blogeditor · 21 de enero de 2017
Por: Centro de Atención a la Violencia Doméstica (CAVIDA)
La tragedia ocurrida el miércoles en una escuela de Monterrey nos mueve a CAVIDA, equipo de terapeutas familiares que hemos atendido y estudiado sobre la violencia familiar y social durante 21 años, a una reflexión que pretende aportar al caos de opiniones que desde diferentes ámbitos se han vertido hasta el momento como explicaciones del hecho.
Apuesta a la complejidad
La dimensión de la noticia presiona a autoridades y medios de comunicación a buscar explicaciones rápidas y simples a una situación compleja. Invitamos primero, aunque sea difícil, aunque vaya contra la cultura que tiende a predominar, a tratar de entender y narrar lo sucedido como una suma de muchas variables que se conjugan de una manera particular. Ninguna variable explica por sí misma, aporta una parte y su verdadera dimensión no se sabrá hasta tener más información y distancia.
Contexto social vs responsabilidades individuales
Ninguna acción individual puede explicarse solo por el estado de salud mental de una persona. Hemos escuchado a autoridades y “especialistas” culpar y estigmatizar rápidamente a los padres o a los problemas psicológicos del agresor. A reserva de que estos se aclaren, no podemos dejar de considerar la gravedad del contexto de violencia que se vive en el país, que ha llevado a que se “normalice” en las familias, en el trabajo, las escuelas, en la calle, en los medios de comunicación, en los partidos políticos, en la sociedad en su conjunto.
El mal no es igual a enfermedad mental
Repetir que el alumno que disparó tenía “problemas psicológicos” borra una distinción ética importante sobre la maldad de un acto que incluye la determinación de aniquilar a otro. La enorme gama de diagnósticos psicológicos y psiquiátricos explican algunas condiciones, pero hay un factor de decisión que no tiene por qué explicarse siempre desde una enfermedad mental. En otras palabras, los asesinos pueden compartir rasgos de personalidad con gente que no asesina.
Y aunque hablar del mal daría para otra discusión igualmente compleja, no podemos negar que éste se manifiesta hoy dentro de un contexto de impunidad y corrupción que no solo lo normaliza sino que lo fomenta.
El lugar de la salud mental
Más que una situación individual de “problemas psicológicos”, nosotros proponemos mirar la salud mental como un conjunto muy amplio de condiciones que posibilitan cierto autocuidado y una convivencia social respetuosa del otro. Estas condiciones pasan por las familias, pero no solo en sus configuraciones particulares, sino en que cuenten con los soportes necesarios, económicos y culturales para afrontar sus necesidades. Los adolescentes requieren de acompañamiento respetuoso de sus padres, y muchas veces ellos no están en condiciones de propiciarlo, no porque sean malos padres, sino porque las condiciones laborales y económicas los estresan de una manera que les impide estar y estar bien; para que los adultos a cargo puedan estar es necesario crear condiciones que lo permitan.
Culpando a las redes sociales
Sí, un mundo de comunicaciones rápidas, inmediatas y accesibles a muchos, replica información sin criterios de calidad, veracidad o ética. Son un factor, pero se les culpa de la violencia con cierta ligereza como antes se culpó a los videojuegos, a la tele e incluso a los libros prohibidos. Muchos de los jóvenes que han cometido masacres en escuelas o lugares públicos han usado redes y videojuegos, como los han usado la mayoría de los adolescentes del mundo; no hay proporción alguna entre quienes los usan y quienes disparan a sus compañeros. Finalmente hay buenas y malas redes, como buenos y malos amigos, y mucho depende del uso que cada persona haga de ellas.
No podemos negar que ciertos grupos, que en las redes son de carácter virtual, pueden ser determinantes de alguna forma en la identidad que los jóvenes construyen de sí mismos, además de ofrecerles un sentido de pertenencia. A través de estos espacios toman valor para “mostrarse” y sentirse validados por otros. El peso del número de “likes” a una imagen, una idea o un reto, cobra dimensiones desproporcionadas que llevan a los jóvenes a armarse desde esas miradas, en ocasiones de personas a las que incluso no conocen. La violencia y discriminación que existe dentro de esos espacios, por ser clandestina y disruptiva, es algo que para muchos sale del control.
La forma en que los padres pueden prevenir y cuidar a sus hijos de esa influencia abre una discusión sobre la vigilancia y supervisión adecuadas. Es muy complicado hacerlo sin ser intrusivos o irrespetuosos de la intimidad de los hijos. Lo que sí es muy importante, y en algunos casos urgente, es que los adultos a cargo busquen formas de estar cerca de los niños y jóvenes para construir y fortalecer una sociedad atenta y contenedora. Todos los niños y adolescentes son responsabilidad de la comunidad y la sociedad. Las políticas laborales deberían fomentar esto y los adultos a cargo prepararse para que el tiempo que sea, sea de calidad.
El acceso a las armas
Si a una vulnerabilidad personal, familiar y social se agrega el acceso y la naturalización de las armas, es más fácil y posible pasar de las ideas a los actos.
¿Falta de valores?
Éste suele ser un frecuente argumento conservador, de sectores que pretenden que hay quienes tienen valores y quienes los perdieron. Podemos afirmar que todas las personas tienen valores. Los valores fundamentales, que son base de la convivencia pacífica, son los valores de la vida democrática: legalidad, respeto, diálogo, inclusión, diversidad, igualdad, tolerancia, solidaridad, derechos humanos.
La responsabilidad del Estado
El Estado es responsable de la ruptura de las condiciones de paz y de la falta de sostén integral de las familias. Por eso consideramos que se requiere de una respuesta no autoritaria, como lo suele hacer con la ampliación de medidas de vigilancia y castigo, sino generando las condiciones que posibiliten el más amplio estado de bienestar y protección a las personas, a las familias y a la sociedad en general, en estricto apego a los derechos humanos y a una cultura de paz.
* El Centro de Atención a la Violencia Doméstica (CAVIDA) del Instituto Latinoamericano de Estudios de la Familia, A. C. (ILEF) está integrado por Ignacio Maldonado, Guadalupe Arriaga, Soren García Ascot, Jazmín Lagarda, María Maldonado, Alberto Mohadeb, Edgar Núñez, Guadalupe Ordaz, Isabel Portillo, Norma Rodríguez, Olga Elena Rodríguez, Adriana Segovia, Diana Villalobos. Colegas visitantes: Victoria Mainar y Cristina Martín.