La matanza de Huitzilac

blogeditor · 13 de septiembre de 2013

La matanza de Huitzilac

LA MATANZA DE HUITZILACLa matanza de Huitzilac

Helia D´Acosta

Editorial Posada, S.A.

México, 1976

pp. 321

 

El 3 de octubre de 1927 tuvo lugar la matanza de Huitzilac y en 1947, al cumplirse los veinte años, el director de la  Revista Jueves de Excelsior, Manuel Horta, encargó a la periodista Helia D´Acosta una serie de reportajes sobre la misma. Se publicaron 15 que aparecieron del nueve de octubre de 1947 al ocho de enero de 1948. En 1975, la periodista reunió esos materiales para publicar el presente libro. En esa matanza fue asesinado mi tío abuelo Enrique Monteverde González.

En esta edición, a las 24 entrevistas que realizó en 1947  añade otras tres: una con, Emilio Porte Gil, quien fuera presidente de la República; otra con Héctor González, y una más con Reynaldo Jáuregui Serrano. Incorpora también un artículo del escritor Nemesio García Naranjo y un discurso del ingeniero Gilberto Valenzuela, candidato a la presidencia de la República, pronunciado en 1929. Se incorporan fotografías de los asesinados y un apéndice con fichas bibliográficas de algunos de quienes participaron en este trágico suceso de la historia del país.

[contextly_sidebar id=”0971a26ee220c4182e3f3fde0693fa7f”]Los colaboradores de Francisco Serrano que con él fueron asesinados en Huitzilac son: General Daniel L. Peralta, general Miguel A. Peralta, Rafael Martínez de Escobar, general Carlos Ariza Pineda, general Carlos A. Vidal, mayor Octavio R. Almada, capitán Ernesto Noriega Méndez (Alias Cacama), periodista Alonso Capetillo, capitán Augusto Peña, José Villa Arce, Antonio Jáuregui Serrano, Otilio González y Enrique Monteverde. Este trágico episodio de la historia moderna de México quedó registrado en La sombra del caudillo, una de las grandes novelas escritas por Martín Luis Guzmán.

Nunca ha quedado resuelto de manera total quién ordenó el asesinato de Serrano y de quienes lo acompañaban en la luchaban por la presidencia de la República. Siempre se ha dicho que fue una orden del general Álvaro Obregón, muy amigo del general Serrano, y que fue implementada por el general Plutarco Elías Calles, en ese entonces presidente de la República. La Constitución se había modificado para que el general Obregón se pudiera reelegir. Las entrevistas apuntalan esta versión.

Enrique Monteverde González, uno de los asesinados, es mi tío abuelo. El era hermano de mi abuela paterna, Lidia Monteverde González, casada con mi abuelo Fernando Aguilar Quintana. En 1947, la periodista D´Acosta entrevistó a mi tía abuela Beatriz Monteverde González, mi tía Tichi como le decíamos, que era la menor de la familia Monteverde González. A continuación trascribo la entrevista:

“Entrevisté a la señorita Beatriz Monteverde, hermana del señor Enrique Monteverde. Otra de las victimas de Huitzilac. La acompañaba su prima, la señora María Gaxiola de Alvarez que fue la que recogió el cuerpo del señor Monteverde en el Hospital Militar, y fue velado en la casa de su tío, don Antonio Monteverde, porque los padres del asesinado vivían en la ciudad de Mérida, Yucatán.

-Todos nosotros somos originarios de Sonora -expresa la señorita Monteverde- pero en esa época nos encontrábamos en Mérida porque mi padre desempeñaba allí un importante puesto. Teníamos noticias de Enrique por medio de sus cartas. Nosotros sabíamos que la situación política era difícil, sin embargo, Enrique nunca nos platicaba nada de ello, seguramente por no inquietar a mis padres. Como estábamos tan alejados de la capital, no teníamos conocimiento de la verdad de los hechos.

-¿Cómo se enteraron ustedes de los asesinatos?

-El día cuatro de octubre de 1927, muy de mañana, fue el secretario de mi padre a decirle que había malas noticias. Que se decía que habían matado a Serrano y a Tonchi Jáuregui. Mis padres, mis hermanos y yo nos inquietamos mucho porque presentíamos algo terrible, porque sabíamos la amistad tan íntima que ligaba a Enrique con el general Serrano.

