like a bind man.
Louise Glück
Nací y crecí abrazada por dos mujeres fuertes. Mi abuela, con su entereza y sabiduría, siempre tuvo las palabras precisas para hacerme saber que tenía la capacidad para lograr lo que se me ocurriera. Pocos días antes de su muerte me lo repitió: “con tantita valentía y locura logras lo que quieras”. Guardo su consejo y lo saco a orear de vez en cuando para recordar que mis ocurrencias son posibles. Mi abuela me enseñó a ser valiente siendo valiente.
Por otro lado, mi mamá, con su generosidad y dulzura, siempre tiene las palabras precisas para hacerme saber que está orgullosa de mí y que los logros que alcanzo no son cosa menor. Hoy en la mañana, por ejemplo, me mandó una nota de voz para decírmelo. Para ella nunca son demasiadas veces: se asegura de dejarme claro que lo estoy haciendo bien. Tenemos una historia de amor y complicidad que comenzó dentro de su cuerpo y que sin límite alguno se expande cada día.
Y, a pesar de haber tenido el enorme privilegio de que ambas me criaran, tuve la osadía de aferrarme a la voz masculina: en principio la de mi padre intermitente e inconstante, que se repetiría como patrón en el resto de los hombres. Busqué, desde niña, el reconocimiento de él, de mi abuelo, de mis tíos, de mis maestros, de mis amigos y de cualquier hombre que me gustara o me representara autoridad. Me bastaba quererlos tantito para perderme en las mieles de su aprobación o en la amargura de su rechazo.
Me encantaría decir que haber crecido rodeada de mujeres que me hicieron sentir amada y aceptada hicieron de mí una mujer sin necesidad de validaciones externas, pero el desencanto de mirar con mucha más energía lo que no ven los hombres en mí que lo que tengo y me rodea, se sigue haciendo presente. Parece, más que una condena, una especie de traición a mí, a mi abuela y a mi madre. Incluso a mi historia.
Cada vez en menor medida y cada vez lo noto más y lo detengo a tiempo, pero no deja de sorprenderme que a pesar de ser la mujer que soy, a mis 36 años todavía detecte que me alegra recibir una mirada fugaz, un pequeño aplauso, una palmadita en el hombro, una voz de reconocimiento o el interés, por mínimo que sea, de un hombre que me agrada. Y, cuando lo detecto, siento un abismo en el estómago que me recuerda a la niña que con todo y el amor de su madre y de su abuela, esperaba que su papá la hiciera sentir mejor.
Alguna vez pensé que lo que yo tenía era un mal de amores, que no me sabía relacionar, que estaba rota o que me faltaba algo, porque nunca era suficiente, pero lo que estaba pasando conmigo era que vivía en una búsqueda constante por constatar que soy quien soy. Corroborar mi valía a través de la mirada masculina no solo ha sido un placebo para lo que de raíz está mal, sino que también me ha quitado libertad para explorar mis alcances y mi potencial.
Me convertí, desde muy chica, en esclava de la reacción, opinión y validación masculina. Entre más aprobación buscaba, a veces encontrándola y otras no, más hambre sentía. Ese vacío que no logré llenar a una edad temprana se quedó perforado y nada, ni siquiera mi padre que hoy está cerca de mí y manifiesta su orgullo, puede desaparecer la herida primaria.
Deshacerse de ese gancho no es un acto de voluntad, pero tras algunas reflexiones recientes que se derivan de mi mirada hacia mi vida actual, mi entorno, mi hijo, mi trabajo, mi salud, mi familia y manera de relacionarme tanto con hombres como mujeres, siento el compromiso de recorrer esa herida, tocarla, aceptarla y hacer las paces con ella, porque más allá de la valía externa que hoy me viene más bien sobrando, lo que necesito es asumir que soy la mujer que me moría de ganas de ser, abrazada por la crianza y el amor radiante de mi abuela y de mi madre.