La confusión del autócrata

blogeditor · 23 de agosto de 2021

La confusión del autócrata

La reciente polémica sobre el cese de Jorge F. Hernández como agregado cultural de la embajada de México en España, el subsecuente nombramiento de la escritora Brenda Lozano —con el inmediato rechazo de quien actúa como jefe supremo de las decisiones internas de las secretarías de Estado— y la renuncia posterior de Enrique Márquez, director de la diplomacia cultural de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), no han hecho sino evidenciar que el presidente de México confunde, como es ya habitual dadas sus limitaciones, Estado y gobierno.

Pudiera ser comprensible que la confusión de López Obrador se derive de su militancia priista, dado que el PRI expandió la idea de que ambos conceptos, Estado y gobierno, al menos en México, eran lo mismo. Es verdad que el PRI nos hizo creer que la frontera era muy delgada, al grado de que a un servidor aduanal que sella los pasaportes al llegar de un viaje en el extranjero a México, yo mismo lo confundía en mi infancia con un miembro del gobierno y no con un miembro del Estado. Algo similar debió ocurrir con la Revolución Cultural china: todos servían a los mismos intereses.

Uno de los motivos principales para que así ocurriera —generar la confusión de conceptos— era precisamente la identificación de los colores del entonces partido oficial con los símbolos de la patria, táctica de propaganda que ahora el nuevo partido oficial ha implementado en la Ciudad de México instaurando los colores de Morena en todos los logotipos y tipografías, en sustitución del verde y el gris, para dar pie a la misma confusión del presidente o al mismo objeto propagandístico: gobierno de la Ciudad de México es lo mismo que Morena —véase el nuevo Manual de Identidad Institucional 2021-2024—.

La verdad, sin embargo, es otra: un servidor público es, ante todo, un miembro del Estado, independientemente del gobierno al que pertenezca y el partido en el que milite. Ejemplos de ello no sobran, pero lo hay: Luis Téllez, secretario de Energía en la administración de Ernesto Zedillo y de Comunicaciones y Transportes en la de Felipe Calderón, o José Antonio Meade, secretario de Estado con la administración de Calderón y posteriormente con la de Enrique Peña Nieto: mismo Estado, diferente gobierno.

En el pensamiento de quien confunde ambos conceptos, por ignorancia o conveniencia, una persona al parecer progresista y con ideas liberales —de Lozano sólo conozco sus colaboraciones en El País—, que no comulga con lo que él piensa y dice y que encima defiende ideas que para él son provocadoras y promueven la insurrección, como feminismo, igualdad, pluralidad, democracia, entre otras muchas, no puede ser miembro de su gabinete. Podemos no estar de acuerdo con la idea básica, pero ejerce su total derecho a decidir quién ocupa los puestos de sus secretarías de Estado. Sin embargo, la facultad de nombrar al personal temporal destinado al servicio exterior mexicano compete exclusivamente a la SRE, un lugar del que, hasta donde sabemos, no es servidor público, todavía, el presidente.

Sin embargo, el hombre que ganó las elecciones para presidir a México durante seis años, de 2018 a 2024, pareciera que también confunde gabinete con huerto de rosales para cultivar y llenar con sus rosas los floreros de sus secretarías; ejemplos lo hay a montones, pero nada más mencionemos el huerto de Bucareli como uno de ellos.

Con el rechazo del nombramiento de Lozano en la agregaduría cultural de México en España, el encargado de la presidencia no sólo desacredita a la escritora sino a su propio secretario, Marcelo Ebrard.

López Obrador ha pedido ya que la encargada de llevar la cultura mexicana a España —y, por tanto, a Europa—, sea una indígena por el simple hecho de serlo e interpela a Lozano con una pregunta que pese a todo lo escrito líneas arriba, creo que es pertinente: si no está de acuerdo con su proyecto, incluso con el machismo del presidente, por qué acepta un encargo que requiere no sólo la aprobación del mismo, sino seguir sus lineamientos y saber germinar como rosa para hacer de la agregaduría cultural de México en España un huerto más.

Lo anterior, sin embargo, es Lozano quien lo debería responder, porque da pie a un análisis de congruencia y al mismo tiempo a un debate sobre ese esquema seductor con el que se ha querido, si no callar, sí consentir a la “intelectualidad” mexicana con puestos en el extranjero para que, más que representar a México y llevar la cultura al exterior, continúen con su obra personal pagada por el erario público y no para trabajar precisamente en lo que fueron nombrados: embajadores de todo lo que en materia de cultura de calidad e innovación se genera en el país, de norte a sur, esto es, bellas artes, artes visuales, plásticas, escénicas, musicales y literarias. Pero eso, desde luego, es harina de otro costal y debate de otro escrito.

* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Su última obra es el libro de relatos La peor parte (librosampleados, 2020).