Redacción Animal Político · 15 de febrero de 2025
En mis años de la inquietud universitaria, cuando leía y memorizaba desesperadamente fragmentos de Cortázar como quien piensa que las palabras pueden salvarnos de una vida precaria, un pequeño texto que refería a un gato me llenó de curiosidad por descubrir quién era el poseedor originario del nombre Teodoro W. Adorno y así fue como una casualidad literaria llegó a una lista de lecturas sugeridas de mi clase Teorías de la Democracia.
El verdadero Teodoro realizó una investigación sobre la Personalidad Autoritaria, en donde analizó cómo la relación entre el poder, los prejuicios y la sumisión genera un perfil que, al final, da pie a la creación de regímenes autoritarios. En su obra, Adorno presentó la escala F, una herramienta psicológica que medía la predisposición a adoptar actitudes autoritarias y fascistas. Pero más allá de identificar los rasgos evidentes de una ideología extrema, la escala F también desentrañaba las formas más insidiosas en las que esas tendencias emergen: no solo en los abiertamente autoritarios, sino también en aquellos que, sin reconocerse como tales, se ven arrastrados por un contexto que favorece la intolerancia.
La escala F no es simplemente una herramienta para diagnosticar; es una ventana para observar cómo las ideologías extremas no siempre llegan como una invasión externa, sino que encuentran un terreno fértil en las profundidades de la psicología humana y colectiva.
Desde el 20 de enero de 2017 el mundo ha sido testigo de cómo los elementos que Adorno describió se encarnan en las políticas de un hombre cuya personalidad autoritaria, reflejada en sus órdenes ejecutivas, persigue a la comunidad migrante. Con un solo trazo, Donald Trump desmanteló avances conquistados durante años: la criminalización de los migrantes, la retórica xenófoba, y el regreso de un nacionalismo radical que en los años del fascismo ya mostró sus terribles efectos.
Es como si la memoria histórica de la humanidad estuviera en una especie de demencia colectiva, olvidando las lecciones más dolorosas de nuestra historia: la opresión bajo el fascismo y la persecución de las minorías se repiten en nuevas narrativas que esconde la misma semilla de intolerancia.
Las políticas migratorias de Trump son la concreción de las patologías de la personalidad autoritaria que Adorno estudió. Su ataque a la dignidad humana, la persecución de las personas migrantes, la deshumanización de los “otros”, nos recuerda lo que olvidamos: que los regímenes autoritarios no necesitan de grandes movimientos de masas para surgir, solo de una sociedad que permita que estas ideas se afirmen en los márgenes del discurso público.
El regreso de estas políticas no es solo un retroceso en los derechos humanos, sino una traición a la memoria colectiva que, en lugar de aprender de los errores del pasado, parece haberlos olvidado por completo. En este escenario, el fascismo ya no llega con botas militares, sino con leyes y órdenes ejecutivas que buscan dividir, estigmatizar y, en última instancia, destruir la humanidad del “otro”.
Como nos recuerda Adorno, el fascismo no es una amenaza que solo viene del exterior; está, también, en las formas cotidianas de pensar, en los prejuicios que se refuerzan en el silencio de las voces que no se atreven a alzar la protesta. Así, mientras el mundo retrocede hacia formas de gobierno que ya pensábamos superadas, la escala F se aplica de manera explícita. La memoria histórica de la humanidad, olvidada, camina hacia el abismo.
* Giscell Gamboa Encargada de Incidencia y Vinculación en Sin Fronteras.