Centro de Análisis de Políticas Públicas · 13 de octubre de 2011
Por: Lilian Chapa Koloffon, Investigadora de México Evalúa (@cklilian)
Quienes acuden por primera vez a la colonia Miravalle de Iztapalapa, ignoran que, cinco años atrás, algunos jóvenes adictos a las drogas utilizaron los viejos pasamanos frente a la lechería para suicidarse: los cadáveres amanecieron colgados de los despintados barrotes de acero.
Salvo por la copiosa vegetación de los cerros, el color gris de las viviendas a medio terminar y de techos precarios predomina en el paisaje de la colonia que hace 30 años fundaron indígenas migrantes de estados como Oaxaca, Guerrero, Puebla o Tlaxcala. Ahora, los nuevos juegos infantiles están rodeados de la biblioteca pública con Internet, la cocina comunitaria, un domo al aire libre y una casa rescatada del pandillerismo en la que los vecinos podrán recibir asesorías en materia de derechos humanos, legales y atención sicológica. Vecinos y profesores de una de las zonas con mayor miseria del Distrito Federal desarrollan, desde hace tres años, un proyecto integral para rescatar a sus jóvenes de un futuro encaminado a mayor carencia, delitos y violencia.
Su esfuerzo fue reconocido en julio de 2010 con el premio Deutsche Bank Urban Age que otorga 100 mil dólares al mejor proyecto de mejoramiento urbano en la ciudad en turno. En la ceremonia, Wolfgang Nowak, director de la Alfred Herrhausen Society, los llamó “embajadores de la esperanza”.
Las cifras de Iztapalapa no son alentadoras: de acuerdo con el Coneval (2005), 41.6 por ciento de sus habitantes se encuentra en pobreza patrimonial y cifras de la Subsecretaría del Sistema Penitenciario de la ciudad indican que la mayoría de los menores infractores privados de su libertad provienen de esta delegación.
Miravalle está ubicada en la parte alta de la Sierra de Santa Catarina, donde las calles forman pendientes muy pronunciadas sin nombres o numeración. Sus 10 mil habitantes carecen del servicio de agua potable regular y reciben el líquido por tandeo una vez a la semana.
La mayoría de la población de la periférica colonia es joven –seis mil tienen menos de 25 años– pero alberga también, de acuerdo con sus habitantes, a 13 pandillas, narcomenudistas, casas de seguridad del crimen organizado y la adicción al alcohol, al solvente y a las drogas está proliferando. “Quienes vivimos aquí reflexionamos, ¿qué hacemos por nuestros jóvenes?”, relata Jorge Carbajal, profesor de la Escuela Miravalles Marista e integrante de la Asamblea Comunitaria que se formó en la colonia en 2007.
La importancia del proyecto, expone, es “que la gente vea que en Miravalle se pueden cambiar las cosas y vivir más dignamente a partir del cumplimiento de sus derechos. Nuestros jóvenes tienen derecho a una educación, la mejor, a la salud, a espacios sanos, limpios y dignos”.
Ese año, la Secretaría de Desarrollo Social del Distrito Federal lanzó su primera convocatoria del Programa Comunitario de Mejoramiento Barrial, que después recibió la distinción de Buenas Prácticas en Participación Ciudadana del Observatorio Internacional de la Democracia Participativa. Este organismo es una red de experiencias favorables en la materia conformado por la Unión Europea hace nueve años, abierta a todas las ciudades del mundo.
Para poder solicitar el apoyo del programa, se agruparon vecinos, profesores de tres instituciones educativas locales, dos asociaciones civiles y personal de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Con los cinco millones de pesos que recibieron de éste entre 2007 y 2009 –e incluso con trabajo voluntario en las obras–, detalla Carbajal, pudieron construir la biblioteca pública, un kiosco, la cocina-comedor comunitaria, un salón de usos múltiples y un foro al aire libre.
Los ciudadanos, afirma, “tenemos que empoderarnos para trabajar junto con las autoridades, instituciones y particulares. El gobierno no nos está dando limosna, sino ejerciendo el presupuesto en lo que nosotros consideramos importante”.
