La cisterna de un motel, el fondo de un país

blogeditor · 25 de abril de 2022

La cisterna de un motel, el fondo de un país

¿Podemos seguir viviendo tan tranquilos ante la crisis humanitaria de mujeres asesinadas en México? Así parece. Cuerpos y cuerpos se descubren y nada cambia.

El caso de Debanhi Escobar, la chica de dieciocho años que al salir de una fiesta en el municipio de Escobedo, en Nuevo León, la madrugada del 9 de abril, desapareció, por su repercusión mediática, por los elementos visuales (una foto antes de desaparecer tomada por un misterioso sujeto, presuntamente quien la dejó a su suerte en medio de la carretera y a quien el padre de Debanhi acusa de haber querido abusar de ella), un video donde se le ve en busca de ayuda, y su desenlace fatal y previsible (fue hallada muerta en las inmediaciones de donde desapareció, en una zona por donde pasa lo que escandalosamente se conoce con el sobrenombre de la “carretera de la muerte”, la que va de Monterrey a Laredo), obligaría a las autoridades locales y federales no solo a rendir cuentas del desastre del sistema de seguridad y de justicia en el país, sino a renunciar de forma masiva e inmediata, no sin pedir perdón por su negligencia, sea por omisión o por acción. Trece días tardaron las autoridades en encontrar los restos de Debanhi, cuyo cuerpo estaba a cincuenta metros de donde le fue tomada la última fotografía, en las instalaciones de un motel que supuestamente catearon.

Dicen que algo toca fondo cuando una crisis es alarmante. En México, según datos del propio INEGI, diariamente mueren asesinadas a manos de un hombre entre diez y once mujeres. Evidentemente, para el Estado mexicano eso no es una crisis, es la normalidad, es la cotidianidad, es parte de ser mexicano o vivir en México, es casi el folklor de nuestra patria salvaje que unos defienden con tanta vehemencia a la hora de apoyar una propuesta de ley; es parte, pues, del “arreglo” entre “dejar pasar” y “dejar hacer”. Que descubran tu cuerpo en una cisterna de cuatro metros de profundidad de un motel, a un lado de “la carretera de la muerte”, en un país donde ésta, la muerte, es nuestro retrato hablado, ya no sorprende a nadie, y desde luego, menos a las autoridades. Lo verdaderamente sorprendente hubiese sido encontrar con vida a Debanhi o a las miles y miles de mujeres que un día salen de su casa, se despiden de su madre o padre con un beso, y no vuelven a aparecer, más que al fondo de una cisterna, en el acotamiento de una carretera o enterradas, cuando acaso aparecen o alguien las encuentra.

En Francia, la desaparición de Laëtitia Perrais —también de dieciocho años— en la madrugada del 18 al 19 de enero de 2011 y posterior descubrimiento de su cuerpo desmembrado por partes y encontrado en dos lagos en la Loire Atlántica, no solo fue un escándalo nacional, sino objeto de un libro brutal y poderoso —Laëtitia o el fin de los hombres— del historiador Ivan Jablonka, quien trató de desentrañar la falta de recursos económicos y humanos del sistema judicial francés, las limitaciones sociales y económicas de ciertas regiones en aquel país europeo, la violencia de gente que en su vida solo ha conocido eso, la sed de sangre de algunos medios de comunicación y la ambición de muchos políticos, incluido la del presidente de entonces, Nicolas Sarkozy. Fue un solo caso que encontró eco aquí y allá y del que se terminó haciendo, incluso, una serie de televisión. Desgraciadamente, si en México se le dedicara un libro o un serie a un caso como el de Debanhi, se estarían escribiendo en este preciso instante diez libros diarios y ninguna plataforma sería capaz de dar abasto a las producciones anuales, que serían de alrededor de 3,650 series dedicadas a las muertes de mujeres. No habría ni guionistas ni actores suficientes para llevar a cabo tal obra, incluso si los verdaderos asesinos se presentaran como voluntarios para representarse a sí mismos.

La facilidad con la que desaparecen mujeres, jóvenes en su mayoría, y con la que éstas son asesinadas es proporcional al grado de impunidad y tolerancia frente a esas muertes y frente a sus respectivos asesinos. La cotidianidad sangrienta de México hace que una noticia, apenas se haga pública, se olvide en un efecto dominó por una nueva. ¿Quién recuerda ya a Ingrid Escamilla? La impunidad, el olvido, la apatía social, borran de tajo cualquier rastro pasado de cualquier muerte. Mañana habrá otra, cisternas sobran, moteles de mala muerte también, y hombres para los que la vida de una mujer no vale nada, de eso México está lleno.

Hace unos días el partido oficial llamó traidores a unos legisladores que se opusieron a la reforma eléctrica. Un presidente, una jefa de gobierno, diputados y miembros diversos de Morena se rasgaron las vestiduras y hablaron de traición a la patria, de esta patria sangrienta que tanto veneran, pero son incapaces de brindar la mínima seguridad a esas 3,650 mujeres que mueren anualmente en México por la violencia machista y de género. Incapaces, incluso, de llamar traidores a la patria a esos asesinos que abusan de ellas y luego las matan.

Debanhi salió una noche de su casa, un viernes, como salen miles de jóvenes de todo el mundo, a reunirse con amigos, a tomar unas copas, a pasarla bien, y hablar de su mundo. La mayoría, tras varias horas de reunión, vuelve a casa, sana y salva. En México, una mujer de dieciocho o de treinta años, o una niña de seis o de diez, cada vez que sale, a trabajar o a estar con sus amigas, jugar y divertirse, corre el riesgo de acabar en el fondo de una cisterna de motel, sin que las autoridades, después de días de investigación, sean capaces de intuir que en la “carretera de la muerte” lo más presumible de encontrar es la muerte precisamente. En el “México de la muerte” ocurre exactamente lo mismo: ésta pasa frente a nuestras narices todos los días, pero preferimos mirar a otra parte. Total, eso ocurre sólo diez, once veces al día y cisternas de motel con ese fondo no debe de haber tantas al final de cuentas.

* Juan Manuel Villalobos es periodista, escritor y editor. Su última obra es el libro de relatos La peor parte (librosampleados, 2020).