Contenido Animal Político · 17 de junio de 2020
Hoy desperté escuchando una música celestial. Era hermosa e inexplicable. Sonaba como si alguien estuviera tocando unas teclas que producían un sonido de viento y cristal. Daba un poco la sensación del sonido que se produce cuando pasamos el dedo mojado sobre la circunferencia de una copa de cristal fino, pero las melodías eran fluídas y distintas a cualquier cosa que hubiera oído antes. Me produjo paz.
En ese momento sentí la mirada de Carl Sagan desde la contraportada del libro que he estado leyendo estos días, El mundo y sus demonios, en el que dedica 480 páginas a promover el pensamiento escéptico. Su insistencia en que los simples mortales deberíamos vivir cotidianamente bajo el método científico me ha forzado a cuestionarme una serie de cosas que, si bien ya venía cuestionándome hace muchos años, prefería ignorar. La necesidad de todas las civilizaciones de explicarse la existencia y sus peligros en términos de Dioses, prueba que es una necesidad humana legítima , atemporal y universal. No es bonito sentirse impotente y solo en el universo ante tormentas, sequías, terremotos, guerras…o pandemias. Todos necesitamos esperanza y consuelo. Dice Carl que nuestra ignorancia y falta de rigor científico, hace que creamos siempre lo que queremos creer, aunque esté lejos de ser la verdad. O peor aún, que creamos lo que se nos dice, aún sabiendo que aquel que lo dice tiene su propia agenda y nos miente descaradamente para que sirvamos a sus propósitos. Se refiere, por supuesto, a los políticos y las iglesias. Esos que nos prefieren iletrados, hambrientos, y con la fe bien aceitada para que nos creamos cualquier cuento sin cuestionarlo.
Estuve muy enojada con Mr. Sagan durante la lectura de su libro porque me pisó sin piedad varios callos. Si bien estoy de acuerdo con cuestionarlo todo y que cualquier cosa que se ostente como verdad debería soportar verificaciones varias y jamás ser obligatorio creerla solo porque la dice alguien con presunta autoridad moral, hay otra parte que me hace mucho ruido. ¿Por qué yo no tendría derecho a haber disfrutado mi música mágica esta mañana al despertar, sin averiguar su procedencia que bien podría ser el viento soplando sobre algún tubo oxidado cercano a mi casa?¿Por qué no debería creer que un pajarito que se paró en mi ventana y me miró y me cantó, de verdad me miró y me cantó, y que ése fue un regalo para mí y no una situación fortuita? ¿Por qué yo no podría creer que si pido con todo mi amor – a alguna diosa o dios, al universo, las fuerzas de la naturaleza, mis muertos, los ángeles, las hadas o los duendes- que protejan a alguien a quien amo, que le den fuerza a alguien que la necesita, que acompañen a alguien que está solo, que ayuden a sanar a alguien enfermo, lo van a hacer?
“Porque no existen”, diría Carl. Y yo le diría: “De acuerdo. No existen en el laboratorio ni sería posible verlos con el microscopio. ¿Pero qué hay del mundo sensorial? Hay cosas que solo se sienten. También es cierto que cuando pienso mucho en alguien me llama y siento la presencia de mi madre con mucha frecuencia; que me siento mágicamente conectada con la naturaleza y eso me permite vivir en constante asombro y emocionarme cada vez que un cristal proyecta un arcoiris en cualquier parte.
Entonces Carl me diría que seguro soy una ingenua de esas que se creen que las polaroid que te venden en Tepoztlán de verdad retratan tu aura, que cualquiera que use una bata blanca es médico, o que cualquier maleante con una sotana es una buena persona. No lo soy. Huelo la charlatanería a kilómetros. No me leo las cartas ni consulto mi horóscopo. Tampoco hice la primera comunión ni bauticé a mi hija como hace todo el mundo por convivir. Me resulta imposible adorar a un concepto de Dios, promovido por personas que han quemado gente viva (mujeres sobre todo) por creer en hadas o cosas mágicas, mientras las obligan a creer en otros seres igual de mágicos e invisibles. Un padre que es todopoderoso y omnipresente pero parece no darse cuenta de nada. Y si es verdad que sus hijos están hechos a su imagen y semejanza, ¡pues qué vergüenza! Claramente hacen un pésimo uso de su libre albedrío. Tampoco me hace sentido ese otro Dios, que presuntamente se siente complacido cuando un joven pobre e ignorante-que usualmente habla árabe- se amarra un chaleco con dinamita y explota en su honor, idealmente masacrando a otros ,solo por creer algo diferente. Digamos que en general, no me gustan los dioses que hay en el mercado.
