blogeditor · 27 de diciembre de 2013
Rithy Panh, en colaboración con Christophe Bataille
Editorial Anagrama
Barcelona, 2013
pp. 220
El autor es un cineasta camboyano-francés que vivió el régimen de Pol Pot de los 13 a los 17 años. Los jemeres rojos se hacen del poder el 17 de abril de 1975 y caen, derrotados por los vietnamitas y la resistencia camboyana, el 7 de enero de 1979. Cuatro años donde mueren 1’700,000 personas a consecuencia del régimen instaurado por la angkar (organización) encabezada por un grupo de intelectuales de izquierda formados en Francia dirigida Pol Pot.
En ese tiempo, dice el autor, “perdí a mi familia en pocas semanas. Mi hermano mayor que se marchó solo a pie hacia nuestra casa en Phnom Penh. Mi cuñado, médico, ejecutado en una cuneta. Mi padre que decidió no seguir alimentándose. Mi madre, que en el hospital de Mong se echó en la cama donde acababa de morir una de sus hijas. Mis sobrinas y mis sobrinos. Todos ellos barridos por la locura de los jemeres rojos. Me quedé sin familia. Me quedé sin nombre. Me quedé sin rostro. Y fue así como seguí con vida, porque me había quedado sin nada”.
[contextly_sidebar id=”2482999d298043667f5f70f2579b6b00″]Después de 30 años de esos hechos, el cineasta entrevista en la cárcel a Kaing Guek Eav, apodado Duch, que dirigió el S21, centro de tortura y eliminación del gobierno de Kampuchea Democrática. Su misión, como otras estructuras del régimen de los jemeres rojos, era el kamtech (pulverizar), no dejar rastro alguno de todos los supuestos enemigos del régimen. El autor en el texto, escrito con la ayuda del novelista francés Christophe Bataille, cuenta cómo sobrevivió en esos años al tiempo que narra las entrevistas que sostiene con Duch.
El asesino sistemático y organizado, un hombre educado, niega y minimiza los hechos. El cineasta, que vivió en carne propia la brutalidad del régimen, vuelve una y otra vez con las preguntas. En la entrevista enseña fotos, ofrece testimonios de los asesinados, pero el verdugo permanece inmutable. En su versión, en la negación total de la realidad, el nunca torturó, aunque reconoce que dirigía esa oficina de un gobierno que pertenecía a las Naciones Unidas. Un axioma de los jemeres rojos era “conservándote, no se gana nada. Eliminándote, no se pierde nada”.
La sociedad que intentan instaurar los jemeres rojos se divide entre los “hombres nuevos” (clases medias y altas) y los “hombres viejos” (campesinos y obreros). Los primeros deben ser “reeducados”, pero también morir. El régimen mata porque alguien es médico o ha sido maestro. Los “hombres viejos”, que siempre tienen la razón, también mueren en un gobierno que es incapaz de organizar la producción y establecer un orden que no sea el terror. Hoy se está con el régimen, pero mañana, por decreto, se es enemigo del mismo.
El autor narra con detalle cómo él siendo un niño pudo sobrevivir. En dos o tres ocasiones está a punto de la muerte, pero logra con ayuda solidaria superar ese momento y seguir en la lucha cotidiana por amanecer al día siguiente. En los días finales del régimen huye con su hermana hacia Tailandia donde, con otros refugiados, son rescatados por la Cruz Roja. Viaja, entonces, a Francia donde viven dos de sus hermanos que estudiaban ahí cuando los jemeres rojos se hacen del poder y ya no regresan a Camboya.
Versión original: L´elimination, Éditions Grasser & Fasquelle, París, 2011. Traducción Joan Riambau. Esta es la primera edición en español.