Lady Mossad · 1 de abril de 2011
Quiero agradecer infinitamente a Ana Lilia
por haberme abierto su corazón e intimidad
al contarme algo tan privado.
Esta es una historia real, llegó a mi inbox en Facebook luego de haber publicado en este blog otras entradas sobre mujeres y su capacidad de violencia; tiene semanas ahí y les confieso con toda honestidad que lo he leído tantas veces como tantas le he ido sacando la vuelta, porque ni yo misma sé si tengo la capacidad, pero sobretodo, la sensibilidad, para abordar un tema tan delicado. Se los dejo a su criterio, aquí la historia:
La tía Emma tenía tres hijos: Rodrigo de 4, Beto de 9 y Angélica de 15 años; una noche de agosto de 2005 a la edad de 35 años la tía Emma murió víctima de una golpiza que le propinó su esposo, asestándole 37 puñaladas y dejándole el cráneo casi completamente triturado luego de tanto azotarla contra la pared. Un crimen horrendo.
Su familia quedó devastada, no sólo por su muerte y por la manera tan terrible de morir, sino porque además les notificaron que sus tres hijos presenciaron todo el ataque; ni en sus peores pesadillas imaginaron algo tan espeluznante, era casi una historia de terror.
De acuerdo a la declaración oficial que dio la hija mayor, sus padres empezaron por discutir luego de la cena, duraron horas discutiendo cada vez más acaloradamente. Llegaron a los gritos, los insultos, luego los golpes y finalmente el padre perdió el control y la asesinó.
Tal vez por el shock o el pánico, ninguno de sus hijos buscó ayuda durante la golpiza. Los tres chicos, emocional y físicamente frágiles, no atinaron en llamar a la familia o hablar a algún vecino. Por lo que dicen las declaraciones, da la impresión de que los hechos se dieron en una escalada de violencia tan rápida que no tuvieron tiempo de atinar a nada.
Pero desgraciadamente estas tragedias no acaban donde la violencia física termina, al contrario, es donde inician. Los niños, ahora un poco mayores, nunca se repusieron de aquella escena de horror, pero sobretodo, de las secuelas que permanecen por haber sido engendrados en el seno de una familia separada y destruida por la violencia.
Ya sea porque no se reponían por haber perdido a su madre, por haberse quedado sin ninguno de sus padres, por no poder asimilar tanto dolor de una vez, o por haber presenciado un crimen horrible y a tan corta edad, motivos sobraban pero durante el funeral ninguno lloró, ni siquiera un poquito.
Hay crímenes espantosos, pero el de un padre contra el otro debe ser una marca de vida muy honda, un sentimiento de desprotección y fragilidad que me parece imposible imaginar. Si son los padres quienes cuando niños deben darnos seguridad y cobijo, ver de los padres algo así, debe dejar secuelas gravísimas en los hijos.
El pequeño de cuatro años dejó de hablar por días. Hasta la fecha lleva un tratamiento psicológico para superar los ataques de pánico y las crisis de llanto que aún le sobrevienen; casi no ve a sus hermanos, y aunque es muy inteligente y ha desarrollado un fuerte intelecto -aprendió inglés, toca el piano y le encanta el ajedrez- aún le cuesta mucho trabajo relacionarse con otros niños; con todo, es quien mejor lo ha superado de los tres.
Beto por su lado, se fue a vivir con unos tíos por algún tiempo; sin embargo, su comportamiento se trastornó bastante, de ser un niño agradable y feliz a quien sus tíos adoraban, llegó a su casa vuelto un chico desobediente, mentiroso y rebelde.
Un día intentó agredir a su tía, así que sus tíos con todo el cariño que le prodigaron y el dolor de dejarlo a su suerte, le pidieron que se marchara de la casa si no estaba contento, y así fue, tomó sus cosas y empezó a rodar la vida por ahí. Dejó de estudiar, sólo sabe leer y escribir, no alcanzó ni a terminar la secundaria; empezó a trabajar en un bar pero no le ha ido nada bien, luego de querer agredir a su tía, fue imposible que alguien más en la familia quisiera hacerse responsable por su educación o tan sólo darle un techo.
