blogeditor · 13 de octubre de 2014
Llegaron a la Ciudad de México cuando recién se cumplían sesenta y cuatro meses de #ImpunidadABC, y procedieron a instalarse frente a la casa presidencial de Los Pinos. Querían que Enrique Peña Nieto cumpliera con su palabra y los escuchara en persona, tal y como prometió durante su campaña de 2012, pero pudo más la inercia institucional y el desprecio de la clase político-empresarial que hicieron posible el incendio, por esta causa. Apenas hubo oportunidad de ingresar un escrito, que deberá responder el Poder Ejecutivo ‘en veinte días hábiles’. Las familias ya están de regreso en Hermosillo. Tanto ellas como el resto de la sociedad, esperan que, aunque tarde, se imponga la Justicia.
Estos son sus nombres. Vinieron al DF para gestionar un encuentro del presidente con todas y cada una de las familias agraviadas, tal y como anticipó el mismo Peña antes de que se cumplan los primeros cien días de mi administración.
Marina Othón, mamá de Juan Carlos (fallecido) y Ana Sofía (lesionada).
Adriana Tamayo, mamá de Yoselín Valentina (fallecida).
Julia Escalante, mamá de Fátima Sofía (fallecida).
Alejandra Cázares y Abraham Angulo, padres de Axel Abraham (fallecido).
Adriana Villegas, mamá Villegas, mamá de Héctor Manuel (lesionado).
Delfina Bueras, mamá de Paulina Villaescuza (lesionada).
Les cerraron la puerta en las narices. Llegaron y tuvieron que irse tras padecer las inclemencias de la burocracia y el tiempo. Colocaron dos tiendas de campaña, y aguantaron el cordón sanitario que aplicó el Estado Mayor Presidencial y que los mantuvo aislados de la mayoría de los medios y la ciudadanía solidaria.

Pudieron colocarse a un costado de Los Pinos, porque tomaron desprevenida a la seguridad presidencial. Se estaba organizando esa misma noche una recepción oficial para los príncipes japoneses, y era imposible mantener cerrado el acceso a las camionetas de sus invitados. Pero al día siguiente, y ante la imposibilidad de usar el baño de Guardias Presidenciales, algunas mamás salieron del perímetro y se les negó el paso a su regreso.

Las madres que permanecieron en el campamento fueron aisladas durante varias horas hasta que se abrió el cerco y, a regañadientes, el resto del contingente fue invitado a ocupar de nuevo el pequeño campamento.
Dejaron entrar apenas a cuatro representantes de la sociedad civil que estuvimos con ellos desde el principio, y a nadie más. Cualquier tentativa de compartir unos minutos con ellos se realizó a las carreras, y en condiciones difíciles. La olímpica indiferencia presidencial permea en todas las instituciones -y personas- encargadas de ‘solucionar’ inconvenientes administrativos.
Los padres hermosillenses nos compartieron algunas historias que confirman las verdaderas intenciones del gobierno en sus tres niveles, tanto entonces, como ahora.
A uno de los papás cuyos hijos se encontraban durmiendo la siesta de las dos de la tarde en la Guardería ABC hace más de cinco años, el viernes cinco de junio del dos mil nueve (que no se encontraba en el campamento de Alencastre), le avisaron que, tras múltiples gestiones, llevarían a su hijo herido al hospital especializado en el tratamiento de niños con quemaduras Shriners de Sacramento, California. (Su otra hija que se encontraba en la estancia falleció, y su esposa viajaba en esos momentos con la niña para enterrarla en Sinaloa). Él acompañaría al niño quemado, porque es enfermero y había incluso participado en diversos traslados aéreos.
La aeronave despegó del aeropuerto de la capital sonorense, y unas horas después aterrizaba … pero en Guadalajara.
El director de la clínica del Seguro Social donde fueron llevados -mediante engaños similares- muchos niños con quemaduras graves (y en algunos casos, una muerte segura) se llamaba Marcelo Castillero Manzano. Hoy este doctor, epítome de la pobreza ética y la mala práctica como método, es delegado del IMSS en el estado de Jalisco desde el 14 de abril de 2014.

La señora Delfina Bueras sufrió en carne propia sus tentativas por convencerla de que a Paulina le iría mejor si se quedaba en Guadalajara. Una comisión de especialistas norteamericanos sugería ingresarla de inmediato a Cincinnati, donde se encuentra otra clínica Shriners para niños quemados -con toda seguridad- sus posibilidades de sobrevivencia se incrementarían. Ella hizo casi omiso de las objeciones planteadas por Castillero. No le hablarán en su idioma. Tendrá problemas con el pago, y será en dólares. Podrían ser deportadas. Todas falsas. Tomó la decisión adecuada, y hoy Paulina Villaescuza es una niña que recuperó la vida, gracias al valor y enjundia de su madre.
Una vez más: Marcelo Castillero Manzano es delegado del Seguro Social de Jalisco. Se le retiró provisionalmente del cargo en 2009, pero se reincorporó a la dirección de la Clínica de Occidente de Guadalajara unos meses después. Fue ratificado a pesar del cambio en la administración federal. Evidentemente, gozaba de todas las confianzas del entonces director Daniel KaramToumeh (Premio ITAM al Mérito 2011), y de José Antonio González Anaya, actual director del Seguro.