Así que defiendo mi derecho a creer en lo que me haga feliz, aunque no pertenezca a ningún culto o grupo, y nos invito a todos a dejar que cada quien crea lo que le de paz, siempre y cuando no le haga daño a nadie.
Carl me diría que todo, absolutamente todo, es producto de mi cerebro. Entonces yo diría: “Pues muy bien. Es MI cerebro, y yo creo lo que quiera con él.” (Creo y creo, en sus dos acepciones)
Carl, que está muerto, llegaría a su actual morada (La Nada) y comentaría con nadie (porque el precio que se paga por el completo escepticismo es la soledad en la vida y la nada en la muerte): “ Si a esa muchachita la hubieran encaminado bien, hoy tendríamos una bióloga excepcional, pero se dedicó al teatro, que se trata justamente de reaccionar con verdad a estímulos ficticios”
Si lo único científicamente comprobado es que somos materia y la materia se ve afectada por la energía, somos responsables del tipo de energía que liberamos ya sea para enriquecer o simplemente contaminar el mundo. Si hablar con las plantas, los animales o las estrellas nos da paz, o si nuestros benditos cerebros nos regalan alucinaciones auditivas o sensoriales que nos hacen sentir conectados con algo bonito y le dan sentido y alegría a nuestras vidas, el método científico puede irse a….trabajar a otra parte.
Que se use para verificar los datos estadísticos, la veracidad de las declaraciones de los mentirosos patológicos que hoy en día gobiernan varios países del continente americano, para medir impactos ambientales y económicos de las ocurrencias presidenciales, para entender el fenómeno de la violencia ,especialmente hacia mujeres y niñas y encontrar la forma de revertirlo, para crear las vacunas que nos hacen falta. ¡Y que no se les quite el presupuesto a los científicos! Alguien tiene que dedicarse a buscar la verdad y ponerla a prueba cientos de veces mientras otros oramos, meditamos, leemos La Biblia o libros de Carl Sagan. Y es muy importante que se promuevan entre las niñas y niños la observación, la curiosidad y el asombro, junto con el buen hábito de cuestionarlo todo.
Es cierto que la necesidad de creer en lo sobrenatural nos vuelve vulnerables ante manipuladores masivos que nos prometen cielos o nos amenazan con infiernos para que hagamos lo que ellos dicen. Desde darles todo nuestro dinero hasta matar a otros, solo por pensar diferente. Metáforas que hay que creer literalmente para cubrir la otra necesidad que siendo primates, nos determina: la de la pertenencia al grupo.
A ver, Mr. Sagan, ¿qué le parece si llegamos a un punto medio? Yo cuestiono los porqués y los alcances de mis creencias, y usted me da chance de conservar las que me dan paz y no dañan a nadie. Me respeta mi capacidad de mantener viva a la niña que fui y seguir viendo el mundo con esos ojos, aún sabiendo que soy un adulto.
Empiezo por cuestionar el efecto que han tenido en la humanidad los planteamientos religiosos desde la presunta masculinidad de Dios, la inferioridad de la mujer hecha de una costilla de Adán ( es decir, ni Adán ni Eva tuvieron una madre a quién amar) y de cómo en una mujer, la curiosidad y la desobediencia son inadmisibles. Los ricos son malos ( a menos que nos den todo su dinero), los pobres son buenos ( mientras sufran y obedezcan), el que piensa diferente es un enemigo y hay que aniquilarlo, querer saber más es soberbia. Pero si fuiste “bueno”, es decir obediente -aunque muy probablemente hayas sido un hipócrita- después de la muerte irás al cielo. También puedes ser totalmente malo, pero luego arrepentirte y ya estuvo. Hay vida después de la vida y tendrás acceso a tus muertos cuando los extrañes. (¡Ahí! ¡Ahí me agarraron, Carl! ¡Extraño a mi mamá!)
En estos tiempos tan revueltos y poco alentadores, ni el mismísmo Carl Sagan puede pedirnos que nos dejemos arrastrar por el río sin buscar un tronco del cual detenernos para flotar en calma, mientras reflexionamos lo que vamos a hacer con el resto de nuestras vidas en la llamada “nueva normalidad”. Yo decido creer en las buenas personas y las buenas acciones. En la fuerza de la solidaridad, en lo enriquecedor del conocimiento, y en el hecho de que hasta de un tubo oxidado puede salir música mágica que nos alegre el día, alimente nuestra capacidad de observación y asombro, y nos de ánimos para seguir.
Consideraré la posibilidad de mandar este texto al espacio, dirigido a Carl Sagan. En una de ésas lo lee y me contesta. ¿Se imaginan?