Claudia Ramos · 24 de febrero de 2026
El teléfono empezó a brincar como a las 9:30 de la mañana, con la pereza de un domingo que apenas asoma. No era el timbre insistente de una llamada, sino esa vibración breve, intermitente, que anuncia que algo se está moviendo en otra parte. Cinco chats de WhatsApp —familia, colegas, amistades cercanas— prefiguraban una jornada complicada.
“¿Es cierto?”.
“Dicen que lo agarraron…”.
“Bloqueos en la carretera”.
“Guadalajara está raro, ¿Cómo está Chapala?”.
El nombre circulaba sin necesidad de escribirse completo. Bastaba el apodo.
La supuesta neutralización del líder no llegó como noticia confirmada, sino como oleada. Primero el rumor, luego los videos y fotos del incendios en avenidas conocidas, en las entradas a la ciudad. Carros quemados, los Oxxos que son parte sustantiva de nuestra economía. El domingo ya se había desacomodado.
A la hora en que esto escribo —el día después, como lo bautizó Sal Camarena— no existe aún un informe pericial oficial que confirme, con dictamen forense público y cerrado, la muerte del líder. Tampoco sabemos con certeza qué ocurrió con su equipo táctico de confianza. No hay imágenes difundidas por las fuerzas de seguridad que documenten el cerco final ni registros visuales que identifiquen de manera inequívoca a los abatidos. Lo que hemos visto son helicópteros sobrevolando la zona, columnas de humo en carreteras conocidas, bloqueos simultáneos en distintos puntos del estado y a un general secretario al borde de las lágrimas.
Tapalpa: un pueblo mágico en las montañas de Jalisco convertido, de pronto, en epicentro de una operación militar de alto impacto.
Y es que así suelen suceder los grandes operativos. La información se dosifica. El relato precede al peritaje. La versión circula antes que la prueba.
La ausencia de confirmación plena no es un detalle técnico; es una variable política y estratégica. Porque mientras el Estado afirma, las estructuras criminales evalúan. Y en ese margen —entre el anuncio y la certeza— se juegan las primeras reconfiguraciones.
Si el liderazgo realmente ha sido neutralizado, el riesgo inmediato no es el vacío absoluto, sino la disputa por llenarlo.
Primero: la fragmentación. Cuando una organización de esta magnitud pierde a su figura central, las lealtades internas se tensionan. Las células regionales prueban su autonomía. Los mandos intermedios miden fuerzas. La violencia puede volverse hacia dentro antes de proyectarse hacia fuera.
Segundo: la presión de grupos rivales. En el mundo criminal no existen territorios en pausa. Si hay percepción de debilitamiento, otros actores intentarán avanzar sobre rutas, plazas y mercados. No necesitan confirmación forense; les basta la señal de vulnerabilidad.
Y tercero —quizá el más complejo—: la dificultad de estabilizar y consolidar un nuevo liderazgo en un contexto donde las organizaciones ya no funcionan como pirámides rígidas, sino como redes con autonomía táctica y economías propias. Consolidar mando implica disciplinar, redistribuir rentas, contener ambiciones y sostener una narrativa de autoridad. Eso no ocurre por decreto.
Por eso el teléfono vibraba desde temprano. No era solo la noticia. Era la intuición de que algo se estaba moviendo bajo la superficie. Pero la fractura no ocurre solo en la estructura criminal. Ocurre también en el imaginario.
El 29 de marzo de 2025, en el Auditorio Telmex de Zapopan, la agrupación Los Alegres del Barranco interpretó el corrido El del palenque. En las pantallas del escenario apareció la imagen del líder. Miles de personas grabaron con sus teléfonos. La escena no transcurría en un escondite ni en un territorio clandestino: era un recinto formal, un concierto, luces, sonido profesional, boletos vendidos con normalidad. No fue un rumor. Fue una proyección.
La polémica posterior fue inmediata: investigación por apología del delito, cancelación de visas, disculpas públicas. Pero lo verdaderamente relevante no es la sanción, sino lo que esa escena reveló.
