La familia que una escoge

blogeditor · 10 de diciembre de 2019

La familia que una escoge

A mi hija la mayor le encanta echarme en cara recurrentemente que ella no pidió nacer. Pero mi niña, nadie pidió nacer, suelo contestarle. Así que la consecuente frase de tampoco pedí nacer en esta familia queda sin decirse por obvia: una no escoge a la familia, es la que te toca y punto.

Con un poco de suerte, la familia que te toca te cae bien. Tengo una amiga treintañera que me hace tener fe en el futuro ante su confesado gusto en pasar tiempo con sus padres. Le caen bien, dice. Tengo la teoría de que el gusto de convivir con padres y hermanos se adquiere con el tiempo, se macera a la espera de que tarde o temprano adquiramos el temple necesario para reconocer que esos seres que estuvimos evitando con cierto ahínco por razones equivocadas y algunas veces olvidadas resultan ser hasta simpáticos. Madura una, pues.

Ese veinte de madurez me cayó este año. De pronto caí en la cuenta que tenía una hermana a la mano en esta ciudad y que nunca había aprovechado esa cercanía ni para hablar mal de los hijos. Porque han de saber que a las hermanas hay que tenerlas cerca para desahogarnos, para que alguien nos ubique en nuestra realidad cuando andemos fantaseando y para que lleven a la hija a la escuela si es necesario. Mi hermana mayor es buenísima para escuchar y para darme tres zapes cuando los necesito, sólo que tardé cinco décadas en darme cuenta.

Un día de pronto noté que nunca nos habíamos tomado un café ella y yo solas. Que jamás nos habíamos ido de compras o a comer. Que nuestra interacción siempre había sido dentro del ámbito familiar, con lo impersonal que eso contradictoriamente puede ser. Así que hace unos meses tomé el teléfono y le marqué. Esa semana nos fuimos a cenar y un mes después al cine. Desde entonces nos hemos visto una vez al mes, sin marido y sin hijos. Descubrí que mi hermana es una persona muy sensata, ecuánime y tranquila hasta cuando se enoja. Será porque es la mayor. Será porque su vida no ha sido fácil. Será porque ella quería ser una persona en particular y terminó siendo otra. Será porque en el último año la vida le ha cambiado y ha descubierto que de los porrazos cotidianos también una aprende y que nunca es demasiado tarde para tener aspiraciones y sueños.

Mi hermana es la que me tocó, pero desde este año es también la que he escogido. Me cae bien, pues. Ya pasamos de la etapa del reconocimiento inicial a la del conocimiento personal. De ese conocimiento que se afianza cuando descubres que es perfecta compañía para esas chick flick que nadie en casa quiere ver contigo, o que es una fuente inagotable de consejos para no dilapidar el dinero. O más, que puede ser la compañera de viaje ideal para escaparte de la rutina familiar y dejar que los demás descansen también de una. Ese viaje ya se está cocinando para el próximo año porque nos merecemos recuperar el tiempo que perdimos sin ser amigas porque éramos hermanas.

Nadie aprende en cabeza ajena, pero aspiro a que en mis hijas cunda el ejemplo. No porque de la propia sangre tenga que salir de manera automática u obligada el amor y la red de apoyo que todo ser humano necesita, sino porque nos dimos la oportunidad de tejer solidaridad y confianza con quienes tenemos más cerca por azares de los genes. Y qué hermoso descubrir que esa persona a la que puedes acudir cada que se te atraviese la adolescencia de las hijas o la mañanera de Andrés Manuel no sólo comparte el parentesco, sino también el respeto, la querencia y los afectos.

@malamadremx