blogeditor · 10 de febrero de 2020
Todavía suele entenderse el derecho a la vivienda como una forma muy específica del derecho a la propiedad. La premisa sería esta: “se es titular de ese derecho en tanto se sea propietario de una casa”. Sin embargo, esta concepción –sumamente arraigada hasta hoy- lleva a consecuencias problemáticas para nuestra calidad de vida. Y creo que uno de los grandes logros de la película Parasite (2019) ha sido reflejarlos. Hago algunas breves reflexiones al respecto tras su éxito en la entrega de los Oscar. Y sí, este artículo contiene algunos spoilers.
Entre los muchos puntos de análisis que permite el filme surcoreano, las casas –y los idearios que ellas representan- ocupan un espacio fundamental en la trama. La familia Kim habita una vivienda que claramente incumple con muchos de los elementos que el derecho internacional de los derechos humanos exige para ser considerada adecuada: hacinada, pasajes estrechos al límite, con apenas resquicios para la ventilación, incómoda en su distribución hasta en el baño, entre otros. Del otro extremo de la realidad se encuentra la residencia de los Park, la cual se caracteriza por espacios y diseño amplios que permiten el libre tránsito del aire y la luz, además de un ostentoso minimalismo que resalta con sencillez el estatus que otorga la construcción.
Ninguna de las dos casas existe realmente, sino que son sets armados para la película. Pero su diseño nos transmite una realidad fácilmente asimilable. La casa de los Kim representa la prisión de la pobreza propia. La de los Park, un lujo nobiliario. En ningún momento de la película vemos puntos medios entre los dos mundos. Tal y como ocurre en la publicidad inmobiliaria, el objetivo no es alcanzar una vivienda adecuada sino la eterna e insaciable aspiración del real estate. De alguna forma, podría interpretarse que ese discurso cala incluso en los Kim, cuya obsesión pudiera no ser únicamente satisfacer las necesidades obstruidas en su precaria casa, sino alcanzar el sueño prometido: no ser habitante, sino consumidor; no tener una vivienda, sino un commodity; no tener un espacio para los proyectos de vida sino para el estatus.
El discurso mercantilista de la vivienda propone que el valor de una casa determina el de las vidas que transitan en ella –similar al efecto que el automóvil de lujo genera en el personaje de Richard Strickland (Michael Shannon) en The Shape Of Water (2017)-. Y esa valía por asociación es perseguida a cualquier precio, así se deba recurrir al engaño o generar que otras personas pierdan sus trabajos. Ni siquiera es necesario ser el habitante de la casa. Basta con poder ser un intruso secreto en ella y disfrutar de la vista ajena, aunque sea un instante.
Bajo esta lógica, la vivienda no es pensada para habitarla sino para poseer privilegios de clase. En Parasite, la casa de los Kim forma parte de un hábitat en el cual, a pesar del hacinamiento, hay un constante flujo entre el mundo interior y exterior: escuchamos los ruidos de las otras casas, sabemos de sus redes vecinales y de las otras vidas en el barrio, así no las veamos directamente. Por el contrario, la casa de los Park es un verdadero bunker, a pesar de su libertad de espacio, tiempo y luz. Nunca nos enteramos de los vecinos o de las dinámicas de aquél vecindario que pareciera estar conformado más por asfalto y muros que por personas. La casa más diáfana y ventilada resulta ser la más desconectada del mundo.
Los Park no solo se encuentran protegidos de las inclemencias del clima, sino también de la realidad social. Vemos al señor Ki-taek (Song Kang-ho), tras haber perdido su casa y pasado la noche en un gimnasio improvisado como refugio, acompañando a la señora Park (Cho Yeo-jeong) a hacer las compras para su fiesta. Ella parece no estar siquiera enterada de que su empleado, al igual que muchas otras personas, había perdido todas sus pertenencias y memorias en la tormenta que solo conoció como un arrullo del otro lado de su ventanal, mientras dormía profundamente con su esposo.
Y esto no es solo una metáfora. La vivienda como fetiche busca abstraer a su usuario del mundo exterior, prescindiendo de lo público y permitiendo la despolitización. En ciudades como las latinoamericanas, los complejos habitacionales privados buscan comercializar con realidades alternas a las imperantes: ¿para qué transformar lo existente si podemos costearnos otra realidad? A quien pudiera parecerle una exageración, le bastaría con ver la publicidad generada alrededor del mercado inmobiliario en ciudades cuya economía apuesta por el negocio de “hacer ciudad”, como es el caso de Mérida. Las zonas residenciales privadas prometen escenarios idílicos en los cuales no es necesario conocer lo que ocurre afuera de los muros, ni mucho menos en las viviendas de quienes trabajan para mantener esos sets habitables, tan bien planificados como los diseñados por Bong Joon-ho en su película.
Identificar en qué casa habitamos, en qué condiciones y en qué lugar de la ciudad, determina la realidad que nos toca vivir. Por ejemplo, de la misma forma en la que los Park ignoraban que Gook Moon-gwang (Lee Jung-eun) y Geun-sae (Park Myung-hoon) vivían en el sótano de su casa, los asentamientos populares del país son ignorados incluso en las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Hasta la fecha no sabemos cuántos existen, cuánta gente vive en ellos y en qué condiciones de vivienda. Y esto solo es posible cuando se considera que la pobreza implica una condición de no-habitar, como si se tratasen de colonias fantasmas.
Parasite puede ser interpretada como una crítica a la ideología de la vivienda de consumo, la cual ha logrado alienarnos de las necesidades del hábitat para perseguir la vivienda como símbolo de valía personal. La película permite que veamos por qué el derecho a la vivienda no suele ser un tema abordado comúnmente, incluso a pesar del boom del discurso de derechos humanos en los últimos años: no permite mucho equilibrio para discursos complacientes. Es un asunto eminentemente político. Y es por eso que resulta más cómodo convencernos de que se trata tan solo de una forma más de propiedad.