Y debe ser hasta cierto punto natural que los otros vean con suspicacia y temor que un chico que ha presenciado el horror con sus propios ojos pueda reproducir en otras personas esos intentos fallidos de convivencia; desgraciadamente para él, las oportunidades de una vida familiar sana y un mejor porvenir en lo inmediato, se truncaron por no conocer otro tipo de convivencia; y seguirán truncadas, si no descubre y busca la ayuda que necesita.
La reacción de Angie fue muy distinta, uno pensaría que por ser mujer y ser la mayor hubiera asimilado las cosas de otra manera, más protectora hacia sus hermanos o procurando reestablecer el amor que se rompió en su familia, pero no, la reacción de Angie fue volcada hacia sí misma y en contra de su familia.
Durante el funeral no sólo se mostró fría y distante, acercaba a sus hermanos al féretro y decía “verdad que se ve linda como siempre”; y cuando las personas se acercaban a darle el pésame les respondía que la vida seguía, que dejaran de compadecerla porque parecía que eran ellos quienes necesitaban apoyo moral.
Se fue a vivir con los abuelos maternos, y a pesar de su aspecto menudito se convirtió en una bomba de tiempo. A los abuelos los tenía amedrentados, no vivían tranquilos ni en su casa, dormían con las puertas aseguradas porque le tenían miedo, a veces en tono burlón cuando cocinaban les ponía los cuchillos en la cara y se soltaba a reir, decía que eran unos exagerados con sus bromas inocentes.
Ella luce físicamente frágil pero su capacidad mental para dañar y causar dolor es sorprendente. Varias veces amenazó con suicidarse pero no sin antes “llevarse a alguien”, refiriéndose a alguno de sus abuelos. Les exigía que escrituraran la casa a su nombre porque según ella le correspondía como parte de la herencia de su madre.
A todo mundo trataba de engañar, de sacarle dinero, no ayudaba en casa, descomponía las cosas y se colgaba las horas hablando por teléfono con el puro afán de molestar y hacer gastar a sus abuelos.
La familia se enteró por algunas amistades que frecuentaba a su padre en el reclusorio, y la abuela asegura que varias veces la escuchó hablando con él por celular y decirle cuanto lo quería.
Pocos meses después de la muerte de su mamá, Angie dijo que era lesbiana; la salida del clóset le sentó pésimo a su familia que es bastante conservadora, y después de eso ya no estuvieron dispuestos a tolerarle tanto, así que también le pidieron que se marchara.
Luego del maltrato verbal y psicológico contra sus abuelos, el resto de su familia albergó mucho resentimiento en contra de Angie, empezaron a cuestionar su reacción ante lo sucedido con la tía Emma, si bien físicamente era inimaginable que se enfrentara a su padre, la posibilidad de llamar a pedir ayuda siempre estuvo ahí, Angie ya era una adolescente, ¿por qué no lo hizo?.
La duda se queda en el aire, pero hoy por hoy, la familia de la tía Emma desapareció, sus hijos van por ahí cada uno por su cuenta, llevando en su memoria el recuerdo de una carnicería que seguramente no los va a dejar vivir por mucho tiempo, si es que los deja vivir.
Me sugerían que hablara del caso de Angie para retratar una imagen real de una mujer que puede engendrar y generar violencia, pero todo el horror que me produce la muerte de la tía Emma no me ha dejado racionalizar el cómo no reaccionar con tanta furia hacia la vida luego de haber vivido el lado más oscuro de ella. Esto tiene tantas aristas que sería hasta inmoral de mi parte centrarme en un ápice de una historia que se narra por sí misma.
La violencia engendra sólo más violencia; las secuelas del maltrato psicológico, el abuso verbal y los golpes no terminan cuando de los gritos se hace el silencio o el moretón se desvanece, es ahí donde inician…