La ignorancia se supera leyendo; y el nacionalismo, viajando…

blogeditor · 15 de abril de 2011

La ignorancia se supera leyendo; y el nacionalismo, viajando…

No sé lo que he escrito arriba tenga algo que ver con lo que vengo a recordar justo hoy, mañana que no está sujeta de ayeres y estoy aplastada en un chiringuito de malecón cualquiera tomando mi segunda taza de chai. No me gusta narrar cosas sobre mi “jale”, y esta vez no será la excepción, pero igual les cuento.

Hace poco más de un año estuvimos en un operativo de élite que he de confesar que fue un desastre, dejamos más rastros que las obviedades de las ochenta versiones de CSI que pasan por la televisión. Pero no vengo a narrar el operativo, eso para ustedes no debe ser relevante, bueno sí debe ser relevante que les narre un operativo de élite del Mossad, pero como me quiero, me cuido; mejor váyanse a ver alguno de los CSI.

El asunto es que al dar por concluida la fase álgida del operativo, lo que sigue es dispersar a todo el equipo; yo tenía mis documentos de internación y salida del país, pero no el boleto de destino; vaya, no tenía ni idea a dónde y con quiénes me tocaba viajar luego del fallido numerito.

Acto seguido me avisan que debo viajar sola a Australia, esperar unos días y regresar a mi base. A lo que le espeté a mi interlocutor: Sydney, atah mamzer, ben ha’zonah?

Que traducido al español se refiere algo así como su condición de hijo no reconocido y el trabajo sexual de su mamacita; le repliqué que si no habían podido enviarme a un lugar más, no sé… ¿exótico? En realidad mi rabieta era porque habíamos acordado que me enviarían a la India a cerrar otro numerito… pero bueno, uno pone y Don Bibi dispone.

Pues ahí voy, sola como la ostra que soy, pies juntitos y moviendo la cola como la patita para Australia. Más de 10 horas de vuelo con los ojos pelones y muerta de hambre porque estos hijos del huevo me mandaron en segunda para no levantar sospecha.

Finalmente llegó a Sydney con el cielo despejado y una tarde bonita, salgo del aeropuerto y me las averiguo para tomar el transporte público que me lleve a la zona céntrica y hospedarme en un hotel barato; no es que no trajera dinero, me quería salir de la zona de rastreo.

Antes de llegar al hotel, pasé por un restaurante, saqué de la maleta lo más básico y la hice perdidiza, con mi cara de turista agraviada llego al hotel y les explicó que no tengo más que cheques de viajero, que mis tarjetas de crédito, identificaciones y maleta se han perdido; así logro que me hospeden en un hotelito bajo el nombre de la señorita x, vaya, cualquiera. Pasé el resto del día comiendo, durmiendo y pegada a las noticias; el operativo, en efecto, fue un desastre.

Al día siguiente con la panza llena y el corazoncito apachurrado, me salí a recorrer la ciudad, comprar algo que vestir, hacerme idea de dónde me habían mandado a esconder, porque una nunca sabe cuando tiene que volver a pegar la cabrona huída. Todo perfecto con mi paseo a excepción del jet lag y el cansancio acumulado de días y días de tensión previos; me metí a una librería y compré una lectura de aeropuerto para dejar que mi mente se desconectara leyendo fantasías que la realidad siempre supera.

Entrada la tarde, ubiqué el café más solo y en despoblado que encontré, había recorrido bastante de Darling Harbour, así que me senté con el libro, una guía de sitios turísticos y paquetes con compras. Hasta un dildo monísimo con sus respectivas baterías me compré, llevaba semanas incontables sin sexo, sin tocarme; así es mi trabajo,  a veces no hay privacidad y no es que seamos perras frígidas, es que llegamos al punto que ningún militar o agente se nos antoja, ni siquiera para cumplirle al cuerpo.

Sin prestar mucha atención se me fueron las horas leyendo y organizando una agenda de según yo, tres días, a lo sumo. No supe cuántos entraron y salieron, estaba calma y estaba a salvo, disfrutando la sensación de saberme perdida en el tiempo, oculta en la calle como caricatura, y ese era mi único pensamiento… hasta que el dependiente me pregunto: ¿Lady, se le ofrece algo más?

 

Me le quedé mirando fijo, con los ojos desengañados y esa mirada que dice mi jefe que suelo poner cuando se me olvida lo gacela y me sale lo norteña; el pobre hombre solo atinó a decir que como no había gente cerraría el local, y me podía quedar hasta que terminara el corte de caja, si quería.

