blogeditor · 8 de enero de 2021
El miércoles el Capitolio de Estados Unidos fue asaltado por una turba enfurecida que buscaba detener la certificación de los votos del Colegio Electoral en apoyo al presidente Trump. Este acto fue la primera vez que el Capitolio estadounidense se encontró bajo ataque desde 1814 y obligó a cientos de legisladores a buscar refugio mientras los seguidores de Trump caminaban por el Congreso. La toma del Capitolio es una marca en la historia política de Estados Unidos y deja mucho que pensar sobre el estado de las instituciones, los partidos y el futuro de la democracia.
Después de esta insurrección, la tarea más importante recae en su clase política. A 12 días de que Donald Trump deje el poder, el Congreso tiene una oportunidad única para reafirmar su poder y detener al presidente. Tanto demócratas como republicanos han llamado a la remoción del Ejecutivo a través del uso de la enmienda 25 (la cual removería al presidente bajo incapacidad) y se espera que la siguiente semana la Cámara de Representantes inicie un juicio político en su contra. No obstante, el hecho de que muchos republicanos han ligado su fortuna política a la de Trump complica las maniobras y declaraciones de muchos congresistas. Hoy queda por verse si la apuesta será exitosa. Si bien las instituciones sobrevivieron a Donald Trump, sería un error asumir que la estabilidad institucional es sinónimo de un sistema político funcional. Los disturbios de ayer nos enseñaron los límites de las instituciones y demostraron que el sistema político se encuentra más débil que en el 2016 y que ambos partidos tienen una responsabilidad de reformarlo.
De la misma forma, es necesario confrontar la radicalización del Partido Republicano. Estados Unidos ya no tiene un problema de polarización, sino un problema con un partido antidemocrático. En los siguientes meses, a consecuencia de la elección de Georgia y los eventos del 6 de enero, es probable que el Partido Republicano experimente una serie de peleas internas donde se definirá el futuro del trumpismo y de su plataforma. Sin embargo, sacar a estas facciones no resolverá el problema. Como estudió el politólogo, John Sides de la Universidad de Vanderbilt, 50% de los votantes republicanos considera que “el estilo de vida estadounidense tradicional está desapareciendo tan rápido que es posible que se tenga que usar la fuerza para salvarlo”. El 41% está de acuerdo en que “llegará un momento en que los estadounidenses patriotas tendrán que tomar la ley en sus propias manos”. El hecho de que la mitad de los votantes republicanos compartan estas posiciones refleja que los sucesos de antier son la culminación de una radicalización profunda. Del mismo modo, el que más de 100 congresistas y 5 senadores mantuvieron su objeción a la elección de Biden aún después de la toma del Capitolio deja en descubierto a una clase política dispuesta a garantizar su permanencia en el poder a costa de las instituciones y el futuro democrático. El Partido Republicano debe reconocer que ha caído en una espiral antidemocrática y segregacional que debe cambiar. Continuar alimentando al electorado con teorías de la conspiración y mentiras terminará destruyendo a la democracia que hoy mantiene sus escaños.
Finalmente, nada de esto cambiará si Estados Unidos no reconoce que su democracia está en crisis. Durante décadas, la joya de la corona fue la transición pacífica del poder y ayer el partidismo logró infectar este bastión democrático. El hecho de que 70% de los republicanos considera que la elección no fue justa refleja un profundo daño a la democracia y que es momento de reconocer que las viejas formas democráticas han expirado. Las normas y tradiciones democráticas no fueron suficientes para combatir el resurgimiento de los supremacistas blancos, ni para responder a un presidente imperial. Sin embargo, no todo está perdido. Una vez que inicie la presidencia de Biden, los demócratas tendrán una oportunidad única para avanzar una profunda reforma democrática. Nancy Pelosi, líder de la Cámara de Representantes, presentará en unas semanas la iniciativa de ley HR1, que busca reformar la forma en que se determinan los distritos electorales, facilitar el acceso al voto y reestructurar el sistema de financiamiento electoral. Si bien muchos republicanos han mostrado su oposición, los demócratas deberán ser estratégicos y sumar el apoyo de republicanos moderados que se han opuesto al presidente Trump.
Los eventos de antier en el Capitolio evidenciaron la dicotomía de la democracia estadounidense entre los ideales aspiracionales del país y la realidad. Para superar esta dualidad se debe empezar reconociendo el problema y que el sistema está a tiempo de cambiar sus formas. Estados Unidos se encuentra en una encrucijada democrática, asumir que la llegada de Biden será la cura de los males del trumpismo es un error que el país no debe cometer.
* Carlos Galina (@CharlieGalina) es internacionalista por el ITAM y becario Fulbright-García Robles. Actualmente estudia la maestría en Ciencia Política en The George Washington University. Su temas de interés es la intersección de los procesos políticos estadounidenses y la relación bilateral México-Estados Unidos.