blogeditor · 28 de septiembre de 2021
Ya no es nuevo. Vivimos en tiempos de alarmas no escuchadas tal y como lo estuvo el mundo hace alrededor de 100 años. Ahora, de nuevo, fue el Secretario General de la ONU, António Guterres, en su discurso del pasado 21 de septiembre ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Destaco algunas líneas (lo resaltado es mío).
“Hoy vengo a dar la voz de alarma: el mundo tiene que salir de su letargo. Estamos al borde de un abismo, y vamos en la dirección equivocada. Nuestro mundo nunca ha estado más amenazado ni más dividido. Nos encontramos ante la mayor avalancha de crisis de toda nuestra vida. La pandemia de COVID-19 ha acentuado desigualdades flagrantes. La crisis climática está azotando el planeta. La paz se ha visto frustrada a raíz de los disturbios, desde el Afganistán hasta Etiopía, pasando por el Yemen. La oleada de desconfianza e información errónea polariza a los pueblos y paraliza a las sociedades. Están en juego los derechos humanos. Se pone la ciencia en entredicho. Y los salvavidas económicos para los más vulnerables son demasiado exiguos y llegan demasiado tarde, si es que llegan. La solidaridad brilla por su ausencia, justo cuando más la necesitamos. Tal vez baste una imagen para ilustrar la época que vivimos. La imagen que nos ha llegado de algunos lugares del mundo, donde se ven vacunas contra la COVID-19… en la basura. Caducadas y sin usar. Por un lado, vemos que se han desarrollado vacunas en tiempo récord: toda una victoria de la ciencia y el ingenio humano. Por el otro, vemos cómo ese triunfo queda anulado por la tragedia que implican la falta de voluntad política, el egoísmo y la desconfianza. Excedente en algunos países. Estanterías vacías en otros. La mayoría del mundo más rico ya está vacunada. Pero más del 90 % de la población africana todavía espera su primera dosis. Esto es una denuncia del estado moral en que se encuentra nuestro mundo. Es una obscenidad. Hemos aprobado el examen de Ciencias. Pero en Ética fracasamos estrepitosamente”.
Brutal y precisa descripción del mundo de hoy y de sus liderazgos. El diagnóstico encaja perfectamente en México. Un país dividido y con niveles de violencia e impunidad que amenazan la viabilidad democrática, un pésimo manejo de la pandemia, desigualdad insultante, políticas públicas en sentido contrario de las exigencias que impone el cambio climático, un país en guerra, discurso público polarizante, sociedad paralizada, profunda crisis de derechos humanos, gobierno que rechaza y ataca a la ciencia y el compás moral más que perdido.
Como suele ocurrir con las alarmas de este nivel, jamás son escuchadas. El discurso de Guterres pasó desapercibido, al igual que la realidad, al igual que en otros tiempos. El mundo actual carece de la voluntad política para articularse y atender los grandes retos de nuestro tiempo. Lo mismo ocurre y ha ocurrido con los gobiernos de nuestro país.
El Consejo de Seguridad de la ONU, responsable de buena parte de la agenda en crisis, mantiene el derecho de veto de sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña. Cualquier acuerdo trascendente debe contar con el visto bueno de estos países. No ocurre. Reformar el Consejo de Seguridad parece imposible a menos que exista un quiebre violento. En México, los cambios difícilmente llegarán de la cúpula política preocupada por ganar elecciones y mantener la protección política que la arropa con absoluta impunidad.
El tiempo se agota en México y el mundo. Buena parte de las soluciones requieren respuestas globales, de instituciones multilaterales, de democracias responsables. Sin embargo, lo que tenemos es la larga lista de alarmas del discurso de António Guterres. En resumen, una incapacidad de abrazar la otredad, las y los otros son irrelevantes. Los límites de lo intolerable se difuminan. El diálogo y la razón están en desuso.
Al parecer se requiere llegar aún más bajo para hacer un alto, reflexionar y cambiar. O nunca cambiar. Las alternativas deben llegar de una articulación amplia. Como lo afirman el EZLN y el CNI-CIG, estos cambios deberán llegar de los márgenes, de abajo a la izquierda. ¿Será demasiado tarde? De mientras, lo único que nos queda es la palabra y la resistencia.