La millonésima parte de un crimen

blogeditor · 10 de noviembre de 2022

La millonésima parte de un crimen

Para Fernando Román, un desobediente.

In memoriam

 

En 1961 fue juzgado un hombrezuelo, encontrado culpable y luego ahorcado en 1962. Era Eichman, el encargado de coordinar el traslado de millones de personas a los campos de exterminio nazis.

Sorprendida por las razones que el propio Eichman enarboló durante su juicio para su defensa, Hannah Arendt escribió un libro en el que llamó la atención sobre algo perturbador: Eichman no parecía ser otra cosa que un individuo cualquiera, bondadoso y cuidadoso con su familia, altamente eficiente cuando se trataba de cumplir órdenes y con una fe imperturbable en el líder nacionalsocialista. El mismo año en el que Arendt publicó su libro sobre la banalidad del mal, Stanley Milgram, un psicólogo de Yale, ideó un experimento -que lleva su nombre- para intentar echar luz sobre la obediencia y entender cómo era posible que personas comunes y corrientes pudieran cometer atrocidades.

Sus resultados fueron sobrecogedores: dos tercios de las personas participantes no fueron capaces de abstenerse de producir daño a otro individuo en un contexto en el que una autoridad les instaba a hacerlo. Milgram escribió: “La obediencia consiste en que una persona llegue a verse a sí misma como un instrumento para ejecutar los deseos de otra persona, de manera que deja de considerarse responsable de sus actos”. Milgram explicó que el fenómeno de la obediencia -en cuanto a su funcionamiento- era similar en contextos profundamente disímiles como, por ejemplo, entre lo ocurrido durante el nazismo y la vida común de un estadounidense en la década de los sesenta. Una vez que la persona experimenta ese viraje interior y se asume como instrumento de alguien más, dice Milgram, ocurre lo siguiente: el pensamiento se estrecha, el obediente se siente libre para realizar acciones crueles y surgen múltiples pensamientos que lo tranquilizan y le permiten justificar ante sí mismo los actos realizados en obediencia de otro.

Aún más: tras realizar acciones crueles, que en circunstancias normales no les resultarían aceptables, los obedientes del experimento de Milgram no perdían su sentido moral, pero éste cambiaba de perspectiva: ya no eran sus acciones el centro de su preocupación (pues el responsable era una autoridad legítima que les indicaba realizarlas) sino qué tan bien cumplían con las expectativas de dicha autoridad.

Otro rasgo que apareció en el adelgazamiento del pensamiento del obediente, dice Milgram, es que durante el experimento algunas personas estudiadas comenzaron a ver a sus víctimas como individuos que no merecían consideraciones, convirtiendo las equivocaciones de éstas en justificaciones para el maltrato. La devaluación sistemática de las víctimas, explicó Milgram tras las pruebas en el laboratorio, provee una justificación para ejercer sobre ellas tratos crueles.

Milgram también descubrió que los obedientes podían participar en una cadena que produjera un maltrato siempre y cuando se percibieran a sí mismos sólo como un engranaje intermedio y no como los ejecutores finales, los productores directos del mal.

Se trató de un experimento cuyos resultados cimbraron muchas conciencias y despertaron o renovaron el interés por comprender el fenómeno de la obediencia, sobre todo en sociedades complejas como la nuestra. Hasta dónde puede llegar una persona por el mero acto de obedecer a una autoridad es una pregunta que abre caminos estremecedores.

En el contexto de la reforma electoral impulsada por el lopezobradorismo -que propios y extraños han considerado regresiva y antidemocrática con argumentos sólidos, salvo, claro, los lopezobradoristas- percibo rasgos del funcionamiento de la obediencia descrito por Milgram. Es posible ver una impresionante inversión de valores en muchas voces que hace años se decían democráticas. No importa la flaqueza de sus argumentos para desmontar al INE, quitarle el control sobre el padrón electoral y nombrar consejeros que obedezcan lealtades políticas y partidarias: se trata de ser un instrumento eficaz para llevar a buen término los deseos del líder.

Periódicos y periodistas -como La Jornada- que en los años ochenta y noventa pugnaban por tener instituciones democráticas, hoy no tienen empacho en apoyar todas las iniciativas antidemocráticas de un presidente que insulta y violenta a periodistas y opositores (ver arriba cómo Milgram mostró que la degradación del otro hace menos penoso el abuso que se ejerce sobre él). Articulistas que hace unos años se decían demócratas, hoy comparan sin empacho al INE con un himen femenino que necesita ser violentado para hacerlo libre (léalo usted misma(o)). Funcionarios públicos de hoy, que durante treinta o cuarenta años pelearon desde la izquierda en la oposición por tener instituciones que organizaran elecciones confiables y transparentes, no tienen reservas en apoyar mecanismos de selección de consejeros que claramente generarían una autoridad electoral parcial e incapaz de ofrecer elecciones competitivas y con equidad para todos los contendientes. Vaya, incluso están dispuestos a utilizar instituciones (como la CNDH) diseñadas para proteger a los individuos del poder del Estado, para defender al poder político de los individuos que se oponen a una regresión democrática. Articulistas que ayer criticaban el menor asomo de autoritarismo en Calderón o en Peña Nieto -y con razón- hoy hacen malabares para justificar el autoritarismo del lopezobradorismo e invitan a sus lectores a fijarse en la bondad intrínseca de los actos del líder. Funcionarios de hoy que siendo oposición clamaban por sancionar delitos electorales, renuncian a perseguirlos (desde la FEPADE) y se muestran dispuestos a aprobar una reforma electoral que hará más sencillo cometer fraudes porque los controles actuales desaparecerán o tendrán menos capacidad institucional para operar correctamente.

No creo que el interés los guíe a todos (claro que los hay, acomodaticios, pero no todos). Se trata, creo, de un fenómeno complejo y colectivo de renuncia a los valores democráticos que son sustituidos por la abandonada obediencia.

Costó muchísimo trabajo construir un aparato electoral que rompiera con la inercia priista de setenta años de elecciones de Estado (partido hegemónico, autoridades electorales controladas por el Ejecutivo, asimetrías en la contienda electoral, esquemas que garantizaran la sobrerrepresentación a favor del partido en el poder, recursos públicos y programas sociales utilizados como instrumento de compra de votos, padrones electorales que permitían votar a muertos). Muchos de quienes pugnaron porque en México hubiera democracia, hoy han claudicado a su capacidad de raciocinio tal y como lo describiera Milgram. Hoy les interesa sólo su eficacia en cumplir los deseos y las expectativas del líder. Y no sólo eso: también han renunciado a asumir cualquier responsabilidad, pues ¿qué tan grave es la millonésima parte de un crimen?