blogeditor · 22 de abril de 2022
La reforma a las políticas de drogas es un eje fundamental para combatir el cambio climático. En esta semana que celebramos el Día de la Bicicleta, cuando Albert Hoffman tuvo su primer viaje en LSD y se subió a una; el 420, Día Internacional de la Cultura Cannábica; el Día del Libro y también el Día de la Tierra, desde Instituto RIA creemos que es fundamental demostrar la intersección entre estos dos temas tan urgentes para nuestro país y para nuestro mundo.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030 (ODS) ponen en el centro el medio ambiente con el Objetivo 15 que busca: gestionar sosteniblemente los bosques, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras, y detener la pérdida de biodiversidad. Sin embargo, sería casi imposible lograr esto sin reformas a las políticas de drogas, principalmente la regulación legal.
Durante los últimos 100 años de la prohibición, hemos experimentado grandes daños al medio ambiente debido a las políticas punitivas, desde la erradicación de cultivos con químicos dañinos, hasta la deforestación debido a la necesidad de desplazar cultivos ilegales a regiones más lejanas. Estas políticas crean incentivos perversos que dañan el medio ambiente, mientras tienen poco o nulo efecto en la disminución del consumo o cultivo de plantas y sustancias psicoactivas.
A veces se justifica la erradicación forzada, principalmente la que usa químicos, para recuperar territorio para bosques y el hábitat, sin embargo, estudios desde Colombia han demostrado que campañas de erradicación solo han desplazado el cultivo a otras zonas, incluyendo lugares con mayor biodiversidad. De esa forma, va creando un efecto donde se van abriendo nuevos espacios de cultivo por la erradicación.
El efecto “globo” o de desplazamiento de cultivos, reconocido por la Oficina de Droga y el Delito (UNODC por sus siglas en inglés) en 2008, sucede a nivel global y demuestra que cuando baja los cultivos en algunas zonas, sea por erradicación o dinámicas internas, aumenta en otras zonas. La erradicación en sí misma tiene poco o nulo impacto en el cultivo de las plantas psicoactivas a nivel mundial. Nunca se elimina la producción, solo se desplaza. Mientras exista la erradicación y la demanda actual por estas plantas y sustancias, va a existir el fenómeno del desplazamiento por las extensiones de territorio en el mundo. Estamos ante una situación de ciclos perversos sin salida.
La erradicación con químicos como el glifosato (afortunadamente ahora prohibido en México) causa grandes daños al medio ambiente por su forma indiscriminada de matar toda la flora y fauna que encuentra, incluyendo cultivos de subsistencia en comunidades. En zonas de la Amazona, reportan que han sido fumigadas son menos productivas y que les cuesta madurar completamente sus cultivos.
Una gran parte de los cultivos ilegales a nivel mundial suceden en parques naturales, causando daño y deforestación en zonas protegidas. En 2014, la hoja de coca fue cultivada en 16 de los 59 parques nacionales de Colombia, además de tener ejemplos del cultivo de cannabis en parques nacionales alrededor de los Estados Unidos. La pérdida de bosques y la degradación de zonas naturales debido a la producción y cultivo de plantas y sustancias ilegalizadas contribuye a la crisis de biodiversidad en el mundo.
Sería superficial culpar a las personas usuarias por estas políticas. Por el contrario, una gran mayoría de personas usuarias de sustancias se preocupan por el medio ambiente y buscan una regulación legal como forma de enfrentar la crisis actual. Con una regulación legal de todas las sustancias, con modelos diferenciados, bajaría sustancialmente la erradicación y el uso de químicos. Las comunidades cultivadoras podrían participar en mercados formales, sin la necesidad de desplazarse para mantener sus cultivos. Las reformas a las políticas de drogas tienen que tomar en cuenta los costos de la prohibición en el medio ambiente y buscar resarcir el daño.
La regulación legal también puede aportar a enfrentar la crisis climática. El cáñamo es un remediador del suelo, lo que significa que tiene la capacidad de limpiarlo, extraer metales pesados y toxinas. Además de eliminar los contaminantes del suelo, las raíces profundas de la planta también previenen la su erosión. El cáñamo también funciona como un repelente natural de plagas y malezas, y requiere menos agua. El cáñamo construye la capa superior del suelo al adoptar la biodiversidad natural, que luego extraerá más dióxido de carbono de la atmósfera y lo devolverá al suelo. Con una regulación, se pueden diseñar políticas públicas para fomentar una industria horizontal, con mayor enfoque en el cuidado del medioambiente, cultivos rotativos y permacultura. Existe el compromiso por parte de muchos actores en el mercado ilegal. Ahora solo falta la voluntad política para impulsar una ley integral.
Así cultivamos un movimiento reformista respetuoso hacia nuestra madre tierra, y con miras a enfrentar el cambio climático.