La equidad laboral no es un tema de género (Hombres emancipados 2)

blogeditor · 2 de mayo de 2014

La equidad laboral no es un tema de género (Hombres emancipados 2)

Por: Irma Uribe Santibáñez (@irmolauro)

Hace un par de días, mi amigo y colega Braulio Torres publicó en este espacio un artículo titulado Hombres emancipados: rol reproductivo vs rol de cuidado. Me robo el título y le pongo un “2” al final, porque al hacer comentarios sobre su artículo, me di cuenta de que tengo mucho qué decir al respecto (y sobre muchas cosas, porque me encanta discutir). Con ese pretexto, escribí lo siguiente, que no se debería de llamar “La emancipación del hombre 2”, sino “La equidad laboral no es un tema de género”, namás para picar crestas.

Coincido con Braulio en que tanto hombres como mujeres deberíamos pensar en tomar medidas para estar más tiempo con los chamacos. No nada más al principio de la vida de un niño (o sea, no sólo cuando es bebé), sino a lo largo de su vida dependiente de nosotros, sus papás y mamás. O sea, todos – hombres y mujeres – deberíamos pensar y reflexionar si es necesario que alguien esté con las y los hijos las horas que están en la casa en las tardes para ayudar y apoyar con tareas, para jugar, para estar. Al final del día, creo que la educación es la casa, la escuela está ahí sólo para ayudarte a tener conocimientos. Claro que al pensar esto, lo primero que me respondo a mí misma es “ajá, ¿y luego cómo le hacemos sin dos ingresos? (¿o cómo le hacen las mamás y papás solteros?)”. Y aquí es cuando caigo en cuenta de varias cosas.

[contextly_sidebar id=”6b03072f0dadd7af224977be46a790c4″]Si bien hoy en día estamos enmarcando esta discusión en una (mucho más amplia) sobre equidad y género, el meollo del asunto (y a lo que deberíamos tirarle a largo plazo) es un tema de estilo de vida, generalizado. Actualmente, valoramos trabajar mucho (en donde mucho es igual a horas y no a resultados); el sistema recompensa a aquéllos que se quedan hasta las 9.00 pm en la oficina y llegan a trabajar en su casa. Y es que por un lado, necesitamos la lana (hay que pagar escuelas, la renta o la hipoteca, el seguro de gastos médicos…); por el otro, existe una creencia generalizada de que es mejor que nuestros hijos puedan ir al ballet, al fut y de vacaciones, que tener a sus papás y/o mamás en la casa con ellos todas las tardes. Finalmente, para algunos cuantos, está la culpa: “cómo voy a dejar de chambear, si me fui de maestría”.

Parece que lo que necesitamos son opciones. No es a fuerza quedarse en las tardes a estar con el chamaquerío (vaya, no es a fuerza tener hijos), ni es a fuerza quedarse a chambear hasta en la noche en la oficina. Pero la realidad es que las estructuras laborales actuales (y la realidad social de nuestro país y nuestras familias) no nos deja mucha opción para escoger: nuestras opciones están (súper) limitadas. Por esto, creo que es urgente que pensemos en si las estructuras laborales actuales son adecuadas: ¿Son las más productivas para los individuos, para el país? ¿Son las que mejor contribuyen a las futuras generaciones (o sea, es mejor poder pagar una escuela privada que estar con ellos en las tardes)? ¿Es sano para nuestras relaciones interpersonales? ¿Está bien que el trabajo sea el centro de nuestra existencia? No necesariamente.

La respuesta (parcial, porque como ya mencioné también hay muchos factores externos) está en los esquemas y las estructuras laborales. Ojo: no estoy diciendo que hay que trabajar menos, sino que hay que hacerlo de manera diferente. Necesitamos crear estructuras laborales que se formen alrededor de nuestras vidas; y no diseñar nuestras vidas alrededor de las (muy) rígidas estructuras que existen hoy en día. Si los permisos de maternidad y paternidad en México fueran menos limitantes (el permiso de maternidad en Canadá es de un año, y de paternidad de seis meses), nuestros hijos e hijas tendrían un súper comienzo: año y medio con alguien en casa. Lactancia, estimulación temprana, apego: Ö.

