La elección presidencial de 2018, ¿hacia otro mal menor?

blogeditor · 24 de noviembre de 2015

La elección presidencial de 2018, ¿hacia otro mal menor?

Me imagino las elecciones presidenciales más o menos así: la candidata(o) del PRI indefendible, parte y continuación del gobierno que tenemos ahora y sin ninguna posibilidad de ruptura; a AMLO como candidato (auto)designado vía aclamación por MORENA, con el mismo discurso, propuestas y limitaciones de hace más de 10 años; PAN y PRD con roles y candidatos medios, sin ofrecer nada nuevo e intentando mantener el mayor capital político posible. Hacer predicciones electorales no sólo es poco serio y muchas veces aburrido, pero creo que el contexto latinoamericano nos dice algo que vale la pena tomar en serio para actuar a tiempo: las “democracias” de la región giran a la derecha y cada vez es más claro que las opciones políticas que quedan como alternativas son inaceptables.

Creo que México no es una democracia y es obvio que no ha sido –a diferencia de países como Bolivia, Venezuela, Argentina y Ecuador- gobernada por un proyecto de izquierda. Sin embargo creo que la radicalización de la derecha en la región es un hecho que nos alcanza y que debe pensarse de manera (al menos) regional. En esta situación hay un problema y una ventaja de México frente a Latinoamérica, relacionados ambos con la dimensión de lo social, los movimientos y la posibilidad de transformar la realidad hacia sociedades más iguales, con proyectos de emancipación reales.

[contextly_sidebar id=”IO3eMURwbuiny2907WPuQleTbftbBs3S”]El problema. El discurso “democrático” se reduce cada vez más a “las elecciones” y la clase política ha monopolizado el espacio institucional y ha cerrado la posibilidad de construir proyectos políticos alternativos (¿qué hay nuevo en los partidos políticos de ahora más allá de sus nombres y –si acaso- retóricas?), la política partidista se muestra cada vez más erosionada, mantiene procedimientos de designación autoritarios (en algunos casos ridículos “por aclamación”), es incapaz de deliberar abiertamente e incluir el desacuerdo frente a sus proyectos, está cruzada por niveles espeluznantes de corrupción (muchas veces hermanada con el narco), le importa poco la diversidad y los derechos humanos (el tema del aborto y la discriminación por motivos de identidad sexual son sólo ejemplos claros de esto) y concentran sus energías en mantener un sistema político anacrónico, podrido y elitista.

Si esto se mantiene, como día a día en México me hace pensar, llegaremos al 2018 urgidos de sacar a un partido en el poder que: se ha mostrado incapaz, partícipe en distintos niveles o cómplice de violaciones a derechos tan graves como las de Ayotzinapa, Tlatlaya o Apatzingán; decanta autoritarismo por donde se mueve y ha sido pieza clave para estar sumidos en la crisis de derechos humanos más profunda de las últimas décadas; ampara al Ejército cuando se le señala como posible partícipe en dichos crímenes, y mantiene el terror en completa impunidad. Pero la paradoja es que la opción partidista para hacerlo se ve (MORENA), al menos para mí, muy lejana a un proyecto democrático y comprometido con los derechos, siendo más bien un proyecto que se ha mostrado sordo, autoritario en sus formas, indefendible en muchos de sus integrantes y partidario de una retórica populista (a la mala) que esconde un conservadurismo preocupante. En el mejor de los casos, pues, un “mal menor” para sacar al PRI a como dé lugar.

La ventaja. La ausencia de un gobierno de izquierda contribuyó (a mi parecer) al crecimiento y surgimiento multipolar de distintos movimientos sociales a lo largo y ancho del país, robusteció a la sociedad civil organizada enfocada en la defensa y promoción de los derechos humanos y permitió que la variable de “lo social” no colapsara o se subsumiera por uno o varios partidos políticos. Del #YoSoy132 a #Ayotzinapa, contando todos los movimientos y proyectos anteriores y posteriores (Atenco, EZLN, comunidades que resisten a los megaproyectos, etc.), se muestra un abanico amplio de oposición social a la clase política, y esto es fundamental porque ésta ha probado que es incapaz de poner de lado sus intereses y los de los grupos de poder detrás de ella para poner a la igualdad y la democracia en el centro.

En los últimos años, Latinoamérica mostró que un proyecto alternativo de emancipación social era posible, y muchas victorias a favor de las libertades y de los grupos oprimidos fueron realidad, aunque hoy sea claro que su potencial transformador prácticamente se agotó y que esos proyectos se convirtieron en un oxímoron que contuvo reivindicaciones y avances sociales, así como acciones, comportamientos y estructuras autoritarias y herméticas al desacuerdo y a la disidencia. En dichos proyectos, los movimientos sociales fueron fundamentales para romper el sistema político e impulsar esos cambios, aunque al final no hayan logrado alcanzar la transformación que buscaban. A diferencia de Argentina y los otros países, donde la sociedad civil fue protagonista para luego diluirse o incorporarse a los partidos políticos, México puede ser un caso distinto (si bien no ideal), donde las posibilidades de transformación en esta arena son mayores.

La sociedad no debería conformarse con la opción política que representa al “mal menor”. Reivindicar los derechos de las minorías, exigir justicia, hacer memoria, desmantelar la corrupción, transitar a la igualdad económica y social, no pueden ser puntos grises a negociar con la opción que parece ser “menos peor” para sacar a un régimen insoportable. Un ejemplo regional es ilustrador: apenas el domingo pasado, Argentina puso fin a un proyecto que en algún momento representó esa idea de la izquierda Latinoamericana, y giró radicalmente a la derecha para elegir a Mauricio Macri como su nuevo presidente. En esta decisión, el discurso de parte importante que votó por la alternancia se amparó en la idea de cambiar el gobierno a toda costa, aunque eso significara optar por “el mal menor”.

Parece que nuestras “democracias” nos han orillado a estos dilemas y nos los han vendido como una “realidad política” con la que debemos conformarnos para volver a nuestra individualidad, después de votar y “ser mejores ciudadanos” (el cambio está en uno mismo…). Pero las cosas no son en sí mismas como están ahora, sino que simplemente están así porque así han sido construidas y sostenidas durante décadas (¿siglos?) por quienes disfrutan del status quo. Esto no es aceptable. La libertad y la igualdad no deberían negociarse ni mendigarse, deberían oponerse siempre como punta de lanza. La necesidad de un programa político producto de la organización e interacción social, exigible en todo al siguiente proyecto/alternativa de nación, es determinante. Y se nos está acabando el tiempo.

 

 @VladimirChorny1