La máquina del tiempo

Maricela Rosales · 8 de agosto de 2011

La máquina del tiempo

Al final, al final, fue como tantos relatos de ciencia ficción lo habían anticipado: la máquina del tiempo por fin había sido inventada. Claro que sólo pocos científicos y personal altamente calificado relacionados con el gobierno tenían acceso a ella.

 

Era usada únicamente en contadas ocasiones y bajo un estricto control. Había que evitar todo tipo de errores; varios meses de análisis previos eran indispensables antes de emprender cualquier misión, así se tratase de cambiar cualquier mínimo acontecimiento. El temor a desatar una catástrofe impensada que cambiara en demasía al mundo era generalizado, aún entre las mentes más abiertas.  Esto fue así por un tiempo.

 

Eso, hasta que intervino Microsoft. La compañía del fallecido Bill Gates, ahora en manos de su nieta Ludmila Spinetta-Gates, había conseguido programar un nuevo software basado en la máquina, aunque nunca se supo a ciencia cierta la forma en que la compañía tuvo acceso a los códigos secretos del invento. Éste había sido patentado como propio aduciendo que en nada se parecía al modelo original ya que poseía dos líneas más de código que el original. Como precedente ante la demanda que presentó el gobierno, la citada compañía presentó el caso IBM MS-DOS vs. Bill Gates, en que la corte suprema había fallado a favor del segundo.

 

Lo revolucionario de la modificación que Microsoft había incorporado a las funciones de la ya por sí fabulosa máquina, pasaba porque dicho programa ya venía incorporado en el “Deluxe Box Windows Hiper Vista XP 2098-Service Pack 4”, en su tercera edición, que corregía una serie de fallas de la segunda. Sólo se necesitaba incorporar al sistema operativo un cubo de dos metros cuadrados, el Traslation Cube, o “viajero” como se lo conocía popularmente. Eso sí, el cubo sólo era compatible con el sistema de la compañía. Pero, lo más avanzado y revolucionario era una antigua utilidad llamada “restaurar sistema”, la que podía ser programada con una serie de pautas para que se activase automáticamente si el usuario se encontraba con alguna sorpresa indeseable como consecuencia de su viaje temporal, o este afectaba en demasía la “realidad” o “código básico divino”.

 

La popularización de la máquina era inevitable; al principio sólo tenían acceso al sistema aquellos que podían pagar una licencia, pero muy pronto, comenzaron a circular copias piratas y casi todo el mundo al fin pudo tener una.

 

Y llegó la banalización, que tarde o temprano le llega a casi todo; la TV fue una de las primeras: Cleopatra convocada para la Boda Real de Inglaterra, Hitler y Gandhi como compañeros contra Perón y Jim Morrison en “dígalo con mímica”, la madre Teresa especulando sobre cómo hubiese sido su primera vez en un debate sobre sexo libre. El hombre común, al no poder convocar a este tipo de personaje (el dinero, aunque atemporal, seguía siendo el rey), tenía reuniones con novias de la infancia, convocaba a amigos o parientes ya “fallecidos”, palabra que ya casi no tenía sentido.

Aunque algo compleja y devaluada, el hombre por fin alcanzaba la inmortalidad. Fue como tantos relatos de ciencia ficción lo habían anticipado: la máquina del tiempo por fin había sido inventada.

Y fue esa máquina la que me hizo llegar a ese bar del futuro. Me senté en la barra, pedí una extraña bebida que en aquel lugar, que ya no llevaba el nombre de Planeta Tierra estaba de moda. A mi costado dos charlaban, he aquí que transcribo la plática:

-Para nuestro máximo filósofo, Millarium -sentenció el extraterrestre- el tiempo es la imagen móvil de la eternidad.

-Lanzó un sonoro eructo por un apéndice fungiforme que coronaba el conducto respiratorio y alzó la vista para desafiar a su interlocutor. Pero éste no se inmutó.

-Sólo imita la eternidad –replicó- y se desarrolla en círculos, según la concepción cíclica del tiempo. -Era un robot cantinero, uno de los diseños especializados que el Hombre creó antes de extinguirse. La providencial llegada del extraterrestre aficionado a las bebidas alcohólicas lo había sacado de una apatía que amenazaba con aniquilarlo.

-Según el número -dijo el extraterrestre-. El movimiento de los cuerpos en el espacio mide el tiempo.

-¿Acaso es irreversible? -El robot sobrepasó el límite de frotamiento y rompió el vaso. En otras circunstancias se podría haber dicho que estaba nervioso.

-¿Y si lo fuera?

-Todo sería distinto -se apresuró a decir el robot.

-Ah, comprendo -dijo el extraterrestre-: los míticos… hombres. Hombres, se llamaban, ¿verdad?

-Sí.
-Debían ser unos seres perversos. Dotarte de conocimientos filosóficos es una broma de mal gusto.

-No lo siento así. Y en todo caso no importa. -Apoyó las manos cromadas sobre la barra y apretó con fuerza.

-¿Dice que los egorig son capaces de viajar en el tiempo? ¿No se burla de mí?

-¿Por qué habría de burlarme, querido Chatarrón?

-Ha tomado litros de licores pesados.

-Soy un bebedor muy entrenado. ¿Adónde te interesa ir? ¿Al futuro?

-No, al pasado.

-Al pasado. -El extraterrestre bebió un último trago y movió todas las extremidades de un modo aparatoso.

-De acuerdo, no me importa; no es mi planeta.

-Espere aquí un momento -dijo el robot-. Iré a buscar unas células…iremos…las pondremos… las plantaremos…en…en…ya regreso.

-Sí, está bien, no hay apuro. -Esperó a que el robot desapareciera tras la cortina y tomó un buen trago, directamente de la botella. -Es igual en todas partes: la fidelidad del esclavo no se extingue. También eso es cíclico.

 

*Recuerdo que mientras ellos conversaban de fondo sonaba Tears and Rain de James Blunt* Disfruten su semana, ¡Hasta la próxima!