Redacción Animal Político · 8 de noviembre de 2022
La narrativa sobre las finanzas ESG, finanzas verdes o alguno de los otros nombres que se le dan a las finanzas enfocadas en la sostenibilidad suele dividirse en dos: por un lado, las opiniones que la ven como un engaño que busca poner etiquetas verdes al sistema financiero para legitimarlo frente a la crisis climático; por otro lado, los entusiastas que vemos en este financiamiento una posibilidad tangible para enfrentar los retos medioambientales. Sin embargo, hay un factor que no suele discutirse mucho fuera de las esferas especializadas de financieros y actuarios: el riesgo.
Para aquello que no estén familiarizados con este personaje, el riesgo financiero es la cuantificación de la probabilidad de que una inversión nos haga perder dinero. Los créditos son en principio inversiones, pues el dinero se pone a disposición de alguien (o algo) más durante un tiempo, a cambio de una ganancia. Cuando los flujos de capital se dirigen a un proyecto o activo, se hace con la promesa de generar rendimientos, o al menos, de preservar el valor del dinero. El riesgo es un factor que tomamos en cuenta en decisiones financieras que van desde la compra de una casa familiar hasta el financiamiento de los proyectos más ambiciosos, como aeropuertos o gasoductos, pasando por instrumentos de inversión especulativos, como los derivados de hipotecas.
El riesgo fue exactamente lo que salió mal en 2008 cuando el alto riesgo fue ignorado al evaluar los derivados de hipotecas. Cuando el mercado de los años 2000 se inundó de instrumentos de inversión basados en las hipotecas, y las personas dejaron de pagar esas hipotecas, la economía del mundo entero colapsó. La extensión y profundidad de la crisis fue posible gracias a que vivimos en un mundo altamente integrado, en el que los flujos de capital se interrelacionan, dejando a la economía real, la que produce las cosas que usamos y comemos y bebemos, expuesta a lo que suceda en los mercados del crédito. 1
Incluso Rosa Luxemburgo escribió sobre la función del crédito como mecanismo de contagio de las crisis en su libro de 1907, “Reforma o Revolución”, cuando dijo que el crédito “agrava el antagonismo entre el modo de producción y el modo de apropiación”, es decir, las contradicciones que provocan las crisis capitalistas. Después de la crisis de 2008, el peligro del crédito y las inversiones se hizo tangible para el público en general, que hasta entonces desconocía las consecuencias que su mal funcionamiento podía tener.
Ahora, estamos ante una revolución en el sistema financiero, que busca adaptarse a las nuevas narrativas sobre el medioambiente, y que se ve presionado por nuevas regulaciones gubernamentales y por la realidad misma de la vulnerabilidad que tiene todo lo humano -sí, la economía es humana- frente a los cambios en el clima. En esta revolución, el riesgo se ha vuelto una pieza fundamental por varios motivos, algunos corporativos y otros muchos sociales.
En un inicio, si los activos en los que se invierten grandes sumas de dinero han sido valuados con un riesgo menor al que realmente tienen, mucho dinero se perderá cuando esos riesgos se hagan realidad. Por ejemplo, cuando los dueños de departamentos en zonas costeras se enteren que sus propiedades han sido tragadas por el mar, súbitamente se darán cuenta de que hicieron la peor inversión de sus vidas, que lo que creyeron que era invertir en un patrimonio para toda su vida y la de sus hijes, no fue más que un espejismo. Ahora imaginemos eso a nivel global. Suena mal ¿no?
Pues el impacto financiero es solo el inicio. Cuando los mercados financieros colapsan, es imposible para los gobiernos dejar que quiebren sin comprometer con ello la viabilidad del sistema económico mundial, es decir, la supervivencia del capitalismo. Por ello, los rescates o los subsidios gubernamentales para ayudar a entidades financieras en aprietos han sido la regla. Por otro lado, si los bancos y otras instituciones de inversión no son rescatadas, las crisis derivadas de ello podrían ser igual o más agudas que la del 2008. Dejar caer al sistema financiero, incluso si es a causa de sus propios excesos, no es una opción dentro del sistema económico imperante.
Así, el riesgo deja de ser una nota al pie del debate de cambio climático y se vuelve el factor clave para la estabilidad económica global. Ante una realidad material que cambia con una rapidez violenta, que amenaza países y costas enteras y cuyos efectos se vuelven cada vez más difíciles de predecir, tener la certeza de que los mercados financieros en los que hoy se apoyan todas las actividades de nuestra economía es crucial, por decir lo menos. Y esa certeza es lo que no tenemos. Los gobiernos alrededor del planeta, así como muchas instituciones privadas, ONG y universidades han trabajado a ritmos imposibles durante los últimos años para establecer marcos regulatorios que ayuden a que el mundo financiero se alinee con la nueva realidad que viviremos. 2 Una parte de este esfuerzo es promover la correcta evaluación del riesgo, para que el mundo no se llene de elegantes propiedades en playas que desaparecerán en unas décadas.
El mercado financiero ha demostrado en el pasado que, sin regulación y vigilancia, no es capaz de evitar que la búsqueda de beneficio de corto plazo nuble su objetividad a la hora de evaluar el riesgo de las inversiones. Por lo tanto, hoy, más que nunca es importante que el riesgo sea un tema central en los debates y narrativas públicas. Cuando se hable de cómo nuestras economías se están o no adaptando al riesgo no podemos dejar de hablar de si el riesgo que están asumiendo las instituciones financieras es un reflejo de la realidad climática que viviremos.
* Maria Sabine Santana es asociada en Symbiotics y economista por El Colegio de México.
1 Financial Times, “The lesson of the crisis was the mispricing of risk”, Mayo 2014, disponible aquí.
2 White and Case, “The Global ESG Regulatory Framework toughens up”, Julio 2022, disponible aquí.