 

Entonces lo observé con atención, no era un hombre ni alto, ni bajo, de tez clara pero no rubio, la nariz pequeña, los ojos redondos, inquisitivos, la frente amplia y una ligera barba que amenaza con salir muy cerrada. No voy a decir que era el prototipo australiano, pero si el prototipo anodino que puede pasar desapercibido en cualquier lugar. Llevaba un pantalón de mezclilla, una camisa color salmón, ¿mandil de barista, acaso?. No sé, lo he olvidado, no había nada impresionante, nada que fuera a dejar huella en mi memoria.

 

Le respondí que aceptaba quedarme, cambiando mi talante por una sonrisa amable y estudiada. Fue mi manera de allanar la grosería. Soy mandona, es defecto de fábrica y perfeccionamiento profesional.

 

Me llevó un café y postre de cortesía, preguntó de dónde venía; le conté que era mexicana (dice mi madre que sólo la recuerdo cuando miento), que había ido a una convención laboral en otra ciudad y para aprovechar la vuelta, me había ido a Sydney los días restantes, le repetí todo aquel invento de la maleta perdida y el hotelito rastrero.

 

En algún momento ocupó la silla contigua a mí, no sé si me lo pidió o simplemente se sentó en mi mesa, pero aquello no era coqueteo o alguna forma de insinuación, era una de esas circunstancias en la que dos extraños coinciden a charlar amablemente; cosas que suceden al viajar.

 

Me recomendó lugares para conocer, cosas por ver, por probar; así se me fueron más horas, tranquila me fui en la plática por largo rato, sentados en aquella mesa hablado de todo y de nada al mismo tiempo. Recuerdo haber volteado a la ventana y notar que la noche empezaba a colorearse de madrugada, pero estaba cómoda y creo que él también, no noté que tuviera alguna prisa por cerrar.

 

En algún punto el murmullo de su voz me trasportó a otras ideas, las mías, mis fantasías que me sustrajeron y mi mente empezó a volar. Imaginaba esos labios recorriendo mi cuello, sus dientes grandes y parejos mordiendo mis hombros. De soslayo observé la línea de sus piernas a través del pantalón, unos muslos de corredor, fuertes y bien torneados, las nalgas duras, qué sé yo. Luego detuve la mirada en sus manos que se movían como si adivinaran lo que estaba imaginando.

 

Empecé a dibujar en mi mente cada rasgo que distinguía su rostro. Para ese momento ya se me había olvidado el jet lag y quería guerra, no de la habitual, otro tipo de guerra. Noté que sus ojos no eran de un café cualquiera sino del color de las castañas cuando están siendo doradas; él lo notó, me notó, porque se me quedó mirando igual, fijamente, con mirada exquisita y en silencio. Esos momentos que son como trampas y anteceden gracias y desgracias.

 

Sentí como un cosquilleo me recorría la espalda, era placentero, mis pezones se endurecían debajo de la blusa. Me pareció ver que él sonrió ligeramente al notar cierto pudor, pero no estoy segura.

 

Mejor puse los pies en este mundo y decidí que era hora de volver al hotel; mi excitación no sé si sería evidente pero si insoportable, recordé ese dildo nuevo que me esperaba envuelto entre los paquetes y en el porno que seguro podría encontrar en la tele de mi habitación. Mi deseo reprimido por semanas había despertado reclamando mi cuerpo y no me iba a llevar a este cabrón que acababa de conocer y que ni siquiera me gustaba. O bueno, al parecer me gustaba, vayan a saber porqué si no le encontraba algo particularmente hermoso, y sin embargo, había algo de él que hacía desearlo y con ganas. Por un segundo consideré llevarlo conmigo al hotel. No sería la primera vez.

 

Pensé en lo efímero de lo físico al coger con un desconocido, que nos hace gozar hasta los extremos cuando sabes de antemano que ese placer no tiene futuro, nos vuelve amantes desencantados, cínicos, sin porvenir, sin trascendencia y sin disimulo: libres. Sin importar con quiénes o con cuántos nos podamos acostar, eso dura más que cualquier noción de eternidad.

 

La diferencia era que mi deseo súbito no iba a dominarme, porque no es lo mismo ir detrás del deseo con premeditación, que cuando el deseo se te apersona, y es él quien te domina. Vaya, que la premeditación sí es muy lo mío.

 

La espera del camino al hotel me pareció eterna. Entré a la habitación desnudándome y arrancando de entre las bolsas aquel juguetito recién comprado. Encontré una porno malísima en la televisión,  dos hombres le daban a una MILF, mientras una rubia se masturbaba sobre una silla. Me senté en la cama y empecé a tocarme. Estaba tan húmeda que el dildo resbaló solo y a toda velocidad. Nada de empezar despacio, me urgía correrme, una y mil veces, las que fueran necesarias para calmar mi deseo.