Luego, al año y medio que papá y mamá regresan a la oficina porque ya se les acabaron sus permisos de paternidad y maternidad, el chamaco en cuestión se puede ir a la estancia infantil o guardería medio día, y un poquito después a preescolar, y luego a primaria. Entonces viene de lo que habla Braulio: estaría increíble (INCREÍBLE) que nos turnemos un año y un año. Un año trabajo yo de medio tiempo, el año que viene tú. Siempre hay alguien en la tarde en la casa para apoyar con tareas, jugar, platicar. Otra vez: para estar. Conjunción de vida individual, familiar y laboral: Ö

Pero no estamos listos. Tristemente estamos lejos de estar listos. Primero, porque estamos muy acostumbrados a mamás que trabajen de medio tiempo, pero nada acostumbrados a papás que trabajen de medio tiempo. Papás jóvenes: ¿le entran? ¿Deberíamos considerar el medio tiempo como algo que todos podemos hacer? Yo creo que sí, pero concuerdo con Braulio: muchos no estarían dispuestos por temas de “estancamiento laboral” y también por estigmas sociales (sí, en México somos bien machistas). Lo pienso con base en mi experiencia y en la chamba de mi esposo: por el giro de su despacho (consultoría legal), JAMÁS podría pensar en algo así. Yo creo que el sistema está mal; él cree que es como es.

Y aquí es donde entra, otra vez, la flexibilidad de las estructuras actuales: ¡igual no necesitamos medios tiempos! Tal vez lo que necesitamos son horarios y esquemas menos cuadrados. Si en realidad trabajáramos las ocho horas que son un día laboral, y tuviéramos oportunidad de hacerlo (aunque sea parcialmente) desde casa, todos los que quisiéramos (¡porque se vale no querer!) podríamos conjuntar la vida familiar con la laboral y dejar de lado medio tiempos y cuestionamientos sociales. Si dejas a tus hijos en la escuela a las 7.30 y trabajas de 8.00– 2.00, podrías salirte para ir a comer con ellos, apoyar con tareas y actividades extracurriculares, jugar, cenar y luego ponerte a chambear las dos horitas que traes colgadas. Incluso, todavía te quedaría un rato para cenar tranquilo con tu pareja. Si no tienes hijos, podrías irte al cine, hacer deporte, leer, descansar.

Uff, entonces sí: ¡qué pachangón! La vida sería más bonita, el cielo más azul, el pasto más verde y todo. Nuestra vida giraría alrededor de nuestra vida, y sí, la chamba sería parte de ella, pero no el centro. Aparte de todo, creo que si todos tuviéramos vida fuera de la chamba, mejorarían muchos problemas sociales. Probablemente haríamos más ejercicio, comeríamos mejor (porque tendríamos tiempo para hacerlo), conviviríamos más tiempo con nuestros amigos y vecinos. O sea, la pasaríamos bien. Y está comprobado que todo esto influye en nuestra salud (física, emocional y mental – namás hay que voltear a ver las tasas de suicidios en países como Japón) y en la cohesión social, entre muchas otras cosas.

Regreso a mi título alterno: “la equidad laboral no es un tema de género”. No es: es un tema de estructuras limitantes y de malos hábitos laborales (de todos, aunque siempre le echemos la culpa a alguien más: “es que en gobierno trabajan hasta tardísimo, y ni modo, tengo reunión a las 8.00 pm”). O sea, estamos MAL. Sin embargo, la equidad laboral sí es un tema de, bueno, equidad: necesitamos estructuras flexibles, pero también equitativas, que no diferencien entre hombres y mujeres, ni entre personas con hijos y sin hijos (“igual él no se tiene que ir temprano, es soltero”); ni entre nadie, para acabar.

 

Nota: Hay que decir que para todo esto, es obvio que necesitamos ciertas precondiciones, como transporte público eficiente y seguro, estancias infantiles y escuelas públicas de calidad, empleos dignos, salarios competitivos. Pero bueno, es como el huevo y la gallina: por algún lugar tenemos que empezar.

PD. Tengo que decir que me encantó que Braulio – que es un cuate treintón – se sienta “moderno” por querer ser equitativo. ¡Ojalá todos quisiéramos sentirnos así de modernos!

 

* Irma Uribe Santibáñez es mamá y Coordinadora de Proyectos en Fundación IDEA