blogeditor · 3 de julio de 2013
Las escenas de júbilo en la comunidad homosexual de California tras la decisión de la Suprema Corte estadounidense sobre los derechos de las parejas gay han resultado de verdad conmovedoras. En West Hollywood, la zona de Los Ángeles donde la comunidad gay ha habitado desde hace décadas, la primera reacción fue de sorpresa. Tras años de lucha y desilusiones, muy pocos esperaban recibir una buena noticia el miércoles 26 de junio. Seguramente suponían que la Corte, con sus claros matices conservadores, probablemente le daría la espalda a la comunidad homosexual, cerrándoles la puerta a la posibilidad de vivir en igualdad de condiciones con las parejas heterosexuales en Estados Unidos. Y no les faltaba razón.
Con la notable excepción de su sentencia sobre la reforma al sistema de salud de Barack Obama, la Corte se ha inclinado por decisiones que han hecho las delicias de la derecha estadounidense en asuntos como los derechos de los votantes o los límites y origen de los gastos de campaña. Por eso, cuando la comunidad homosexual se enteró del voto favorable del magistrado Kennedy, quien inclinó la balanza al 5-4 definitivo, la sorpresa fue mayúscula.
Al asombro siguió la explosión de felicidad. El reporte de la estación de Univisión para la que trabajo en Los Ángeles fue casi cómico aquella noche. Al reportero enviado a cubrir los festejos lo rodearon un grupo de jubilosos jóvenes que celebraban no sólo la posibilidad de contraer matrimonio sino la validación plena ante la ley de su amor y su manera de amar. Su alegría era contagiosa. En las horas que siguieron, el alcalde angelino Antonio Villaraigosa se dio el gusto de casar a dos de los principales activistas californianos. Fue uno de sus últimos actos en la alcaldía, y lo hizo con una enorme sonrisa en los labios: al final, besó a los novios de manera realmente efusiva. “He casado a muchas parejas a lo largo de los años”, dijo Villaraigosa en su efusivo estilo, “pero nunca he estado tan feliz”. Desde entonces, en todo California, cientos de pareja han decidido casarse. Las portadas de los diarios muestran parejas de todas edades: una pareja de octagenarios en San Francisco, dos jóvenes rodeados de sus familias en Los Ángeles, y un largo etcétera.
Aun así, el triunfo en la Suprema Corte no es ni de lejos la batalla final para los que durante años han luchado por la causa de las parejas homosexuales. El camino es largo en cada estado. Pero la decisión de la Corte marcará un antes y un después de carácter histórico. Tan es así que distintos colegas han comenzado a preguntarse cuál será la siguiente gran causa progresista en Estados Unidos, dado que los derechos homosexuales han sido básicamente conquistados ya.
Para algunos, este triunfo debe ser un capítulo tan importante como en su tiempo fue la decisión Roe vs Wade sobre el aborto. Otros han preferido ser cautelosos y hasta críticos de la izquierda estadounidense. En un texto de verdad memorable en la revista Slate, Barry Friedman y Dahlia Lithwick escribían que los progresistas estadounidenses deberán aprovechar este triunfo para despertar y dejar la ambigüedad y complacencia. “Dejen la champaña por un momento”, decían ambos. “Lo que ha ocurrido obliga a una pregunta profunda: ¿qué queda ahora? No sólo qué sigue sino qué es lo que defiende la izquierda (…) ¿Qué significa ser de izquierda ahora?”
La naturaleza real de la crítica de Friedman y Lithwick tiene que ver con la cobardía de quienes defienden la agenda progresista en Estados Unidos. Los autores enlistan las causas que la izquierda ha abandonado a lo largo de los últimos años. Desde el control de armas hasta la lucha contra la pena de muerte o el adoctrinamiento religioso en las escuelas, la izquierda estadounidense poco a poco ha ido en retirada, abrumada por la estridencia de los conservadores. Eso es inadmisible, dicen Friedman y Lithwick, y mucho más ahora, cuando los años de buscar la igualdad para los homosexuales ha rendido frutos tan notables. Al final, ambos le piden a la izquierda que sea propositiva, no reactiva. “Para seguir siendo vibrante y efectiva, la izquierda estadounidense debe estar a favor de algo, no sólo en contra de las ideas más idiotas de la derecha”, rematan.
La lección aplica para los progresistas de este lado de la frontera, que tendrán que mirarse al espejo y decidir cómo y por qué lucharán. Pero también aplica para otras voces y fuerzas de izquierda, que se han perdido en el ánimo reactivo y han dejado de lado la imaginación política, la creatividad en la vida pública.