Jorge Avila · 12 de mayo de 2026
Ucrania y Rusia mantuvieron este fin de semana un alto al fuego. Frente a esto el presidente Vladimir Putin comentó que piensa que la guerra en Ucrania “está llegando a su fin”. Si bien esto puede augurar la voluntad del Kremlin de buscar nuevas conversaciones de paz, antes de adelantarnos a vaticinar un proceso de paz, vale la pena analizar cuáles son los intereses políticos, económicos y geopolíticos, sobre todo por parte de Rusia, Ucrania, Europa y los Estados Unidos que mantienen vivo el conflicto y, sobre todo, cual puede ser el futuro de la guerra en Ucrania.
El alto al fuego de este fin de semana fue anunciado inicialmente de manera unilateral por Rusia en el contexto de las celebraciones del Día de la Victoria del 9 de mayo. El Kremlin presentó la tregua como una pausa temporal de las hostilidades durante las conmemoraciones, aunque advirtió que respondería con contundencia si Ucrania realizaba ataques contra territorio ruso o contra los eventos celebrados en Moscú. Posteriormente, Rusia sostuvo conversaciones con Estados Unidos, quien gestionó con el gobierno ucraniano para que aceptara sumarse temporalmente al cese al fuego y así evitar una escalada mayor durante esos días. Sin embargo, pese al acuerdo, tanto Moscú como Kiev terminaron acusándose mutuamente de violar la tregua mediante ataques aislados y operaciones militares limitadas en distintos sectores del frente.
Si bien el alto al fuego podría abrir espacio para nuevas rondas de negociación, el principal obstáculo no radica únicamente en la posibilidad de detener temporalmente los combates, sino en las múltiples estructuras políticas, económicas y geopolíticas que dificultan una resolución definitiva del conflicto. Esto no significa necesariamente que los actores involucrados busquen sabotear deliberadamente la paz; más bien, la guerra ha generado incentivos estratégicos, dependencias militares y cálculos internos que vuelven extremadamente compleja la construcción de un acuerdo de paz estable y sostenible en el corto plazo.
Para Rusia, el conflicto en Ucrania no es únicamente una guerra territorial, sino una confrontación estratégica vinculada a la expansión de la OTAN y a la creciente influencia occidental en el espacio postsoviético. Desde la perspectiva del Kremlin, la guerra forma parte de una disputa más amplia sobre el orden internacional posterior a la Guerra Fría y sobre la capacidad de Moscú para mantener influencia en Eurasia. Además, el gobierno de Putin ha construido gran parte de su legitimidad política alrededor del nacionalismo, la defensa de la soberanía rusa y la restauración de Rusia como gran potencia, por lo que una retirada percibida como derrota tendría importantes costos políticos internos.
Uno de los principales objetivos estratégicos de Rusia en el conflicto ha sido impedir la integración de Ucrania a la arquitectura de seguridad occidental, particularmente a la OTAN. Para Moscú, la ocupación de territorio ucraniano no responde únicamente a fines expansionistas, sino también a la intención de bloquear el ingreso de Kiev a la alianza atlántica, cuyos estatutos dificultan admitir miembros con disputas territoriales activas. En este contexto, la ocupación rusa de regiones como Donetsk y Luhansk funciona como un mecanismo para mantener abierta la controversia sobre la integridad territorial ucraniana y limitar su acercamiento a Occidente. Por ello, cualquier proceso de paz impulsado por Moscú probablemente buscaría preservar las conquistas territoriales rusas, evitar la entrada de Ucrania a la OTAN o la Unión Europea y mantener influencia política sobre Kiev mediante un gobierno menos alineado con Occidente.
Sin embargo, en este escenario vale la pena preguntarse por qué Putin comenzó a hablar de poner fin a la guerra. Una posible explicación es que el Kremlin busca acercarse a un acuerdo negociado mientras Rusia todavía conserva cierta ventaja estratégica en el terreno, tiene una Casa Blanca relativamente favorable a sus intereses y sobre todo, antes de que los costos políticos, sociales y económicos del conflicto superen la capacidad del Kremlin para administrarlos al interior de Rusia.
