La magia que sólo ocurre en una escuela

Redacción Animal Político · 5 de diciembre de 2025

La magia que sólo ocurre en una escuela

¿Qué hace un docente cuando un día pasa lista y una de sus alumnas no responde? “Ella no habla, maestra. Nunca ha podido hablar desde el preescolar”, le comenta otro de sus estudiantes.

O cuando pregunta a sus estudiantes qué es lo que más les gusta de la escuela y la respuesta siempre es “el recreo”.

O qué hace un maestro en una escuela ubicada en la localidad de Emiliano Zapata, municipio de Cosautlán de Carvajal, una región cafetalera de Veracruz enclavada entre montañas, cuando una alumna llega y le pregunta “Direc, ¿puedo traer pantalón en lugar de la falda del uniforme?”.

O cuando su estudiante en cuarto grado de primaria, con discapacidad visual, que no se integra con el resto de sus compañeros, le dice: “A veces me siento triste porque siento que siempre me hacen a un lado, ellos piensan que no soy capaz”.

O cuando su alumno llega tarde sin la tarea resuelta en el cuaderno y cuenta a sus amigos: “Mi papá y mi mamá otra vez estuvieron discutiendo anoche, y me costó trabajo dormir, y pues el desvelo provocó que nos quedáramos dormidos y llegara tarde”.

¿En dónde están las respuestas?

He leído muchos libros sobre docentes, escuelas y estudiantes. Y es cierto que con el cúmulo de información que se multiplica casi a diario, es difícil asombrarse por algo “nuevo”.

“Escuelas Democráticas” es un texto escrito por docentes de escuelas públicas y lo que más me asombró es la magia que entrañan sus narraciones, porque hablan del hecho educativo que solo ellas y ellos pueden describir.

Me asombró descubrir voces poderosas, narraciones en primera persona que describen el mundo de la escuela, el aprendizaje, la resiliencia de docentes y estudiantes.

Las maestras y maestros, por lo general, están más acostumbrados a escribir informes académicos, o prácticas educativas para explicar algo, para informar, para rendir cuentas o recibir reconocimientos.

Libros sobre prácticas docentes hay una infinidad. Algunos autores van a las escuelas, entrevistan, encuestan, observan y luego describen ambientes escolares, actitudes, comportamientos, desafíos e innovaciones, entre otras muchas.

Hay algunos libros que proponen estrategias para mejorar los aprendizajes o cómo transformar la clase o las prácticas del colectivo docente. Me parece, incluso, que las y los maestros están acostumbrados a ser sujetos de estudio o a explicar sus proyectos, prácticas o procesos pedagógicos. Todos valiosos, sin duda, pero conozco pocos que narran experiencias no solo de aprendizaje, sino entrañables.

Quizá algunos docentes tengan un diario oculto y redacten sus historias en clase. Yo misma tengo una hermana que durante muchos años fue maestra, y las historias que me encantaba escuchar eran sobre la interacción con sus estudiantes, cómo aprendían, cómo ella modificaba una actividad para que sus estudiantes se interesaran y, claro, no faltaban las historias sobre las ocurrencias de sus estudiantes de primaria, como cuando llegó una alumna y le dijo: “Holis, hoy vengo de buen humor, ojalá no lo eches a perder”.

Lo que sucede en las escuelas es casi mágico. Es una interacción, sucede entre las y los docentes y estudiantes, y solo se puede entender si has participado de ella. Para quienes somos observadores del hecho educativo, las teorías o la ciencia de la educación, no alcanza a captar cuál es la magia del aprendizaje.

Por eso este libro me sorprendió: porque la magia aparece narrada en primera persona. No es una mirada externa ni un análisis distante. Son maestras y maestros hablándose a sí mismos y al país. Y en esa honestidad ocurre algo poderoso.

Ahí está Martha Maricela Galicia recordándonos que “la escuela permanece como refugio y resistencia, como el último lugar donde aún es posible transformar la oscuridad en luz”. Está Carlos Ángel Velázquez Islas descubriendo que “al sentirse escuchados y partícipes, las y los estudiantes se comprometieron de verdad: lo respetaron porque era suyo”, al narrar cómo construyeron un acuerdo de convivencia.

Gloribella Guerrero Pérez cuenta la historia de Gael y afirma, con una claridad que conmueve, que “cada pequeño logro nos recordó el poder transformador de una educación inclusiva y amorosa”. Y Vanessa Lissett Martínez Coronado reconoce, tras el regreso a clases después de la pandemia, que “algo se había quebrado en nuestras comunidades escolares: las miradas eran esquivas y los silencios hablaban de miedo”, y que sólo desde la inclusión y la colectividad podían sanar juntos.

Luis Manuel Colín Huerta lo dice sin rodeos: “El salón se volvió un laboratorio, teatro, taller, foro de diálogo, de descubrimiento y de aprendizaje”, cuando el juego dejó de ser premio y se volvió pedagogía. Y Rafael Sampedro Martínez narra cómo caminar la escuela, observar sus rincones y escuchar a su gente se convirtió en diagnóstico vivo: “no fue un proceso de listas de cotejo, sino de escucha profunda y observación atenta”.

Lo que tienen en común las 27 narraciones, estas voces, es algo que ningún modelo educativo puede garantizar por decreto: la decisión ética y cotidiana de poner el aprendizaje de las niñas, niños y jóvenes en el centro. Y por supuesto, la convicción de que la democracia se aprende viviéndola: escuchando, dialogando, cooperando, participando.

Escuelas Democráticas no es un manual ni una receta. Es una colección de actos de valentía pedagógica. Y por eso, en un país que tanto necesita volver a creer en su escuela pública, este libro importa.

* Sonia del Valle (@lamalaeducacion) es directora de Comunicación Educativa en Mexicanos Primero (@Mexicanos1o).