blogeditor · 6 de enero de 2015
Downton Abbey es un exitoso melodrama que busca retratar a la aristocracia británica entre 1912 y 1925. Amos y sirvientes conviven en una estructura social brutalmente desigual y rígida donde las “maneras” eran la esencia de su vida: cómo hablaban, qué vestían, cuáles gestos hacían eran definitorias para el lugar en la escalera social. Por mera supervivencia, conveniencia u honor estas familias aristocráticas entendían al privilegio como un deber para sostener a su comunidad. La actualidad mexicana vive su propio drama de desigualdad, donde las maneras de la aristocracia local son mucho menos sofisticadas y el privilegio se ve como la oportunidad de ostentar y no mucho más. La comunidad simplemente no importa.
Si la mayoría del siglo XX se caracterizó por un régimen político autoritario de partido hegemónico, ¿qué define al periodo posterior a la alternancia presidencial en el 2000? Ricardo Raphael propone en Mirreynato. La otra desigualdad (Temas de Hoy, 2014) que estamos ante un “régimen mirreynal” caracterizado por una “distribución asimétrica, injusta, caótica y por momentos aterradora de los castigos y las sanciones” en nuestra sociedad.
Para el autor, el Mirreynato es un “régimen moral donde predominan la ostentación, la prepotencia, la impunidad, la corrupción, la discriminación, la desigualdad, el desprecio por la cultura del esfuerzo, el privilegio que otorgan las redes familiares y un pésimo funcionamiento del ascensor social”.
En su libro, Raphael echa mano de las coloridas estampas de los mirreyes (Lady Profeco, Ladies de Polanco, dirigentes del Partido Verde, etc.), que con sus excentricidades, su ostentosa opulencia y sus anécdotas sirven de mero pretexto para apuntar hacia algo más profundo: una época donde se han erosionado las restricciones que todo ser humano enfrenta cuando interactúa en el espacio público, como son “las que su propia conciencia impone, las que la sociedad instruye y las que el Estado imponga”. Ello provoca, de acuerdo con el autor, una nula rendición de cuentas ante la autoridad, ante sus pares y donde los “mecanismos internos que gobiernan la ética personal y los valores que se utilizan para ponderar la realidad” están extraviados de un sentido de comunidad y responsabilidad.
[contextly_sidebar id=”dgUXrAsBMTgMBZXV4rTJ0uGIQiJUkNjk”]Si bien el autor advierte que para la permanencia de esta época hay una cierta corresponsabilidad de toda la sociedad, es claro en distinguir en que no puede compararse la corrupción de quienes ventajosamente se aprovechan del edificio social existente respecto de quienes se encuentran en el sótano de los desposeídos. Una “mordida” a un agente de tránsito no puede relativizarse al mismo nivel de quien acumula millones por obtener contratos en el gobierno a través de moches con consecuencias en el deterioro de la calidad de vida para millones. Y la corrupción no puede entenderse sin la impunidad, su otra cara de la moneda, que está al servicio de quienes se amparan en el poder público para afianzar beneficios privados en el marco de un Estado discriminador con barreras que desigualan el acceso a la justicia.
Los fueros y privilegios existen, por un lado señala Raphael, gracias a la discriminación de género, étnica, por clase social que se normaliza en un discurso menospreciante, de un ejercicio discontinuo de la ley, del estigma y los prejuicios que perpetúan la desigualdad; por el otro, gracias a una desigualdad económica que es funcional para la reproducción del mirreynato.
Cifras recuperadas por el autor advierten que en México el 0.01% de la población (3 mil 229 hogares) cuenta con un ingreso promedio mensual de 2 millones 534 mil pesos, mientras que en el 10% con menores ingresos obtienen 2 mil 332 pesos por familia al mes (21 pesos diarios por persona). No obstante, Ricardo Raphael argumenta que tal asimetría poco tiene que ver con el mérito o el talento y más con un cierre que impide la movilidad social: con instituciones diseñadas para que la aristocracia herede fortunas y no sean tocadas, y con una rigidez salarial que es condicionante de la baja productividad y la perpetuación de la desigualdad.
El elevador social está roto, señala Raphael, con un sistema educativo que no está diseñado para igualar el piso de las oportunidades y del talento. En cambio, el sistema sí está para segregar y reproducir el mundo de contactos que la escuela privada ofrece y para limitar las potencialidades de los alumnos de la educación pública.
Así, “el secuestro de la representación democrática, los procesos de exclusión en el mercado del trabajo, la expropiación de derechos, el acaparamiento de los bienes y los servicios, la apropiación privada de lo que es público, la corrupción de los funcionarios, la subordinación del interés general, la ineficiencia gubernamental y la conducción sesgada de las políticas públicas” subyacen a la desigualdad económica, a la discriminación, a la desigualdad en el acceso a la justicia y la aplicación selectiva de la ley. Ultimadamente subyacen a la existencia de los papaloy, las lobukis, los acapulquirris y su parafernalia.
Una parte de la aristocracia mexicana quisiera ver en Downton Abbey su espejo. No lo es. El espejo de su fracaso está en la emergencia del mirreynato con los vicios envilecidos de la violencia y la desigualdad. Al no tener una ética del deber con la comunidad, urge, como bien dice Ricardo Raphael en su recomendable libro, “imponer vergüenza sobre los prepotentes, los burladores de la legalidad, los ladrones del recurso público, los custodios del cierre social, los que tienen secuestrado el aparato distributivo, los que descompusieron el ascensor social y los que le han quitado a la educación su capacidad igualadora”. Se requieren cambios en las reglas políticas y del sistema judicial. Sin simulaciones.