Imaginé a ese desconocido mordiendo mis pezones mientras jugaba al mete-saca, su voz profunda susurrando en mi oído, decía que sabía quién era, lo que me gustaba, que me lo iba a dar, y me iba a dar… todo, por atrás; mientras, me metía el consolador por delante. Mis gritos se confundían con los de la tele y quedé con la vulva palpitando. Esa noche terminé tan rendida que dormí como infante, con una idea fija y plácida que me repetía:

 

– ¡Me lo tengo que coger!

 

Al siguiente día me levanté fresca y renovada. Seguí algunas de sus recomendaciones. Conocí otros lugares de la ciudad, sin muchas ganas visité algunos museos y parques, pero me regresé a buena hora al hotel a descansar un rato. Al llegar a la recepción la dependienta me dijo que alguien ha llamado a buscarme; no niego se me hizo rollito la tanga, para que me entienda, entré en pánico; ni siquiera a mis jefes me había reportado, ellos tienen sus vías para localizarme cuando es seguro volver a la unidad.

 

Al ver mi cara de extrañeza, la chica me preguntó si tenía amistades en la ciudad o acaso si por  el asunto de la maleta y los documentos alguien sabía donde localizarme, que estuvieron llamado insistentes toda la mañana desde un número local.

 

Le dije que si volvían a llamar preguntara los datos de la persona y pidiera un número para localizar, que no me transfiriera la llamada a mi habitación, me siguiera negando y me avisara en cuanto recibiera la llamada.

 

Subí a mi habitación para tomar una siesta, darme una ducha y ponerme al tanto de cómo iban las cosas por el mundo, no sé, nimiedades. Como a la hora sonó el teléfono de la habitación, era la chica, con el nombre y el número de la persona que me quería localizar, agradecido el favor, colgué.

 

Entonces suspiré aliviada, no hay nadie que te  pida una cita y deje su número telefónico si lo que quiere es matarte. Ahora había que llamar a ver quién era. Y para qué  hacerle a la pendeja, obvio era él, el mesero de la noche anterior, sabía donde me hospedaba porque me había pedido el taxi de regreso. Lo llamé y me invitó a cenar, quedamos de vernos cayendo la tarde.

 

Nos encontramos a la entrada del hotel; él, cauteloso se estacionó un poco más atrás, me observaba a la distancia, hasta que lo reconocí. Sugirió ir a un lugar cercano para mostrarme no sé qué barcos; allá fuimos, nos internamos en un barecito con buena vista, buscando privacidad. Pedí un vino de la región, Australia produce muy buenos vinos, lo sé, qué quieren que les diga, soy de California, mi familia de la Baja, y con vino en la sangre es la manera más fácil de bajarme la tanga. ¡Ay ya sé, qué graciosita!

 

El vino empezó a hacer lo suyo y yo a sentir la nubecilla de calor típica que produce las cosquillas que me recorrían desde la cabeza hasta las nalgas. Adelantada a cualquier preámbulo me puse de pie a media cena, hice a un lado el banco y lo callé con un beso, no había necesidad de más charla, verlo morder cada bocado me estaba poniendo muy mal, y a mí la experiencia me ha enseñado que ver comer a un hombre puede ser algo tan orgásmico como coger en público.

 

Le restregaba el cuerpo con un deseo enorme de ser tomada ahí mismo, pero supo controlarme, con firmeza y cierta timidez me rodeo por la cintura y posó sus manos justo donde debía colocarlas, en mis nalgas. Me empujó despacio hacia mi banco, mientras yo sentía el rozar de su pantalón en mi vientre. Como yo no dejaba de besuquearlo y mordisquearlo, él me hizo terminar de comer intentando distraerme, prolongar ese estado eufórico en el que el deseo nos pone cuando no está satisfecho.

 

Finalmente la comida acabó, el deseo subió y las palabras sobraron. Fuimos de vuelta al hotel, todo el trayecto de regreso en lugar de relajarme me puso peor. Yo solo espero que los semáforos de Sydney no tengan cámaras porque hay fotos mías por toda la ciudad en posiciones bastante lascivas.

 

Subimos a mi habitación con la misma prisa que yo subí el noche anterior. Entre toqueteos le conté lo sucedido durante el café, sonrió y no dijo nada, seguro lo sabía.