-Tres días estuvimos con aquella angustia porque interrumpieron toda comunicación con la capital -expresó la señora Monteverde-, hasta que el doctor Torres Díaz, que era entonces el gobernador de Yucatán, fue a dar a mi padre la dolorosa noticia. Ya se imagina usted nuestro dolor, acrecentado por la imposibilidad de ver siquiera sus despojos. Eso es todo lo que yo puedo decirle sobre la muerte de mi hermano. A esos criminales debemos también la muerte de mis padres, porque ellos no pudieron resistir tan honda pena.

“Intervino en la conversación la señora María Gaxiola de Alvarez, quien, como ya se dijo, era prima de Enrique, y recogió su cadáver. La dama expresó:

-Mi tío Antonio y yo fuimos al Hospital Militar aquella triste mañana de octubre. El cuadro que presenciamos ya se lo han descrito a usted los otros parientes de las víctimas, a quienes usted ya ha entrevistado… Y como también ya le han dicho a usted, el rostro de Enrique impresionaba más que todos por esa expresión de horror que le quedó impresa, y por los golpes que en él se apreciaban: tenía la boca abierta y la mandíbula casi desprendida; las muñecas horriblemente desolladas… Fue sumamente doloroso aquello.

-¿Qué edad tenía su hermano cuando lo mataron?

-Treinta y seis años. Era el mayor de todos mis hermanos.

-¿Tenía una estrecha amistad con el general Serrano, verdad?

-Efectivamente. Eran muy buenos amigos. El general Serrano le tenía mucha confianza, cuando en 1925 Serrano se fue a Europa, casi a diario le escribía Enrique y por medio de esas cartas se enteraba de la situación en México.

-¿Conserva usted esas cartas?

-Sí señorita. Voy a mostrárselas.

“Enseguida la señora Monteverde, me enseña un legajo de cartas y me dice que algunas de ellas fueron publicadas en La Prensa, de San Antonio, Texas.

“En esas cartas figuran los nombres de prominentes políticos de aquella época y de su lectura comprende uno que ya desde entonces se consideraba al general Serrano con posibilidades presidenciales.

“Una de ellas, fechada el 10 de septiembre de 1925 en la ciudad de México, y dirigida al general Serrano cuando se encontraba en Bruselas. Bélgica, el señor Monteverde, dice lo siguiente:

En este momento acaba de salir de aquí el general don Eugenio Martínez. No me encarga que te lo diga, pero está sentido contigo porque no le escribes. Dice que allá de vez en cuando le mandes una postal, como si se tratara de cumplir, nada más. Estuvo platicando un rato conmigo. Ya te figurarás el tema de la conversación. Es algo serio ya el disgusto de los obregón-serranistas. Yo no sé lo que tú pensarás sobre el asunto, ni lo que habrás contestado al sinnúmero de quejas que te habrán formulado. Yo para mí tengo -y así lo digo a los que me toman en serio- que no hay que andar con… mientras no se averigüe de una manera cierta, el objeto que persigue el general Calles, al mantener las cosas en el estado que ahora guardan. La verdad es que la cosa se prolonga, y no obstante mi afán de evitar habladas que te pudieran perjudicar, empiezo a dudar, sin que pueda precisarte de qué, ni de quién. Yo creo, sin embargo, que el Presidente nos tiene preparada para cualquier día de éstos una sorpresa.

“En otra carta que Monteverde envió a Serrano, se refiere a la pospuesta publicación de un artículo que el general envió desde Bruselas para un diario de esta metrópoli. En un párrafo de esa misiva, Monteverde dice:

¿Qué se creen estos amigos, que te hacen un servicio al publicar tus artículos? ¿Qué no es para semejante cofradía tu escrito? Esto, estaría bueno decirlo señor Serrano, si la opinión de los demás no te hubiera puesto ya en un plano distinto en el que hasta hoy, en un afán de profesionista desinteresado, te enconchas con toda la modestia que te ha caracterizado siempre. Las cosas han cambiado, creémelo. Lo que tú piensas interesa ahora a tirios y troyanos. Cada gremio militar o civil comenta de acuerdo con su carácter social, tus ideas. Cuando aquellos aplican su criterio estrictamente científico en la crítica de tus estudios, se dan cuenta de que tienes un marcado empeño en mejorar algunas instituciones sociales, lo que significa hacer obra de progreso. Perfeccionar al ejército quiere decir constituir la paz. (Entrevista que apareció en la revista Jueves de Excelsior, el  25 de diciembre de 1947)”