blogeditor · 27 de diciembre de 2013
Le di vueltas a todo y no puedo dejar de pensar que algo debe cambiar; las cosas no pueden seguir así.
Vivimos en el país de la simulación, ahí donde cada seis años se sustituye el malestar con reformas electorales, donde la promesa de la transición a la democracia se resume a la dimensión electoral, donde los discursos políticos sirven para desviar el camino a la inescapable realidad de que estamos jodidos. Habitamos la tierra de la desigualdad, donde cada año hay más personas en pobreza y donde cada vez se amarran más negocios para enriquecer a pocos. Cada vez nos polarizamos más: lo empresarial y lo obrero se vuelven cada vez más opuestos insalvables. Bonos millonarios por un lado, aumentos de salarios mínimos de menos de tres pesos por el otro.
Nos dejamos construir un teatro. Uno donde se gastan millones de dólares en publicidad y donde incumplir los deberes del Estado no cuesta nada. Función tras función, acto tras acto, los poderes se alejan cada vez más y las personas quedan más afuera de la representación, donde se finge discutir y se decide adentro de muros de acero, resguardados por granaderos con condiciones laborales lamentables que son usados para detener la ira de los que ya no tienen nada más que perder. Parte del teatro somos todos, porque en nuestra resignación, en nuestro conformismo e individualismo, aceptamos tácitamente el único papel que dejan: el de aplaudir con nuestro silencio.
El guión se repite una y otra vez, un destino cíclico y aparentemente inevitable. Se gobierna con discursos de amenaza disfrazados de argumentos de mayorías, donde los derechos sirven cuando adornan un acto político, pero que son gritos mudos sin fuerza en la realidad. Aquí no se hace justicia, se hace otra cosa, una que puede llamarse de muchas maneras, pero no justicia. Aquí el sistema permite que todos los días los que luchan tengan la puerta abierta para ir a prisión. En nuestra realidad pueden violarte y encarcelarte por defenderte o pueden quitarte tu libertad por defender a tu comunidad indígena frente a los abusos del gobierno en turno. Las libertades para ciertos grupos minoritarios privilegiados, son libertades de papel.
Éste es el mundo de la indignación asfixiada. El sistema la conoce suficientemente bien como para cortarla de tajo, venga de donde venga. No importa si eres estudiante, obrero, maestro, campesino o activista, siempre hay forma de minimizar, excluir, cooptar, criminalizar o invisibilizar. Aquí sólo caben aquellos que el sistema decide tolerar… porque la tolerancia tiene límites y dientes, ¿qué no?
[contextly_sidebar id=”0b0628b879b329a476cad86a7ce39729″]¿Qué importa que en el Estado más pobre de la República su gobernador se gaste lo necesario para tener que aguantarle la cara en toda la Ciudad de México, verlo en la televisión y hasta en el cine? Las leyes relacionadas sobran, como sobra la pobreza en Chiapas; sobran los discursos vacíos de austeridad y los “compromisos”, pues son relegados por la mercadotecnia, las caras bonitas y la política mediática. No sé ya si lo que indigna más es el descaro con que se hacen estas cosas o el que de antemano sepamos que aunque se viole la ley, no va a pasar nada. País de paradojas, carajo.
Pienso que –no sé si por las fechas o por mi idealismo- debe haber lugares a dónde voltear, puntos de escape para no acabar tirado en el suelo. Hay que voltear hacia la ironía y las contradicciones, porque es debajo de las plastas de maquillaje, de las sonrisas de telenovela, de los medios de comunicación comprados, de los teleprompter’s para los discursos arreglados, que podemos encontrar las otras realidades. Porque la riqueza del zapatismo es una realidad en la pobreza de Chiapas, porque la paz de Cherán existe en la violencia de Michoacán, porque el valor de los Frentes de Xochicuautla y Tepoztlán se enfrentan de verdad a la entrega cobarde e ilegal de sus tierras y derechos en los Estados de México y Morelos. Todo esto está ahí, aunque se esfuercen en esconderlo. Tenemos que aprender a voltear hacia el sur y a observar desde el sur, es así como estos mundos aparecen.
El 2013 me dejó muchos más sabores amargos que dulces, pero también me dejó menos solo. Sigo sin poder salvar la distancia con familiares y amigos. En la medida en que aumenta la cercanía con mis proyectos y mis luchas, se agranda también esa brecha. En eso tengo muchas deudas a saldar en adelante. Pero estoy convencido de que vale la pena hacer lo que hacemos, porque seguimos siendo pocos para todo lo que hay que hacer. Nos hace falta solidaridad, reconocimiento y mucho más amor. Al final, todo esto puede llegar si luchamos (como lo hacemos) de corazón. Esta es una lucha eterna que no acabará con nosotros, pero que nos necesita (porque nos necesitamos).
La historia es nuestra y la hacen los pueblos, que no se nos olvide nunca.