Adriana Villegas no puede olvidarlo. Cuando su hijo Héctor se debatía entre la vida y la muerte, recibió un consejo del pediatra del niño. Había que llevarlo a Sacramento a la primera oportunidad. Así decidió la familia, y preparando los trámites en el hospital de Hermosillo donde en esos momentos se encontraba, se topó con Karam. Él le preguntó si tenía todos sus papeles en regla. Adriana y su esposo dieron una respuesta afirmativa. ¿Y la visa? Se está trabajando en eso, le contestaron. Entonces no pueden irse a los Estados Unidos, señora. Lo vamos a mandar a Guadalajara. Nuestra intención es que lo rehabiliten en el Shriners, insistió Adriana. Está equivocada, Señora. O su hijo se queda en Hermosillo, o se va para la Clínica de Occidente en Guadalajara. Hágale usted como quiera. No tienen opción. Y acto seguido, salió del cuarto donde se encontraba el niño, dejando a Adriana literalmente hablando sola. Por fortuna, ella no se arredró. Pudo gestionar el viaje de su hijo, en un aparato proporcionado por la misma asociación norteamericana.
Su calvario no terminó ahí. La nave -equipada con equipo y personal calificado- que venía por su hijo no obtuvo autorización para aterrizar en el aeropuerto hermosillense, porque Felipe Calderón se encontraba en Sonora. Ya estaba en ese estado, para apuntalar la estrategia de control de daños, y para tomarse la foto con los padres. Adriana le llamó a un pariente que trabajaba en el gobierno estatal. Si no dejan salir a mi hijo hacia la clínica Shriners, advirtió, le armaría un escándalo a la administración estatal de Eduardo Bours Castelo y a la federal del presidente que diría, unas semanas después, que iría contra los responsables tope donde tope. (Exactamente lo mismo que expresó Enrique Peña Nieto a propósito del reciente secuestro masivo y desaparición de normalistas rurales en Iguala: variación del interminable tema).
Eventualmente pudo ingresarlo al hospital en Sacramento, donde los médicos dejaron que estuviera cerca de Héctor, por primera vez desde el incendio.
Ante la mala prensa que recibió Bours en México y los Estados Unidos, el gobernador priísta de Sonora que había dicho que dormía como bebito viajó de improviso a la capital del estado de California. Allá se entrevistó con el equipo encargado de los pacientes recientemente llegados de Hermosillo. Enfrentó las duras críticas de Adriana Villegas, quien también fue convocada, y le reprochó: No tiene de qué quejarse. Está usted aquí y su hijo sano, es gracias a mí.

A lo que la señora Villegas, le contestó dándole la razón a medias: Por su culpa, gobernador, se encuentra Héctor en este lugar; y muchas familias enterraron a los suyos o los atienden deficientemente en distintos hospitales.
Bours no se quedó callado, como quizá lo hubiese hecho otra persona consciente de su abrumadora pequeñez moral. Ah, qué bravas son las norteñas, le dijo a Adriana Villegas mientras le daba palmaditas en el hombro.
Unas semanas después, en vísperas de la entrega del poder al panista Guillermo Padrés (otro embustero y cobarde, que se ha negado a buscar la Justicia que prometió durante su campaña, como Enrique Peña Nieto), Bours acusaría al padre de un niño fallecido en el incendio de formar parte de ese grupo de inmorales (sic).

Me consta a mí, y a varios ciudadanos que por esas fechas acompañábamos a familiares de los niños, y atestiguamos el altercado verbal.
Las seis mamás y el papá de la Guardería ABC levantaron las tiendas de campaña y la mesa y los víveres que ciudadanos solidarios del DF les proporcionaron durante su estadía. Varios medios se ocuparon de su caso, y se les agradece cumplidamente. Ya están de regreso en Hermosillo; esperan que el gobierno federal conteste su solicitud formal que llevaron a la Oficialía de Partes de Los Pinos, y que debe ser respondida en veinte días hábiles.
Sí sostuvieron una apresurada reunión con el director del Seguro Social; él sólo se limitó a ofrecer una mesa de trabajo (inviable, para los padres), y cantiflescas generalidades.

¿Cómo se verán los asuntos apremiantes como #GuarderíaABC, desde la aséptica e insolvente burbuja del poder público y privado, en un país que se desmorona y cuya clase gobernante premia activamente la corrupción e impunidad? ¿Tendrán remedio Enrique Peña Nieto y los demás personajes vinculados, de múltiples formas, a este crimen sin castigo?
Por lo pronto los padres que ocuparon (unos días con sus noches) los linderos de Los Pinos, mostraron una nueva lección ciudadana de esperanza y dignidad.