blogeditor · 16 de agosto de 2021
Nadie sabe qué es un perro hasta que vive con uno. De los gatos no hablo porque aún no los conozco. A los perros sí. Desde hace cuatro años me sorprendo de lo mucho que se puede aprender de ellos. Por ejemplo, el costo de reparar un sofá desollado a mordidas. O que es difícil encontrar la orina aunque su olor sea penetrante. Que los parques públicos a veces tienen pocos botes de basura y que los hijos de los vecinos pueden ser crueles. Pero su principal lección ha sido enseñarme a forjar la empatía. Por eso y otras cosas no me arrepiento de pagar la reparación del sofá y de jugar a encontrar la pipí oculta.
Humanizarlos o cosificarlos son dos extremos injustos. No tenemos el conocimiento suficiente para saber cómo entienden ni qué entienden del mundo. Los seres humanos estamos obsesionados con el sentido de la vista. Para ellos es un complemento del olfato. No hablan pero escuchan más que nosotros. Viven el instante, se desentienden fácilmente del pasado cercano y no le exigen nada al futuro. Nuestra ansiedad por los hubiera y por las expectativas nos impiden vivir ese momento presente que ellos dominan a la perfección. Son otra forma de ser y estar. Yo ya me desistí de compararnos porque a pesar de todo somos capaces de formar parte de una misma manada, no por nuestras similitudes sino por nuestro deseo de comprendernos. Y eso es más importante.
En noviembre se cumplen cuatro años de que llegó la primera. Las dos teníamos mucho miedo por cosas totalmente distintas. Al principio era frustrante verla escondida todo el día bajo una mesita de la sala, sintiéndose en cualquier lugar menos en casa. “Esto es un secuestro”, me decía a mí misma con reproche. “Miles de años y al final domesticar es eso, un secuestro”. No sé si el Síndrome de Estocolmo hizo de las suyas, pero con los días empezó a correr hacia mí con la colita en aleatorio cada vez que regresaba a la casa. Nunca dejó de ser temerosa y tímida. Aún mira a los ojos antes de entrar a algún lugar, como pidiendo permiso.
El segundo llegó un año después. Entró, nos ignoró y se puso a husmearlo todo. “Éste va a ser muy confianzudo”, pensé. No me equivocaba. Durante la primera noche aprovechó la hora de dormir para robar una bolsa de botanas. Adivinen quién fue el que destrozó el sofá. Me requirió una paciencia que no fue necesaria con la primera. Demasiada paciencia. Pero con el tiempo comprendí que quien no estaba entendiendo era yo.
Tanto los perros como las personas tenemos formas de comunicarnos, pero nos son mutuamente indescifrables. El principal error que cometí con los míos fue esforzarme más en lograr que me entiendan que en intentar entenderles. Afortunadamente los milenios de convivencia no han sido en vano. Cuando no es posible traspasar el lenguaje ajeno se crea uno mutuo. Los dos lanudos que se recuestan a mi lado cada vez que me siento en la computadora son mi maestra y mi maestro. Me hacen reflexionar cuántas veces no he sido capaz de ser empática con otros de mi especie precisamente por eso: por centrarme más en ser comprendida en mis términos que en generar puentes nuevos. Ellos nunca me juzgan. Yo trato de aprender cómo lo hacen.
Mientras escribo estas líneas una lengüita me está lamiendo el codo. Veo el reloj y tiene razón: en nuestro idioma es el recordatorio de la hora de su cena. Con esa comunicación minimalista nos basta para tener un vínculo tan inexplicable como hermoso que supera todas las barreras especistas. Humanizándolos un poco, diría que es amor.