La decisión de Dolores y su embarazo adolescente

blogeditor · 2 de junio de 2017

La decisión de Dolores y su embarazo adolescente

Por: Elisa Lavore

Dolores tenía 14 años cuando llegó a la Comunidad para Mujeres. La Comunidad es el centro de detención para adolescentes mujeres en conflicto con la ley penal del Gobierno de la Ciudad de México. Una institución que depende de la Dirección General de Tratamiento para Adolescentes, y que dentro del sistema penitenciario capitalino se encarga de ejecutar las medidas en internamiento de los adolescentes que cometen algún delito. Dolores es originaria de Guerrero, pero migró a la Ciudad de México a los ocho años. Aquí se sumó a otros niños y adolescentes en situación de calle, que viven entre el metro Hidalgo y el monumento a la Revolución. Fue ahí que desarrolló el gusto por el “activo”, es decir, por inhalar solventes. También fue ahí donde se enamoró de Miguel, un hombre de más de 20 años, cuyo nombre se tatuó en el brazo y quien la acompañaba cuando la policía la detuvo. A Miguel lo mandaron al Reclusorio Norte. A ella la llevaron a la Comunidad. Al llegar, el servicio médico la atendió y determinó que estaba cerca de nueve kilos por debajo de su peso y estaba embarazada. Dolores no lo sabía. Tampoco sabía que corría el riesgo de tener VIH, pues Miguel era VIH positivo.

Entre las acciones que realiza la Comunidad, en atención a las y los jóvenes bajo su responsabilidad, está proporcionarles información sobre las alternativas disponibles en relación a un embarazo. En particular las mujeres son informadas sobre la posibilidad de continuarlo o interrumpirlo, según sea su decisión. Esta información se brinda en coordinación con el servicio médico, que está a cargo de la Secretaría de Salud de la Ciudad. No hay espacio a interpretación: la decisión sobre qué hacer con respecto al embarazo es de las adolescentes. De igual forma, se les proporciona información sobre las diferentes opciones de anticonceptivos a las que pueden acceder. Nuevamente, la elección de usarlos o no es de ellas.

Dolores eligió tener a Josafat. Más adelante se descartó el contagio de VIH, tanto para ella como para el bebé que estaba por nacer. Fue un embarazo de alto riesgo por su corta edad y por su bajo peso, pero por suerte Josafat nació sano. Entonces, Dolores decidió que le pusieran un dispositivo intrauterino. Poco a poco, Dolores recuperó su peso normal. Ella y su hijo pasaron al área de cuidados maternos dentro de la Comunidad, un espacio acondicionado para la estancia de bebés, en buena medida, gracias a los donativos del personal de la Comunidad y a sus conocidos. En este espacio permanecen las adolescentes que son madres. Sus hijos pueden vivir con ellas dentro de la Comunidad hasta los 2 años 11 meses. Después, según el caso, quedan bajo el cuidado del familiar que determine la madre o el DIF.

Con apoyo de los pedagogos de la Comunidad, que es personal contratado por el sistema penitenciario, se elabora un programa de educación temprana para beneficio de las adolescentes madres y sus hijos. Ni la Secretaría de Educación Pública ni el DIF intervienen en estas acciones. Tampoco supervisan al personal ni los espacios. En otras palabras, el sistema penitenciario se encarga plenamente del desarrollo infantil temprano de estos niños el tiempo que las madres aprenden en estas condiciones a ser madres. Dolores tuvo que empezar a aprender a ser mamá de la mano del personal de la Comunidad. No faltaron enojos por tener que cumplir con el programa, seguir yendo a la escuela, y participar en actividades culturales y de capacitación. Tampoco faltaron momentos de rechazo al bebé. Con todo, Dolores logró terminar la primaria y empezar la secundaria. Pasó de apenas verbalizar algunas palabras monosílabas a leer en público. Para entonces, ya tenía 15 años y se acercaba la fecha en que terminaría su proceso judicial. Pronto saldría de la Comunidad.