Para Ucrania, la guerra representa una cuestión de supervivencia estatal y nacional. Desde 2022, el conflicto fortaleció la identidad nacional ucraniana y consolidó un amplio consenso político en torno a la defensa territorial, por lo que cualquier negociación que implique pérdidas permanentes de territorio resulta políticamente muy delicada. Al mismo tiempo, el gobierno de Volodímir Zelensky enfrenta un creciente desgaste social derivado de la destrucción económica, la movilización militar prolongada y las enormes pérdidas humanas. Sin embargo, aceptar una paz percibida como desfavorable también podría provocar fracturas internas y debilitar la legitimidad del gobierno.
A esto se suman los escándalos de corrupción que han afectado al gobierno de Volodímir Zelensky y sus allegados, lo que generó tensiones tanto internas como con sus aliados occidentales. En 2025, el gobierno ucraniano intentó limitar las facultades de instituciones anticorrupción, aunque retrocedió rápidamente tras fuertes críticas internacionales y las primeras protestas masivas desde el inicio de la guerra. Además, persisten cuestionamientos sobre la suspensión de elecciones desde 2024 debido a la ley marcial vigente desde 2022. Aunque es poco probable que Zelensky busque prolongar deliberadamente la guerra para evitar elecciones o investigaciones judiciales, sí tendría incentivos políticos para rechazar un acuerdo de paz percibido como una derrota para Ucrania.
Para Ucrania, cualquier proceso de paz depende principalmente de obtener garantías de seguridad que impidan una nueva invasión rusa, preservar la mayor cantidad posible de soberanía territorial y mantener su integración política y militar con Occidente. El gobierno ucraniano insiste en que cualquier acuerdo debe incluir compromisos de protección por parte de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, Kiev también reconoce que las condiciones militares actuales dificultan recuperar completamente todos los territorios ocupados, por lo que comenzó a considerar posibles compromisos dentro de una negociación. Además, Ucrania busca asegurar financiamiento occidental para la reconstrucción del país y mantener abierta la posibilidad de ingresar a la Unión Europea.
Europa tiene un interés evidente en alcanzar eventualmente algún tipo de estabilización o proceso de paz en Ucrania debido a los costos económicos, energéticos y de seguridad que la guerra ha generado desde 2022. Particularmente para potencias como Alemania y Francia, un conflicto prolongado implica una mayor presión sobre las finanzas públicas, un aumento sostenido del gasto militar y un clima permanente de incertidumbre geopolítica en las fronteras orientales de la Unión Europea.
Sin embargo, Europa enfrenta una paradoja compleja: la misma militarización impulsada por la guerra se ha convertido también en un importante motor de crecimiento industrial para el continente. El rearme europeo ha acelerado el aumento de la producción militar, especialmente en Alemania, donde parte de la capacidad industrial tradicionalmente orientada a la manufactura automotriz a transitado a la producción de equipo militar que ha generado miles de millones para la industria armamentista europea, lo que ha llevado a considerar que la economía europea depende de ser una economía de guerra. Si bien, el incremento del gasto en defensa ya había fortalecido a la industria armamentista europea, desde antes de la invasión rusa de 2022, la guerra consolidó aún más esta tendencia.
Uno de los casos más visibles es el de Rheinmetall, empresa alemana de armamento que se ha beneficiado significativamente del rearme europeo y de la necesidad de reabastecer arsenales militares en todo el continente. Este fortalecimiento de la industria de defensa no significa necesariamente que Europa busque sabotear deliberadamente un eventual proceso de paz; sin embargo, sí genera nuevas inercias políticas, industriales y burocráticas vinculadas al mantenimiento de altos niveles de gasto militar y a una percepción duradera de amenaza rusa.
