De criminales organizados y cárteles

blogeditor · 25 de julio de 2017

De criminales organizados y cárteles

La criminalidad organizada no es otra cosa que un régimen económico que la ley ha relegado a la clandestinidad. En esencia, no es distinto de cualquier mercado; obedece sus leyes y se comporta con su lógica; quizá produce efectos más visibles, pero ello solo es debido al enfrentamiento con el Estado y, como consecuencia de ello, con sus competidores. Mientras que los mercados legales subordinan al Estado, los ilegales tienen que desarrollarse por debajo de los límites que les impone la ley; por ello es que tanto la violencia como la corrupción son característicos en sus transacciones. Paradójicamente, pudiendo ser el criminal una forma, la más radical de libre mercado, el sometimiento a la ley lo distorsiona y obliga a fomentar la competencia, precisamente, en el terreno de la violencia y de la corrupción, en confrontación con el Estado. Desde esta perspectiva, habría que decir desde ya que la prohibición es variable independiente de la violencia que se produce en el ámbito de lo que denominamos criminalidad organizada.

Entre los mercados criminales y los legales la diferencia no la hace la violencia, como podría suponerse. Los mercados legales también son violentos; contribuyen de hecho a distintas formas de violencia estructural —como cuando se reproducen estereotipos que dañan la dignidad de las mujeres, cuando al diversificar la calidad de los productos discriminan entre el consumo de las clases menos favorecidas y las clases altas, o cuando a través de la especulación encarecen zonas habitacionales, inmuebles y mercancías— así como a expresiones directas de violencia física —como la que se verifica debido a los megaproyectos que desplazan y agreden poblaciones indígenas. En todo caso, lo distinto es que la violencia criminal tiene como escenario las calles, mientras que la violencia comercial legal queda oculta detrás de discursos, políticas y reformas legales.

La diferencia tampoco está en el daño que producen los productos criminalizados. El mercado de alimentos y bebidas industrializadas es, por lo menos, tan dañino para la salud como muchos de los productos que hoy están prohibidos y que englobamos en el genérico “drogas”. Lo distinto en este caso tiene que ver con quienes producen y comercializan productos que la hipocresía social censura y arroja al ámbito de lo proscrito, al tiempo que promueve, tolera y hasta alienta su consumo.

Tampoco su forma de organización es un distintivo porque, igual que el mercado legal, genera acuerdos destinados a articular la competencia para la dominación de territorios y de cadenas de distribución —o cárteles, como también se les llama—, el mercado ilegal es igualmente territorial y también busca el acuerdo con partners con los que establece mecanismos que le permiten controlar la producción y distribución de sus productos ilegales.

Por ello, igual que los mercados legales, los ilegales, por más pequeños que parezcan, están ligados a redes que alcanzan dimensiones globales. Ningún narcomenudista trabaja solo. Pertenece a una organización y probablemente la comanda. Para sí mismo o para otros, domina un territorio y unas rutas de distribución; al mismo tiempo, se relaciona con otros capi que, a su vez, comandan otras organizaciones y dominan rutas y territorios más amplios, que defienden a sangre y fuego. En otras palabras, las organizaciones de narcomenudistas también son cárteles en la medida en la que necesariamente forman parte de éstos.

En ese sentido, reconocer que hay narcomenudeo y al mismo tiempo decir que no hay cárteles en la ciudad de México es tan absurdo como decir que no hay cárteles en el país, y consecuentemente, tampoco en el mundo.

Ocultar la existencia de los problemas nunca ha sido una estrategia inteligente, y un tema como el del narcotráfico y la criminalidad organizada exigen, sin duda, mucha inteligencia. Inteligencia para darse cuenta de que la solución no está en la fuerza —sea ésta discursiva, policial o militar— sino en comprender que mientras subsista la prohibición, el mercado ilegal y el legal seguirán, como en la banda de Moebius, constituyendo uno la cara interna, indisoluble, del otro porque, en esencia, ambos representan al final, expresiones del mercado a secas.

La ceguera, y la necedad de seguir jugando a los policías y los ladrones —tanto en la federación, como en los estados y en la ciudad de México— sigue costando vidas. Y desafortunadamente los mercados ilegales ya aprendieron que los muertos encarecen el precio final de sus productos. La tragedia es que es nuestra sociedad la que está poniendo los muertos.

Habría que ver qué incentivos tiene el Estado para mantener la prohibición de estos mercados, pero eso es materia de otro análisis.

 

@LGlzPlacencia