Cuando las adolescentes no tienen un familiar que vaya a recogerlas el día de su salida, quien asume su tutela es el DIF y las lleva a una casa hogar. Dado el perfil de Dolores, la preparación de su salida implicó un esfuerzo de coordinación interinstitucional excepcionalmente complicado. En primer lugar, había que buscar una casa hogar que la aceptara con su bebé. Sólo dos casas aceptaron. En segundo lugar, el acompañamiento antes y después de la salida era clave para evitar que volviera a la calle: pasó tantos años en la calle que era probable que quisiera regresar, ahora con un bebé en manos. Para ello, se estableció contacto con una asociación civil que conocía a Dolores, sus educadores de calle habían trabajado con ella en los tiempos del metro Hidalgo. La idea era que una cara conocida la acompañara antes de irse de la Comunidad y que siguiera dándole atención afuera. Esto también ayudó a bajar la ansiedad de Dolores, pues conforme se acercaba la fecha de la salida, se disparaban los miedos y preguntas sobre cómo garantizar su bienestar y el de Josafat. ¿Quién compraría los pañales? ¿Y la ropa? ¿Podría llevarse las cosas que Josafat usaba en la Comunidad? Por último, se inició un proceso con el Instituto de Capacitación para el Trabajo de la Ciudad de México (ICAT) para ayudar a Dolores a plantear un proyecto conforme a sus intereses que, mediante capacitación, pudiera convertirse en un ingreso para cubrir sus gastos y los de su hijo.

Dolores salió de la Comunidad, acompañada por su representante del DIF, el psicólogo de la asociación civil y la psicóloga del ICAT. A las 48 horas, abandonó la casa hogar. Volvió a la calle. La encontraron en el monumento a la Revolución, con Josafat, e inhalando activo con sus amigos. Se llevaron a ambos, pero los separaron. A Josafat, lo mandaron a una casa cuna, de donde probablemente pase a una casa hogar y crezca institucionalizado. El hecho no es menor. La calidad de vida de quienes crecen institucionalizados apunta a posibilidades más bajas de un desarrollo cognoscitivo y socioemocional suficientes, lo que puede traducirse en problemas de conducta, de salud física y mental. De Dolores, no supe más que la encontraron en la Agencia 59, y que al ver que la buscaban, dejó a Josafat con sus amigos para echarse a correr. Al menos decidió usar un DIU. Al menos no enfrentará la angustia de elegir tener otro bebé por unos años. En los contextos más adversos a veces pareciera que esa es la regla: si te embarazas, debes tenerlo.

Me pregunto cuál es el papel de la cultura en la decisión que tomó Dolores. ¿Cuáles habrán sido los miedos y expectativas que la llevaron a elegir ser madre en esas condiciones? Cuando me pregunto por el papel de la cultura, pienso en los códigos machistas y cristianos que siguen siendo dominantes en nuestra sociedad. Me pregunto si Dolores no quiso escapar del miedo que solemos tener las mujeres de ser estigmatizadas como putas, al buscar su anverso y “purificarse” siendo madre. Me pregunto cómo influyen las creencias y prácticas cotidianas que ponen la maternidad en el centro del proyecto de vida de una mujer. La cultura, entendida como las prácticas que aprendemos sobre qué hacer en la vida, condiciona estas decisiones. Por ello, si queremos reducir el embarazo adolescente, tenemos que repensar las políticas públicas que hoy permiten trayectorias de vida como la de Dolores. Su historia no es excepcional.

Nuestro país se encuentra ante la paradójica situación en la que la fecundidad baja, mientras el embarazo adolescente repunta, según el INEGI. Asimismo, el Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia reconoció el embarazo adolescente como uno de los factores de riesgo que disminuir para prevenir la delincuencia. Negar estos problemas no los resuelve. Creer que son temas sobre los cuales es mejor no hablar, que pueden solucionarse con acciones de información y sensibilización en vez de poner sobre la mesa los dilemas que implican, niega la posibilidad de construir las condiciones para que elegir y decidir realmente sean elegir y decidir. Por eso insisto, en la prevención del embarazo adolescente hay un reto de orden cultural que inclusive permea en el diseño de las estrategias para atender el problema. Hay un reto que estamos evadiendo y es reflexionar sobre las consecuencias de una sociedad que espera que las mujeres seamos o putas o madres. Una sociedad que nos hace creer que hay pocas opciones para elegir y que estas ya están dadas, que no tenemos mucho por construir, limitando así las trayectorias de vida posible. En estas condiciones, si el acuerdo es que la elección es de las adolescentes, ¿qué hacer para que no se reproduzcan historias como la de Dolores?

 

* Elisa Lavore fue Directora General de Tratamiento para Adolescentes en el 2016. Actualmente, es consultora para la evaluación de políticas y programas de educación, prevención de la violencia y desarrollo infantil.