La ciudad dormida

Jorge Hill · 4 de junio de 2016

La ciudad dormida

Hay insomnes y hay nocturnos.

Los primeros no pueden conciliar el sueño cuando lo desean, se revuelven en la cama, sospechan tanto del absoluto silencio como de los más pequeños sonidos, recuerdan los errores sobresalientes y los mínimos ya olvidados durante toda su vida en una película mental que se repite sin parar, y sin control. Los nocturnos encuentran cierta paz, concentración, creatividad y libertad en la noche. Les parece más natural que ese molesto sol en la cara y el escándalo constante, que cimbra y desequilibra todo en el interior, desde las millones de bocas, cuerpos y herramientas de una incansable y rígida máquina de producción y sueños que ha logrado domar a gran parte de la naturaleza para ajustarla a sus necesidades de 9 a 7 y convertirla en una gran ciudad dormida.

Los dos suelen buscar refugio y remedio en los tés, más tarde en el alcohol y la relajante mariguana, después se mezclan los anteriores con antidepresivos y ansiolíticos, finalmente con un botiquín que tiene para-arribas y para-abajos, para-un-lados y para-el-otros. La posibilidad de terminar la vida en una caminata espacial es alta, tratando de entender qué es arriba y qué es abajo en un lugar donde no existe arriba ni abajo. Nunca existieron, sólo son una ilusión que se desprende de la ilusión misma que es nuestra interpretación de la gravedad, de lo pegado, adjunto y próximo… de lo pequeño. Ahí lejos, en esa canica azul que se pierde en la inmensa negrura de la nada, llena de dormidos, despiertos, sentados, parados y muertos.

Adaptarse o morir, repiten algunos, forzando al darwinismo a caminar desde las vírgenes islas Galápagos hasta el Londres post-industrial a base de picotones en la espalda con la lanza de la falacia. Vemos que el zombie no-dormido, energizado en la mañana y listo para canibalizar por voluntad o porque ha sido forzado por atormentada inoculación, aprendió a usar algunas herramientas de trabajo, de guerra y de lógica fallida. Y es de los rápidos, es post-industrial, post-moderno y post-Romero.

Entre el ruido blanco que abunda en la radio y TV, nutriente diurno principal de los durmientes, aparecen llamados codificados asegurando que existen sobrevivientes, pequeños grupos de resistencia en lugares que nunca duermen. Nueva York, Tokyo, Seúl, unos pocos más. Aseguran, también, que la manera más probable para llegar a ellos es pasar primero por la máquina local de dormir. Advierten que el peligro es que tal vez nunca se pueda salir de ella, los prófugos son sólo una mínima parte y tuvieron que invertir, por lo menos, la mitad de una vida. ¿El mensaje anónimo es una trampa de la máquina misma? Nadie lo sabe con seguridad.

Adaptarse y dormir, adaptarse o dormir.

Welcome my son, welcome to the machine.
Where have you been? It’s alright we know where you’ve been.
You’ve been in the pipeline, filling in time,
provided with toys and Scouting for Boys.
You bought a guitar to punish your ma,
And you didn’t like school, and you know you’re nobody’s fool,
So welcome to the machine.
Welcome my son, welcome to the machine.
What did you dream? It’s alright we told you what to dream.
You dreamed of a big star, he played a mean guitar,
He always ate in the Steak Bar. He loved to drive in his Jaguar.
So welcome to the machine.

“Welcome To The Machine” – Pink Floyd.

 

 

@JorgeHill