Daniel Gershenson · 11 de julio de 2011


Ciudad en movimiento. Los habitantes del Distrito Federal somos testigos de una guerra: notoria y sin cuartel, contra nosotros mismos. Autoridades que hicieron de la defensa del Medio Ambiente su piedra de toque discursiva, decidieron desde el inicio de la actual administración emprender una política de cero tolerancia –pero con el Arbolado en la Ciudad de México.
Arrecia el ecocidio descomunal: sistemático. Inmisericorde. Esto no es nuevo, pero el alcance e intensidad de los esfuerzos por destrozar parques, jardines, bosques, camellones y Árboles Patrimoniales llama la atención porque el gobierno de la capital que encabeza Marcelo Ebrard ha hecho del ambientalismo uno de sus recursos retóricos que pretenden desmarcarlos de la norma. .
En los hechos, el colapso de las Áreas Verdes y su conversión en enclaves ajardinados es una realidad que asalta a cualquier persona que observe la degradación ecológica, y la pérdida neta de grandes especies por obras de infraestructura (ilegales, anacrónicas, contraproducentes y eventualmente suicidas) como la Supervía, o la innecesaria ampliación del Segundo Piso del Periférico. Elefantes blancos inútiles y fastuosos, hechos para resistir generaciones enteras. Condenadas al fracaso; pero eso sí: muy redituables políticamente para sus promotores en la iniciativa privada y el GDF.
Dos ejemplos del desprecio con el que se pretende ‘rescatar’ el Arbolado mediante su domesticación ante intereses coyunturales, son los trabajos de ‘habilitación’ del Monumento a la Revolución en Plaza de la República y la Avenida Florencia, en la Zona Rosa.
Pasó la hora de las disquisiciones sobre los posibles motivos que orillan a Marcelo Ebrard y sus incondicionales a arrasar con los ‘activos verdes’ -a pesar de administraciones que talaron sin misericordia para construir ejes viales, viaductos elevados y otras lindezas- que fueron consolidándose durante décadas. Mejor ilustrar la degradación y el ultraje, con algunas fotos tomadas recientemente. Serán mucho más elocuentes que mil discursos. Son apenas una probadita de la pérdida irreparable que heredaremos todos y todas: cuando el sexenio haya terminado, pero tendremos qué contender con la ciudad homogeneizada y disminuida. Nuestra urbe: ebrardizada sin remedio. Deshecha, para dar cabida a sus ambiciones personales. Una ciudad vanguardia en el respeto a derechos sociales y reproductivos, pero que en el tema de las Áreas Verdes se equipara con fallidas republiquetas africanas.
Sirvan éstos, como dos ejemplos de la negativa burocrática a reconocer errores graves, y su renuencia a modificar estas prácticas que acabarán –si lo seguimos permitiendo- con el dosel urbano que fomenta la convivencia, y que constituye una defensas contra la fealdad, las inundaciones y la contaminación.
La Plaza de la República, donde se encuentra el Monumento de la Revolución, fue ‘rehabilitado’ con un solo objetivo. A saber: la celebración de los festejos del Centenario de la gesta revolucionaria, con una rumbosa ceremonia diseñada para coincidir con la cumbre de alcaldes que servirían para proyectar a Ebrard internacionalmente entre sus pares.

Desgraciadamente, poco o nada se pensó en las Palmeras y otros Árboles adultos y sanos, que se encontraban en perfecto estado y que fueron afectados permanentemente. Pero el GDF tenía que hacer ALGO: que se notara, aunque fuera contraproducente. Y los paganos seríamos –como siempre- todos nosotros.