La remodelación de la “Casa de Todos” terminó hace tres meses, pero su historia es muestra de cómo ganarle terreno al crimen. Años atrás, el asesinato de un joven afuera del lugar desató la venganza de sus amigos, integrantes de una pandilla local, quienes robaron y vandalizaron todo lo que sus dueños instalaban ahí.
Pero mediante un financiamiento, la asamblea recuperó lo que ya sólo se utilizaba como punto de reunión para el consumo de drogas. Hablaron con los jóvenes que la mantenían inutilizable para hacerles saber que el lugar ya era de la comunidad; y pararon. “Si antes fue un lugar de muerte, ahora va a ser un espacio de vida para la comunidad”, dice Carbajal.
La asamblea se reúne mensualmente. Sin un líder, las tareas se asignan por comités cuando un proyecto se aprueba. En cuanto a las finanzas, los encargados de la administración y vigilancia entregan cuentas a la comunidad y al gobierno capitalino por ser beneficiarios de programas sociales.
El empleo en la colonia es eventual y mal pagado. La delegada, Clara Brugada, reconoció en junio pasado que al menos la mitad de quienes trabajan en la demarcación gana menos de dos salarios mínimos, es decir, menos de 114.92 pesos por jornada.
Además, como muchas otras en la periferia, Miravalle es una colonia dormitorio: sus habitantes deben salir al amanecer para buscar un ingreso, principalmente en el comercio o en la industria de la construcción, pasan hasta tres horas en el transporte público y vuelven entrada la noche.
Pero el premio del Deutsche Bank apoyará a la asamblea para crear fuentes de trabajo en cooperativas, como la de jóvenes recicladores que inició con la colocación de contenedores de envases de PET en sus calles en 2008.
Hoy Miravalle separa su basura mejor que muchas otras colonias de la ciudad. La colonia acumula dos toneladas de plásticos que tres muchachos clasifican y llevan después a Tláhuac, donde se vende a una planta de reciclaje.
A sus 19 años, Miguel Martínez es uno de ellos. Sólo terminó la primaria y abandonó la secundaria; todavía no sabe si retomará sus estudios. Platica que, antes de ocuparse separando botellas y otros envases, “la verdad, no hacía nada”. Aunque aún no recibe un sueldo propiamente sino un apoyo económico, a Miguel le pagaron clases de batería y formó un grupo con dos guitarristas, uno de ellos es también la voz. Practica por las tardes al salir de su trabajo. “Estamos mejor, antes no tenía para comprarme nada ni la ilusión de hacer una banda”, relata.
Con parte de los 100 mil dólares del premio, más jóvenes podrán trabajar en el lugar, la recolección se extenderá a colonias cercanas para aumentar su volumen y las instalaciones de la cooperativa contarán con máquinas que agilizarán el proceso de separación. La asamblea también comprará instrumentos musicales que se prestarán a los muchachos de la colonia para sus ensayos y los conciertos que organicen en sus nuevos espacios públicos.
El mensaje de la Asamblea Comunitaria de Miravalle a otras colonias o ciudades, afirma Carbajal, “es a favor del trabajo colectivo: que nos unamos, que no perdamos la esperanza. Es posible salir adelante y crear otra ciudad siempre y cuando dejemos a un lado nuestras diferencias y nos pongamos a trabajar por el bien común de manera organizada”.
Con el mismo tono, celebra que la comunidad camine a pasos de gigante y adelanta: “vamos por más, no nos vamos a quedar con esto.” Porque les tomó menos de cuatro años dar el primero para tratar de rescatar a sus jóvenes de un futuro que los encaminaba muy probablemente, a más carencias, delitos y violencia.
Las cifras de Iztapalapa presentes en este texto no son una mera referencia. Para poder resolver los complejos pendientes en materia seguridad, educación, salud o equidad social, nuestros gobernantes deben diseñar políticas públicas basadas en evidencia, no en su intuición o en cálculos electoreros. Quienes integramos la sociedad civil organizada debemos, por nuestra parte, exigir que nuestro derecho a esa información se cumpla ya que de otra manera, contaremos con pocos elementos para exigir un mejor desempeño gubernamental.
Al generar mediciones y parámetros de evaluación claros, el proceso a seguir para elegir la mejor vía para solucionar un problema es mucho más evidente. No es difícil entender que se tienen más oportunidades de éxito cuando se conoce lo mejor posible aquello que se combate.