blogeditor · 19 de mayo de 2021
Las elecciones se acercan y la violencia crece y crece. Aumentan las noticias de candidatas y candidatos con pasados oscuros, corruptos e incluso con vínculos con el crimen organizado. El presidente no pierde oportunidad para golpear y poner en duda la legalidad del proceso electoral. Decenas de personas que buscan un cargo son asesinadas. Los discursos de siempre: “debe investigarse”, “se debe llegar hasta las últimas consecuencias”, “el crimen no quedará impune”, pero sabemos que la impunidad será la constante.
Los partidos aceptando su falta de credibilidad han recurrido a deportistas y artistas para postularlos. Las campañas son espectáculo: botargas, bailes y canciones. Propuestas vacías, como si no urgieran soluciones.
Pasamos del México que tenía serios problemas para que los votos cuenten y se cuenten a procesos determinados por la bala, las carretadas de dinero y la frivolidad. Estamos ante una elección en varios escenarios. La violencia que incide, el dinero que incide y la presión presidencial que incide o incidirá después de la elección.
¿Hay alguna propuesta de cualquier partido para abatir la impunidad? ¿Para reducir la violencia? ¿Para combatir la corrupción? ¿Para atender seriamente la crisis humanitaria? ¿Para buscar a las más de 88 mil personas, en cifras oficiales, que continúan desaparecidas? No, los partidos, todos, están en la frivolidad. En el mejor de los casos con propuestas necesarias, pero nunca con las urgentes, nunca con las del México del dolor y del horror. Allí no habitan las preocupaciones de los partidos.
Los medios tampoco los presionan buscando propuestas. La sociedad en general tampoco las exige. La anestesia social también está en los procesos electorales. La brutal violencia se ha convertido en la escenografía en que los partidos pelean por sus intereses. ¿Qué democracia es esta?
La democracia está en riesgo desde hace años. Qué normalidad democrática puede haber en un país con más de 4 mil fosas clandestinas y cientos y cientos de miles de asesinatos. De qué Estado hablamos cuando no puede decirnos cuántas personas desaparecidas hay en realidad y mucho menos atina a proponer cómo encontrarlas. Qué democracia se sostiene con niveles de impunidad casi absolutos. ¿Se puede hablar de democracia cuando se entremezclan los intereses criminales con los políticos, cuando esa frontera es difusa? A todo esto, habría que sumar el gen autoritario, por decir lo menos, de este gobierno que ha emprendido un desmantelamiento institucional y la hiper concentración de poder en manos de la presidencia al tiempo que ataca diariamente a aquellos que no aceptan sumisamente su voluntad.
Así llegaremos al 6 de junio. Sin horizonte, sin propuestas, con la única esperanza de que un empate entre los partidos genere un frágil equilibrio y que no se descomponga más el país. Patear la lata esperando que para otra ocasión el escenario político sea distinto, al tiempo que sabemos que ese escenario no llegará si no hay un cambio en la sociedad.
Las campañas son de balas, millonadas por debajo de la mesa, botargas, sombrerazos, gritos, golpes en la mesa y frivolidad ante el horror. Mientras tanto, el país se hunde más y más en la violencia.