 

Al traspasar la puerta de la habitación cambió, apenas cerró la puerta y ahí mismo en el piso subió mi falda para darme el sexo oral más delicioso que he recibido nunca. La punta de su lengua tocaba mi clítoris muy lentamente haciendo círculos, yendo de arriba a abajo y luego presionando. Y yo sentía como me iba mojando más y más, traté de incorporarme para devolverle el favor pero en lugar de eso me llevó a la cama. Con un solo movimiento me ha puesto en cuatro, y mientras él seguía de pie comiéndome desde atrás, me ha dado sonora nalgada que me excitó mucho más.

 

Se puso un condón, halándome del cabello mientras me decía: “a tí hay que cogerte bien, porque tienes el culo que te explota”. Sí, se dio cuenta que estaba a punto de venirme y me volteó, me puso sobre mi espalda tomó mi mano y poniendo mis dedos índice y medio entre mis labios vaginales me hizo frotar, primero despacio y luego fue subiendo la intensidad, hasta que de pronto me soltó y comenzó a masturbarse mientras me veía perderme en el extravío que se producen antes de alcanzar el orgasmo. Y justo cuando me venía me mordió un pezón y metiéndome los dedos a la vagina presionó de tal forma que el estallido se volvió un grito agudo, sordo, que lo llenó todo. Se quitó el condón de prisa y terminó sobre mis senos, él no lo sabía, pero siempre ha gustado que se vengan sobre mí, y mientras yo lamía con cuidado aquel estallido, el vello fino que le cubría la piel se erizaba visiblemente.

 

La noche continuó hasta que de nuevo el sueño me venció, desperté por la mañana con el timbrazo de mi celular, una ligera resaca de vino y las ingles adoloridas… ¿y el galán?

 

Ya no supe, esa misma tarde me volví para el rancho, las vacaciones se habían terminado. Tampoco sé porque las mañanas así, de brisa pesada de la costa, me recuerdan siempre ese tipo de historias…

 

********

 

PD: Para llegar hasta aquí tuvieron que haber transitado por todo el texto, deliberadamente he puesto esta nota al final sin nunca mencionar que la haría, y he escrito todo lo anterior para llegar a esta nota.

 

Esto es muy similar a lo que escribo en un blog personal desde hace más de un año, pequeñas muestras que espero algún día conformen algo más grande. Sí, yo escribo literatura erótica, porno si así prefieren llamarlo, a mí me da igual, la delicada línea que separa elo erótico de lo porno a veces sólo la delimitan los prejuicios del lector, no el escritor. Obviamente no lo había escrito aquí, porque no es el propósito de este espacio.

 

Mis razones son dos, la primera porque a raíz de mi texto de la semana pasada he recibido una serie de quejas e insultos, que no de críticas, diciendo entre otras cosas que no tengo derecho a opinar nada porque tengo un blog porno, que soy protagónica y le he faltado el respeto a los deudos; cuando yo, curiosamente, nunca hice ninguna referencia ni a la carta de Sicilia, ni siquiera a la marcha en sí, lo mío era una crítica a como nos ha afectado aferrarnos a nuestra “mexicanidad”.

 

Si me hubieran dicho que mi blog es horrible, que como narradora mejor me dedique a la costura, que soy malísima, vaya, mediocre, si para el caso ser narradora mediocre y mala no es un pleonasmo, digo: ¡vale! La crítica es válida, la vida no son sólo aplausos y qué bueno, de otra forma el tránsito por este mundo sería aburridísimo.

 

Lo que no se vale es que me insulten y utilicen como argumento que no tengo derecho a decir o escribir nada porque mi blog es porno, como si por escribir sobre sexo y violencia no me obligaran a pensar y sensibilizar esos temas desde todas las aristas que la imaginación me lo permita.

 

Pero que me guste o no escribir con la mano entre las piernas, mientras el placer o daño sean míos, es el cuento de MI vida, y eso no hace de mis opiniones ni más, ni menos deleznables. Si me van a criticar mis chaquetas, adelante, cucharadas contra el ego no le vienen mal a nadie, pero mocherías a mí, no. Cojan más, ríanse más y no se tomen tan en serio. Ese es un buen cambio de actitud para mejorar todo lo que les molesta. Regálenle a la depresión nacional algo de endorfinas.

 

También me dijeron provocadora, pero eso no es “malo”, de hecho a mi ver nada es realmente malo, el maniqueísmo y el pensamiento absolutista me dan mucho más asco que cualquier tipo de contenido explícito. Mi naturaleza sí, no lo voy a negar, es bastante desafiante, transgresora; pero volviendo al texto de la semana pasada, ¿es que acaso este país no necesita esa transgresión que sacuda el letárgico espasmo en el que vivimos desde… siempre?

 

La segunda razón, por cierto, no se las pienso contar… #muajajaja.