Pero esos ‘trabajos’ arrojaron saldos fatales. Decenas de palmeras pasaron a mejor vida, pero Ebrard celebró su fiesta sin contratiempos. La prensa, acostumbrada a la cobertura de eventos vistosos: de relumbrón, pero intrascendentes, se olvidó del asunto. La población que debería haber defendido sus Árboles, pero la cual es indiferente o desdeñosa de la salud ambiental de nuestros ciudades, tampoco demostró mucho interés. Lamentablemente, si lo hubiera hecho no contaba (ni cuenta) con recursos válidos para exhibir a estos delincuentes. La Procuraduría Ambiental es inservible. Como otras posiciones del tablero ebradista, su titular -oscuro burócrata, conforme con cobrar su cheque y evitar los reflectores- fue colocado, precisamente, para no hacer olas.
Tiempo después, comenzaron los trabajos de ‘rescate’ en Avenida Florencia. La intención: modificar una calle con Palmeras emblemáticas y Árboles de sombra que la dotaban de un encanto particular. Pero la consigna, como en el resto de las ciudades del país, fue realzar a toda costa los edificios nuevos, y las fachadas de negocios que invadirán este ‘corredor turístico-comercial’. Concepto extraído de algún manual de urbanismo para ciudades norteamericanas (digamos, Las Vegas Nevada o Provo Utah: donde no existen tantísimos ‘estorbos’ naturales a la privatización letal del espacio público), de los años cincuenta.



Como en la Plaza de la República, las Palmeras gigantes quedaron expuestas a una salvaje cirugía mayor. Se mutilaron sus raíces para destrozar las jardineras existentes, y colocar material similar a los camellones de Reforma. También los Árboles fueron sometidos a cortes atroces, diseñados también por encargo de las empresas constructoras que solicitaron a la delegación el ‘saneamiento’ de esa zona.

Los resultados saltan a la vista. Como en el caso de Plaza de la República, se cometieron idénticos excesos. La gravísima pérdida de tres Palmeras sanas, que fueron inclinándose merced a los trabajos y que nunca debieron ser ‘intervenidas’. Como siempre, nadie es responsable.
Y de parte del GDF, cero autocrítica o intención manifiesta de no repetir estos errores garrafales. Tal parece que el ecocidio es, finalmente, una de sus metas principales: todo aderezado con altas dosis de mendacidad, y corrección política. Para no afectar la construcción de la posible candidatura del jefe de Gobierno.
Mientras esto escribo, funcionarios locales pretenden ocultar lo evidente: reponiendo –casi a escondidas- las Palmeras muertas con especies chaparras. Sigue despojando a la ciudad de biomasa: en Periférico Sur, Chimalistac, Reforma. La Alameda. Destruyendo en unas cuantas semanas, de lo que tardó siglos en crecer y multiplicarse.
Tanto Ebrard como Martha Delgado (titular de la Secretaría del Medio Ambiente) me han tachado de mentiroso en redes sociales.Ustedes juzguen. Con abrir los ojos y recorrer las calles de México, constataremos las dimensiones de la debacle, y la estatura moral de quienes nos quieren vender la ciudad (o entidad, o país) ‘verde’ y ‘sustentable’.



¿Se pueden extraer lecciones, de tanta estupidez y barbarie? Sólo que para el gobierno (y el empresariado abiertamente favorecido por estas políticas públicas), el espacio que ocupan los Árboles, son una interminable ‘área de oportunidad’. Que para los servidoros públicos con poder de decisión directamente involucrados, no son NADA. Que para efectos de la defensa de nuestro entorno (en el DF, u otros municipios o entidades), para ellos somos NADIE.


Ahora el camellón de Lafragua, en donde había veinte Fresnos y otras especies similares, ha sido ‘limpiado’. Cuando tomé estas fotos el sábado, quedaban cinco especies marcadas en rojo para su eventual derribo. Tal vez cuando lean esto, quedarán sólo en la memoria colectiva, sustituidos pronto por estacionaciomientos subterráneos o grama semiartificial y florecitas desechables.
La historia de los Árboles cortados y eliminados de nuestras ciudades y entidades, es también la de una ciudadanía que debe asumir su responsabilidad si quiere conservar y recuperar lo poco que queda de nuestro entorno.
De lo contrario, las motosierras y trascabos asesinos impondrán su lógica. Aún podemos (con voluntad, e inteligencia) frenar a la Máquina Infernal, pero se acaba el tiempo.