En consecuencia, aunque la postura europea continúa siendo evitar una victoria estratégica rusa que debilite a la OTAN y altere el equilibrio de seguridad continental. Aún cuando varios gobiernos europeos apoyan diplomáticamente un proceso de paz, las potencias europeas enfrentan una posición compleja frente a un hipotético acuerdo de paz. Por un lado, buscan impulsar negociaciones y eventualmente reducir las hostilidades pero bajo sus terminos; por otro, difícilmente aceptarían una resolución que sea percibida como una derrota ucraniana o como una legitimación plena de las anexiones territoriales rusas. Así, aún si hubiera un proceso de paz la consolidación de una economía de guerra basada en el rearme europeo dificulta la construcción de una verdadera distensión entre Europa y Rusia en el corto plazo.
Para Estados Unidos, un eventual proceso de paz en Ucrania implica equilibrar múltiples intereses estratégicos. Por un lado, Washington busca evitar una escalada directa entre la OTAN y Rusia, particularmente ante el riesgo nuclear, pero también impedir que Moscú obtenga una victoria geopolítica que debilite la credibilidad estadounidense y el orden de seguridad occidental construido tras la Guerra Fría. A esto se suma una dimensión de política interna: la Casa Blanca ha presionado a Ucrania para entablar negociaciones de paz con Rusia, pues entiende que impulsar negociaciones o mostrar avances hacia una posible resolución del conflicto puede convertirse en un activo político importante.
Al mismo tiempo, dentro de Estados Unidos existe una creciente percepción de que una guerra prolongada en Ucrania consume recursos financieros, militares y diplomáticos que Estados Unidos necesita para concentrarse en China. Por ello, distintos sectores del establishment estadounidense comenzaron a mostrar interés en fórmulas de negociación o congelamiento del conflicto que permitan reducir riesgos sistémicos sin abandonar completamente a Ucrania. Sin embargo, esto también ha generado tensiones con Kiev y debates sobre si ciertos sectores en Washington favorecen los intereses rusos al priorizar la estabilización del conflicto sobre una victoria total ucraniana. Por lo que el gobierno de Zelensky ha dado señales de que busca distanciarse de la Casa Blanca.
Paralelamente, la guerra benefició significativamente a la industria militar estadounidense. Empresas como Lockheed Martin, Raytheon y Northrop Grumman obtuvieron contratos multimillonarios derivados tanto del suministro de armamento a Ucrania como del rearme acelerado de Europa y la reposición de arsenales de la OTAN. Esto no significa necesariamente que Estados Unidos busque prolongar deliberadamente la guerra, pero sí genera incentivos políticos, industriales y estratégicos para mantener altos niveles de competencia con Rusia.
En consecuencia, aunque Estados Unidos probablemente apoyaría un acuerdo que le favorezca, estabilice el conflicto y reduzca los riesgos de escalada; también buscará preservar un equilibrio que mantenga limitada la capacidad estratégica rusa y refuerce el liderazgo estadounidense sobre Europa. Al mismo tiempo, Washington intentaría impulsar una estabilidad entre Rusia y Europa que le permita reducir los costos financieros asociados a la seguridad europea, mientras busca capitalizar económicamente tanto la futura reconstrucción de Ucrania como el incremento sostenido de la militarización y el gasto en defensa dentro de Europa.
En conjunto, los intereses estratégicos y políticos de Rusia, Ucrania, Europa y Estados Unidos dificultan una resolución completa de la guerra en el corto plazo. Mientras Moscú busca preservar sus ganancias territoriales y garantizar su seguridad estratégica, Kiev insiste en mantener su soberanía e integridad territorial; Europa intenta contener a Rusia sin desestabilizar aún más la economía del continente; y Washington busca evitar una escalada mayor mientras reduce gradualmente su carga sobre la seguridad europea para concentrarse en otros escenarios estratégicos, particularmente China e Irán. En este contexto, aunque pueden surgir treguas temporales o negociaciones parciales, el escenario más probable sigue siendo la consolidación de un conflicto congelado, caracterizado por una paz incompleta y la ausencia de una solución política definitiva.