blogeditor · 21 de abril de 2014
La saga de los Chicago Cubs se ha vuelto la Épica de los Grandes Fracasos. Como el caso de los Medias Rojas, protagonistas del peor escándalo beisbolístico por perder deliberadamente la Serie Mundial de 1919, finalistas cuatro décadas después en 1959, y triunfadores -tras 88 años de sequía- en 2005.


En los Estados Unidos agonizaba la gestión de Teodoro Roosevelt (1858-1919): luces y sombras, apodado El Guerrero Feliz, imperialista empedernido; cazador, pero conservacionista, y azote de los Trusts. Su sucesor sería William Howard Taft (1857-1930).
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Es como el túnel en el futbol. La peor afrenta. Signo inequívoco de impericia, humillación que lacera la voluntad de ganar y ablanda la conciencia. O como la rota que se acerca al primera base, el que únicamente tiene que recogerla y pisar la colchoneta para que el juego termine y se cumpla un sueño pospuesto, truncado hasta la exasperación. Inexplicablemente, la pelota sigue rodando y se cuela entre sus dos piernas. En lugar de atraparla y completar el out, el error provoca que el contrincante se recupere y gane el juego. Y gane otro. Y que se lleve el equipo rival, contra todo pronóstico el trofeo más importante del deporte de las atrapadas y los batazos. Arrancando la victoria, como dicen por allá, de las fauces de una segura derrota.
En 1984 tuvieron los Cachorros, una de las franquicias más antiguas de las Ligas Mayores, oportunidad de regresar a la Serie Mundial. Llevaban ventaja de dos juegos contra los Padres de San Diego en la serie de campeonato de Liga. Un error garrafal de su primera base Leon Durham, sumada a los faltas de concentración derivadas de esa jugada, dio al traste con la ilusión. El equipo californiano aprovechó las fallas en la estrategia de los de Chicago y ganó los tres encuentros restantes.
Los Cachorros de Chicago de la Liga Nacional de Béisbol de los Estados Unidos fueron campeones de la Serie Mundial por última vez en 1908: dos años antes de que estallara la Revolución, cuando Porfirio Díaz aún gobernaba México.
Trascendió más tarde que ‘la culpa’ había sido del Gatorade que alguien vertió por accidente en el guante de Durham. ‘Estaba pegajoso, no pudo abrirlo para cachar la pelota’. Cuando menos, ésas fueron las versiones extraoficiales en el vestidor del equipo. Así se fue acrecentando la leyenda negra de los Cachorros, acumulándose las razones que explicaban la mala estrella.

Su fiel afición combina la ilusión con el estoicismo. Como en el caso de los Medias Rojas en la Liga Americana de beisbol, quienes tuvieron que esperar 86 para obtener el título que había sido suyo en 1918, generaciones enteras comparten la esperanza que se transmite puntualmente de abuelos a padres, y de padres a hijos, en una secuencia interminable.
Con el partido en la buchaca, un error le da la voltereta. Boston pierda un juego crucial y la Serie Mundial en Nueva York.
A Bill Buckner, ex cachorro que salió del equipo en 1984 para dejar su lugar a Durham y primera base transferido a los Medias Rojas de Boston –equipo que se quedó muchas veces a punto de ganar el elusivo título desde 1918-, tuvo una experiencia similar en el sexto juego de la Serie Mundial que disputaron contra los Mets de Nueva York en 1986. Empero, a Boston le ha ido mucho mejor. El equipo ganó los clásicos de 2003, 2007 y 2013.

En México pasó lo mismo durante demasiado tiempo cuando se trataba de deportes en equipo, hasta que los seleccionados de futbol ganaron distintos mundiales de categorías inferiores, y dos goles certeros de Oribe Peralta dieron a la selección grande de futbol la medalla de oro en su juego contra Brasil en los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Pero volvamos a los Cachorros. El 14 de octubre de 2003, todo indicaba que el destino por fin les iba a a sonreír después de todo. Estaban a cinco outs de ir a la Serie Mundial. Parecían tener el juego resuelto. Ganaban tres carreras a cero, y controlaban el partido en los Confines Amistosos del legendario Wrigley Field, su casa, contra los Marlines de Florida. Hasta aquel batazo aciago de Luis Castillo con un out en la octava entrada (a cinco de completar la hazaña), que pudo haber atrapado sin demasiados problemas en zona de foul el jardinero Moisés Alou, de haberlo permitido los fanáticos que se abalanzaron sobre la pelota para intentar quedarse con ella. Entre ellos se encontraba un joven que portaba cuello de tortuga verde, gorra de béisbol, anteojos, audífonos y una sudadera del equipo de jóvenes que entrenaba: Renegades. Su nombre es Steve Bartman, apellido digno de Los Simpson, y es uno de los personajes más vituperados -e incomprendidos- en los anales del beisbol.
Chivo Expiatorio.
En su afán por hacerse de la pelota, Bartman interpuso su mano a la que llevaba el guante del jardinero derecho. Alou no pudo atrapar la pelota, que hubiera allanado el camino de la victoria. La molestia del dominicano con el aficionado se hizo patente apenas terminó la jugada. Las cámaras repitieron la secuencia y su gesto muchas veces; el público empezó a insultar sin piedad al aficionado. Llovieron reproches, cerveza y varios objetos más. Tuvo Bartman que abandonar el estadio escoltado por personal de seguridad.

