La ciencia que el planeta demanda

blogeditor · 17 de agosto de 2021

La ciencia que el planeta demanda

El último reporte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) del que todos están hablando brilla por su claridad y su mensaje brutal y contundente: la ventana de oportunidad para actuar y evitar efectos irreversibles del cambio climático global se está cerrando, el futuro es ahora. Es prácticamente un hecho que el planeta seguirá calentándose; en algún momento de las próximas dos décadas, se superará el límite de los 1.5 grados centígrados de calentamiento global. Esta cifra de 1.5 define el límite entre lo todavía manejable y lo catastrófico.

Lo que ha hecho el IPCC es insólito y es prueba del poder que puede llegar a tener la ciencia en la diplomacia mundial. Al consolidar–sobre bases científicas rigurosas– la relación causal entre las emisiones humanas y los fenómenos meteorológicos extremos, el IPCC coloca a la acción climática en el centro de la geopolítica global; demuestra finalmente que la falta de acuerdos y medidas agresivas para detener la emergencia ya no se puede justificar por una carencia de evidencia científica contundente sino por la falta de voluntad política para actuar en consecuencia.

La ciencia es clara e irrefutable: el dióxido de carbono atmosférico está en su nivel más alto de los últimos dos millones de años, la tierra tiene la más alta temperatura jamás medida de los últimos dos mil años y el nivel del mar está aumentando más rápidamente que los últimos tres mil años. Y por si todavía quedaba alguna duda, el cambio climático está afectando todos los rincones de los mares, aires y tierra del planeta; y sí, la causa es la actividad humana.

Es precisamente el lenguaje en el que está escrito el reporte, el lenguaje de la ciencia representada por los más de 14 mil estudios científicos revisados y traducido a un lenguaje digerible para el público en general y los tomadores de decisión–y en el cual participaron cientos de científicos de todo el mundo–, un lenguaje tan preciso, tan claro, tan frío y contundente, el que lo hace aún más distópico y aterrador. Los datos sustituyen cualquier juicio ético, político y moral que pueda distraer de la enorme evidencia empírica y teórica que da cuenta de la magnitud del problema. Los fenómenos climáticos extremos son–y serán– cada vez más extremos, más frecuentes, en lugares y en temporadas donde no se esperarían. Pero es desde la misma ciencia donde se abre también un horizonte de posibilidad: mantener la temperatura en el límite del 1.5ºC no es todavía imposible.

¿La solución? Una reducción inmediata, drástica y a escala planetaria de las emisiones de gases invernadero. Los distintos escenarios son devastadores y apocalípticos, más emisiones significan calores extremos, inundaciones y sequías cada vez más frecuentes. La industrialización hasta el día de hoy ya ha causado efectos irreversibles por los siguientes siglos o milenios y el aumento en los niveles del mar ya es inevitable, de entre 28 a 100 centímetros para el final del siglo 21.

Dentro de los próximos diez años, toda decisión que implique cambios en la industria de los combustibles fósiles y el sector energético en general ayudará a definir el horizonte de lo posible para el futuro de la humanidad. Es una encrucijada histórica en donde la ciencia, la tecnología y la innovación tienen el potencial de jugar un papel protagónico en estas decisiones. El mundo no necesariamente necesita más ciencia, sino una mejor ciencia capaz de brindar los conocimientos fundamentales y necesarios para articular soluciones que incrementen las posibilidades de un mejor porvenir para el planeta.

Para ello es necesario contar con una política científica al nivel de lo que está en juego: una política que entienda el cambio climático no como un fenómeno físico sino como un sistema complejo en donde los actores sociales, económicos, políticos e históricos definen la dinámica del mismo. Es decir, una política científica que coloque al conocimiento científico en la raíz de toda decisión política, económica y social del país.

La responsabilidad para los tomadores de decisión es histórica. Se necesita transitar urgentemente hacia nuevos modos de existencia sin emisiones de carbono que sacrifiquen el bien común. Para ello, tanto las ciencias sociales como las ciencias físicas y naturales pueden brindar los conocimientos necesarios para entender factores clave de la acción climática y generar:  a) nuevos modelos de transición energética más rápidos, justos y efectivos para el contexto mexicano; b) un mejor entendimiento del territorio agrícola y su ecología, y crear nuevos modelos de gestión en el uso de suelos y tierras para mejorar el secuestro de dióxido de carbono y disminuir la deforestación; c) alternativas al consumo de carne de vacuno y productos lácteos, cuyo impacto en el planeta es considerable; d) nuevos procesos de innovación que brinden soluciones tecnológicas que eliminen grandes cantidades de carbono de la atmósfera a costos razonables y, sobre todo, e) las capacidades de anticipación necesarias para enfrentar los impactos inevitables que, según el IPCC, se producirán en el país independientemente de lo que se decida hoy en día, con un enfoque hacia las poblaciones más vulnerables y desprotegidas del país.

Para poder consolidar un sistema nacional de ciencia, tecnología e innovación pertinente a la realidad nacional es fundamental, por un lado, traducir el mensaje del IPCC al lenguaje político y hacerlo de lectura obligada para todo actor que toma parte en la mesa de decisión. Es decir, para que las decisiones se tomen sobre bases científicas sólidas, se necesita revalorizar el papel de la ciencia en la sociedad, de la ciencia como una fuerza política importante, y del asesoramiento científico en toda institución de la administración pública.

Por otro lado, se necesitan recursos e incentivos de cooperación entre los sectores público y privado para formar las capacidades mínimas necesarias para estudiar al cambio climático desde una perspectiva sistémica y multidimensional, con un enfoque de derechos humanos y de justicia social. Se necesita también incentivar cadenas de innovación en soluciones tecnológicas productivas y escalables en sectores clave como el de la eficiencia energética, tecnologías limpias, transporte, minería sustentable, y la agroindustria.

Desde el sector de CTI, la solución no se reduce a un tema de más recursos para hacer más ciencia. Se necesita sustituir el analfabetismo científico por una cultura en donde las humanidades, las ciencias, la tecnología y la innovación se respiren en cada decisión de política pública. Es imperativo colocar al cambio climático y al bienestar social en el centro de la agenda de Estado para que así, las voluntades políticas no tengan ni la opción para darle la espalda a la ciencia y al planeta.

* Carlo Altamirano Allende (@carloaltamiran0) es egresado de la licenciatura y maestría en Física por la UNAM, y actualmente está terminando su doctorado en estudios sociales sobre ciencia y tecnología en Arizona State University.