La filosofía de las cosas

blogeditor · 9 de febrero de 2015

La filosofía de las cosas

Siempre que una persona comience una oración negando un hecho o una situación, en realidad está confirmando su veracidad.

“No es que sea racista, pero son unos nacos…” Claro está, es racista.

“No es que me gusten los hombres, pero ese tipo es muy galán…” Le gusta ese y es gay.

“Con esto que te voy a decir, puedo pecar de soberbia…” Lo más probable es que peque de soberbia.

“No quiero que lo tomes a mal, pero me parece que tendrías que…” Tómalo a mal.

“No es que dude de ti, pero quería escucharlo de tu boca…” Definitivamente está dudando de ti.

“Puede que lo que te diga, no te vaya a gustar pero…” Prepárate porque te va a dar una patada en el trasero.

“Te lo digo porque te quiero…” ¡En nombre del amor, se han dicho tantas cosas!

En definitiva, no aclares que oscurece…

Algo me quedó resonando, rebotando alborotadamente como pelotitas numerológicas atrapadas en una esfera de lotería. Espejos. Crear el mundo a nuestra imagen. Encasillar objetos, personas y sentimientos dentro de nuestra cuadrícula de “lo ya conocido”, buscando lugarcitos justo ahí, donde interseccionan dos o tres variables, donde el sentido puede fijarse y hacerse controlable.

[contextly_sidebar id=”6uIqrkwtQEALOSKE7SpudyfqeJNMorCD”]Cómoda forma de detener los devenires. ¿Y es que podría no ser así? No lo sé. Pero nos levantamos y claramente lo primero que hacemos es dirigirnos al baño. Y nos miramos en el espejo y descubrimos un granito nuevo, justo ahí, en la comisura, y enseguida elaboramos hipótesis de que debe haber sido el chocolate de la noche anterior, o los nervios por ese llamado que puede depararte un nuevo trabajo.

Y nos bañamos, y desayunamos, y con la taza de café aún en la mano abrimos la puerta y agarramos las llaves y llamamos al elevador. Y nos subimos a un taxi y resulta que el chofer nos dice “buen día” con una sonrisa digna de protagonismo en cualquier campaña publicitaria.

Reflexionamos mil cosas durante el camino mientras observamos infinidad de anteojos de sol que denotan caras madrugadas y somnolientas. Y de repente una frenada poco cordial nos hace dar cuenta que el que está cansado es uno. Y que por ahí, el granito podría ser el beso de un incorpóreo amante nocturno, que el chofer es un espantapájaros que venció su soledad y que los portadores de anteojos son maniquíes esculpidos por algún genio loco que hoy se le habría ocurrido exponer un nuevo día.

Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los gobernadores. Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra tanda de medidas urgentes. Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre.

Ningún país alcanza semejante condición de la noche a la mañana. Tampoco en tres o cuatro años. Es el resultado de una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente. Hemos creado una cultura en la que los mediocres son los alumnos más populares en el colegio, los primeros en ser ascendidos en la oficina, los que más se hacen escuchar en los medios de comunicación y a los únicos que votamos en las elecciones, sin importar lo que hagan. Porque son de los nuestros. Estamos tan acostumbrados a nuestra mediocridad que hemos terminado por aceptarla como el estado natural de las cosas.

Mediocre es un país donde sus habitantes pasan la mayoría de su tiempo frente a la televisión, nuestra principal basura. Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un presidente que hablara inglés o tuviera mínimos conocimientos sobre política internacional.

Un país que ha hecho de la mediocridad la gran aspiración nacional, por políticos que se insultan sin aportar una idea, por jefes que se rodean de mediocres para disimular su propia mediocridad y por estudiantes que ridiculizan al compañero que se esfuerza, por un país que votará para que un futbolista, un payaso o una reclutadora de prostitutas los represente.

Mediocre es un país que ha fomentado y celebrado el triunfo de los mediocres, arrinconando la excelencia hasta dejarle dos opciones: marcharse o dejarse engullir por la imparable marea gris de la mediocridad.

Que día nos vamos a levantar con la idea clara, que esto no sucede en todo el mundo. NO.

Aquí dejo este corto para reflexionar. Hasta la próxima.

 

@maricelarosales