Errores adicionales y jugadas desacertadas derivaron en ocho carreras que anotó la escuadra de los Marlines de Florida (la cual, por cierto, venció después a los Yanquis, quienes por su parte despacharon a los Medias Rojas en su respectivo playoff). Los Cachorros terminaron por perder el juego también, el séptimo y definitivo en Wrigley. El mito de su vulnerabilidad como destino se reforzaba; perdura 11 años después.
Al día siguiente Bartman, seguidor discreto y taciturno de los Cachorros que cometió un error sin proponérselo, ya había sido identificado por medios locales. Fue objeto de numerosas amenazas en su casa, y acosos telefónicos. A pesar de que hizo pública una carta asumiendo su responsabilidad y ofreció disculpas, ha tenido que enfrentar la ira generalizada de la afición. Se sabe poco de su persona. Su rechazo a ofrecimientos económicos para capitalizar de alguna forma aquel capítulo negro, es del conocimiento público. Sólo que permanece en el área de Chicago, con muy bajo perfil y totalmente ajeno a entrevistas y la mirada pública. Jamás regresó a Wrigley. El asiento que ocupó esa noche: Pasillo 4, Fila 8, #113, es algo así como un objeto del Culto a la Derrota.

Alex Gibney, documentalista ganador del Óscar en 2007 por su trabajo Taxi to the Dark Side, se ocupó de los casos paralelos de Bartman y Buckner en Catching Hell.
Como los Cubbies en la esfera del beisbol, México no ve muy claro en el plano político y económico.
Los fanáticos de la segunda ciudad en importancia de los Estados Unidos atribuyen a una maldición de leyenda el pésimo desempeño de su equipo a lo largo de los años, cuando en 1945 a Billy Sianis, a la postre excéntrico dueño de la célebre Taverna del Macho Cabrío, se le pidió abandonara el estadio al que había asistido con su mascota durante la serie en la que se enfrentaron los Cachorros contra los Tigres de Detroit, campeones ese año. La razón es que distraía al público e incomodaba la cabra a la concurrencia por su mal olor. Dice la leyenda urbana que Sianis auguró que el equipo de Chicago nunca ganaría un gallardete.



El mal trabajo y la superstición, la salida fácil de culpar a un aficionado o al Gatorade por la pifia durante el juego de playoff contra San Diego en 1984, o bien la mascota que no pudo disfrutar el juego desde su asiento en Wrigley en 1945 (y cábalas similares) pesan sobre la conciencia de la comunidad entera.
Ojalá reciba un ápice de redención, como lo hizo el ex primera base de los Medias Rojas después de los títulos de la Serie Mundial en 2004, 2007 y 2013.

2004. Se rompe, por fin, el conjuro. Boston, por fin campeón después de una larguísima pausa. En ese lapso, sus odiados enemigos deportivos: los Yanquis de Nueva York, ganaron 27 títulos y aprovecharon para convertirse, con su cauda inagotable de estrellas, en una de las franquicias del deporte más exitosas en el mundo.
Quizá en México vendrán tiempos mejores: cambios irreversibles, que anulen cualquier tentación autoritaria surgifs de las entrañas de un PRI que viene, como el Destino opuesto a que los Cachorros lleguen a la Tierra Prometida, por todo. Sólo entonces se disiparán nuestras propias maldiciones, que no son peliculescas.

Es posible que para entonces o antes, los Cachorros lleguen a disputar una Serie Mundial y que la ganen.
¿Qué ocurrirá primero? Con los cambios en curso en la República será más complicado llegar a la plena emancipación nacional, que los Cachorros a ese campeonato tan anhelado. Ellos sí parecen avanzar cuando menos un poco, y –a diferencia nuestra- en el sentido correcto. Los dueños del equipo contrataron en 2011 a Theo Epstein, uno de los principales artífice del éxito reciente de los Medias Rojas.
¿Quiénes serán las personas que podrían cumplir una función análoga en este país? Seremos por necesidad, las y los ciudadanos; en definitiva, ningún cuadro político o empresarial.