La figura del jefe criminal no operaba únicamente en la sierra ni en los comunicados armados. Operaba también en el escenario, en la cultura popular, en la economía del espectáculo. Su imagen había cruzado del territorio del miedo al territorio del consumo simbólico. Ese cruce importa.
Porque cuando un nombre se canta, se proyecta y se corea, deja de ser únicamente un actor delictivo para convertirse en signo. En promesa torcida de movilidad, en metáfora de ascenso rápido, en encarnación de poder en un país donde la precariedad cierra rutas y la desigualdad define horizontes.
La supuesta muerte —o la noticia de esa muerte— no solo mueve estructuras armadas. Mueve relatos. Se fractura el mito de invulnerabilidad. Se tambalea la figura casi espectral que parecía omnipresente. Se abre una enorme fisura en la narrativa del poder absoluto.
Pero esa misma figura que en un concierto se proyecta con luces y sonido tiene otra densidad en el territorio. La organización que produce corridos y símbolos también administra crueldad. En otras geografías, lejos del escenario, hay reclutamiento forzado, control de rutas, economías de extorsión. Hay desapariciones. Ahí el imaginario ya no es espectáculo; es ausencia.
Mientras en una pantalla se proyecta un rostro, en la tierra se buscan cuerpos. Mientras una multitud corea un nombre, otras voces pronuncian listas de personas que no regresaron.
La fractura del imaginario no consiste solo en que el líder pueda morir. Consiste en que el símbolo luminoso convive con una maquinaria que borra vidas sin reflectores. Y cuando ese símbolo cae —si cae— no desaparece el sistema que produjo tanto la canción como la fosa.
Pero lejos del escenario y de las pantallas, hay otra escena. La de Beatriz. La conocí con una varilla en la mano. No es metáfora. Es una varilla de construcción, doblada apenas en la punta, que ella sostiene con una mezcla de técnica aprendida y fe obstinada. Las madres buscadoras las llaman “varillas videntes”. Camina despacio sobre la tierra, deja que el metal roce el suelo, escucha. Cuando la varilla vibra, se detiene. Marca el punto.
No hay luces, no hay pantallas gigantes, no hay sonido amplificado. Solo tierra removida, silencio tenso y una pregunta que no se formula en voz alta: ¿estará aquí?
Mientras en un concierto se corea “soy el dueño del palenque”, Beatriz recorre predios abandonados buscando huesos pequeños, fragmentos, ropa deshecha. No busca símbolos. Busca restos.
La organización que en la canción enumera brazos armados y celebra lealtades, también administra desapariciones. No es una abstracción. Son cuerpos que no regresaron.
La fractura del imaginario no es solo que el líder pueda morir. Es que la épica del mando convive con la práctica sistemática de borrar personas.
La varilla de Beatriz vibra cuando la tierra guarda algo que no debería estar ahí. Y eso es lo que está en juego cuando se habla de neutralizaciones, de operativos exitosos, de reacomodos internos. No solo quién manda, sino quién aparece y quién no.
Cuando a las 11 de la mañana un amigo periodista me escribió: “Confirmado: El Mencho fue abatido en Tapalpa. Se viene la tracatera”, intenté hacer lo que hacemos quienes hemos visto repetirse la historia: imaginar, calcular, proyectar. No en horas. En días. En semanas. En años.
Pensé en lo que a este país le iba a costar remover no solo la tierra —esa que Beatriz tantea con su varilla vidente—, sino también los relatos, los mitos, las promesas torcidas.
Pensé en la violencia que suele acompañar las transiciones criminales. En la disputa por el mando. En los territorios que no admiten vacío.
Y pensé, sobre todo, en los jóvenes que aprendieron primero qué eran “las cuatro letras” antes que Ayotzinapa. Antes que una lección de historia reciente. Para muchos, el referente de poder no fue una institución. Fue un apodo. Eso también es parte del saldo.