blogeditor · 20 de abril de 2015
En una ciudad cosmopolita, donde millones de pies circulan de la manera más veloz y remiten a voluntades desgastadas, disconformes, bastardeadas, quebradas. Hay mínimas risas y cantos por las calles de la Ciudad de México y tan solo un tercio de energía positiva. Tal vez con este post vaya a caer en un lugar común. Tal vez el debate archiconocido acerca de los derechos y las libertades individuales, te haya saturado.
A mí también. Pero hoy me urge la pregunta:
Mi derecho a la libertad ¿termina dónde empieza el derecho del otro? ¿Cuál es el fino trazo, la delicada línea que los divide?
Es válido destacar que esta es una de las ideas propias del liberalismo como filosofía política.
Es sobre todo, la afirmación de la individualidad por encima de la solidaridad y de la acción conjunta.
[contextly_sidebar id=”DxWH5smDM3rR6OXHT8f7W93XCJBCHSs1″]Me refiero a que según esta premisa, el yo es más importante que el nosotros. Siendo más clara y dejando de lado la elegancia en la terminología, lo expondré de la siguiente manera: para que mi libertad pueda expandirse, tengo que tomar el espacio donde se manifiesta la tuya. Para que yo pueda protestar y ejercer mi derecho al reclamo, tengo que hacer desaparecer el bien común, no me interesa negociar, ni llegar a un acuerdo contigo, porque sencillamente mi derecho ahora es más importante que el tuyo. Por eso, actuaré como si viviera en una isla en la cual no convivo con nadie.
Lo dicho anteriormente fuera de contexto corre el riesgo de situarse al borde de la exageración, no así si se tiene en cuenta lo que acabo de vivir.
Escribo este post luego de pasar 4 horas tratando de llegar a un destino que se volvió inalcanzable.
Dentro de mi auto y tras horas esperando a que manifestantes decidieran abrir la vialidad en donde yo como muchos quedamos varados, tengo confundidos los tiempos del verbo estar. El aquí y ahora es un ayer sugestivo.
Me viene a la mente el cuento de Cortázar “La autopista del sur”. Aclaro que lo que sentí durante horas dentro de mi auto, se sitúa al margen del reclamo en cuestión, solo diré que el campo está pugnando por una reforma agraria desde hace mucho tiempo y ya es hora de que se den cuenta lo postergado que se encuentra el sector en la agenda política.
Pero volviendo al tema… en este caso, el fin ¿justifica los medios?
Si la respuesta a este interrogante es afirmativa, entonces deberíamos reflexionar acerca de qué tipo de sociedad queremos tener.
Es irónico que mi destino estuviera a tan solo 10 calles de donde me encontraba, el ángel dorado de Reforma en 4 horas se convirtió en un pesar.
Yo sin la posibilidad de abandonar mi auto, sin un centímetro para poder maniobrar, trato de encontrar la moraleja a mi estado anímico.
Llevo 4 horas inmersa en un bloqueo de la Ciudad de México, Yo vivo en una ciudad donde todo está a punto de explotar, pero nunca explota.
Esta ciudad es un desquicio, en cada una de sus figuraciones, en cada una de mis tribulaciones, es también y más que siempre, un espejo y una trampa.
Esta ciudad es la violencia de sus medios de transporte materializada en los gestos desgarrados de sus peatones.
Esta ciudad es no mirarse nunca a los ojos, huir hacia otros fragmentos del espacio, pero no a los ojos, no vaya a ser cosa que…
Estoy en la ciudad de las bajas pasiones.
Hasta la próxima.