La historia feliz que ella se merece

blogeditor · 7 de enero de 2013

La historia feliz que ella se merece

Y llegó el día de su boda. Parecía una sirena con ese vestido largo color verde esmeralda, su cabello rojizo, un ramillete de flores y una sonrisa rosa. Él era todo un desastre. Desde que dejó de entrenar subió tanto de peso que casi llegó rodando a lado de su próxima esposa.

Mientras todos tomaban las primeras fotos antes de que la pareja pasara con la juez, los ojos se me hicieron agua al recordar todo lo que esta mujer tuvo que pasar para que este día sucediera, para que cada detalle –desde la comida, hasta las mesas y la música- gritara sus nombres.

Esta historia comenzó en un estudio de tatuajes. En serio. G quería completarse el colorido jardín que tiene dibujado en la espalda y que nunca pudo terminar en Los Ángeles. En uno de sus paseos por el Centro Histórico del DF se encontró con un estudio. Entró. Y ahí estaba J: grandote, moreno, (en ese entonces) con cuerpo fuerte y una pistola de tatuar en la mano izquierda.

A G le gustó de inmediato. Siempre le encantaron los mexicanos morenísimos y fuertes. Siempre. Recuerdo que cuando salíamos de fiesta y dispuestas a cazar decía que yo tenía un gusto particular por los hombres afeminados con barba, totalmente contrario a lo que ella buscaba. La verdad es que tenía un poco de razón.

A J debe haberle gustado mucho G. Cuando tuvieron su primera cita (para el tatuaje), G me contó que J temblaba todo el tiempo “porque hacía un chingo de frío”, según él. Claro, en pleno verano. Frío. El sujeto estaba nerviosísimo.

Después de salir, se enamoraron, G perdió la cabeza por él. Y luego la historia se puso extraña: se convirtió en una historia de abandono y desamor. No había noche de viernes y sábado en que G no llorara por J. Bebía y se ponía violenta. Bebía y quería arrojarse a las avenidas retacadas de autos porque la soledad, a sus 34 años, ya le pesaba tanto que comenzaba a hundirla. Llorábamos.

Muchos meses después, J regresó a buscarla y todo sucedió rapidísimo. Se fueron a vivir juntos a Guadalajara, se comprometieron, prepararon la boda y se casaron. Bueno, en realidad no fue tan rápido, pasó un año.

Yo desconfiaba de J todo el tiempo. Siempre intuí que era un sujeto imbécil de 26 años a quien sólo le excitaba salir con una hawaiiana rubia varios años mayor que él. Resulta que me equivoqué.

La primera vez que los vi juntos en su vida en Guadalajara –un día antes de su boda- no pude creer lo que vi. J me vibró diferente, fue como si hubiera crecido, madurado. Se había ganado el derecho de estar con mi G (carajo, ¿quién me creo para decir quién merece estar con mis amigos y quién no?, en fin…).

Ese día, G estaba muy feliz, aunque muy presionada porque todavía faltaban algunas cosas para la boda: el toldo, las mesas, las sillas, la comida, decorar los cupcakes…

Aunque J se esforzó mucho por ayudar, le fallaron dos que tres cositas. A la mera hora tuvo que comprar una camisa nueva porque la que usaría en la boda ya no le cerraba por tantos kilos de más (G lo alimenta fabulosamente bien, cocina delicioso). El toldo, las sillas y las mesas no llegaron a tiempo. Y G, impávida. “Oh, no problem sweetie, we´ll figure it out”, le decía a J mientras bebía una copita de vino tinto. Perdón, pero en esa situación yo hubiera sido una perfecta bridezilla (y eso que, en serio, soy una seda).

Con la cooperación de toda la familia, todo salió hermoso. Debieron haber visto las mesas: blancas con morado, velas negras, botellas de whisky y tequila con forma de calaveras, flores… A G le encanta todo lo relacionado con la muerte en México. Es más, hasta quiso poner algunas calaveritas de azúcar a sus cupcakes.

Estaban felices.

Pasaron con la juez, los casaron. Éramos muy pocas personas en la ceremonia, en un jardín en Ajijic con vista a las montañas y a un cielo que no pudo haber estado más azul.

G lloró. Al verla, no pude evitar llorar también. Hubo una vez en la que me miró con ojos de agradecimiento y entendí todo. Por fin G estaba con quien quería estar, tenía la boda que siempre había deseado: “I really understand the expression patience is a virtue, when you wait and find the most perfect person…”

La boda de G me conmovió. Lo primero que me conmovió fue la capacidad que una persona tiene de aceptar sin reparo lo que quiere, lo que busca. G me lo puso muy claro: “There is no point to fight against what I want. He is what I want”. Me dejó fría.

También lloré y me conmovió porque deseé algún día poder ser tan honesta como G para encontrar, decir y aceptar lo que quiero del amor, de una persona. Hacer a un lado la “hiperracionalización” (así me lo bautizó la terapeuta), asumir y expresar mis sentimientos, sin importar las consecuencias.

Y aunque en este espacio ya había escrito sobre el filósofo español Manuel Cruz y su libro Amo, luego existo, tengo que rescatar esta parte: “No me puedo creer, por irreal, sueños como el de la media naranja, pero, si verdaderamente existiera, ¡por supuesto que lo continuaría prefiriendo por encima de cualquier otra alternativa!”

Gracias G.

Pongo esto de Christian Loeffler porque, dicen, así suena el amor: