blogeditor · 7 de junio de 2014
Por: Roberto Rueda Monreal
La mecánica prehispánica
Una de las cosas que más sorprendieron a muchos cronistas españoles fue la gran organización que tenía México-Tenochtitlan como esa entidad que europeamente ellos llamaban “ciudad”. Más allá de lo sorprendentemente futurista del lago y sus calzadas, también quedaron impactados con el funcionamiento de los tianguis, mercados y edificios, pues todos, en medio de aquellas apabullantes multitudes de gente en un espacio tan reducido, tenían un lugar bien ubicado y una razón de ser. Cumplían, pues, una función específica casi perfecta.
Ese entramado, tan plasmado de aparente caos, tenía un sistema de justicia peculiar. En la Plaza Mayor, que se parecía a una alhóndiga, se sentaban doce jueces para resolver dudas sobre contratos, vida cotidiana y observación de las normas, y para castigar, de manera muy efectiva, a quien alterara, en cualquier mínimo sentido, ese orden, esa lógica, como aquella de mantener alejado el comercio de las sedes ceremoniales y lugares clave del reino. Echaban mano de los topillis (especie de esbirros) para mantener la exactitud y la fidelidad de las leyes. No dudaban ni un ápice en dar lecciones ejemplares cuando la criminalidad afloraba.
La sede de la justicia
En la actualidad, sería ingenuo pensar que todos los casos relacionados con la justicia del país tengan que ser discutidos por los contemporáneos jueces de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), pues para eso, en principio, tenemos todo un sistema nacional que, en principio también, se encarga de “bien” administrar ese complejo asunto, esa compleja realidad. Sin embargo, si nos atenemos al dicho popular aquel de que “el buen juez por su casa empieza”, la fotografía que obtendremos es muy reveladora. Y cuando hablo de foto me refiero a una real, ya sea física o electrónica.
Existe una preocupante peculiaridad en la sede, la casa, de justicia del país. Ubicado en José María Pino Suárez N° 2, pegado al Zócalo de la ciudad de México, el edificio de la SCJN tiene una puerta, del lado opuesto a Palacio Nacional, por donde salen y entran todos los ministros de la Corte, además de cierto personal de confianza, en sus lujosos autos. Dicha puerta da exactamente de frente, una vez zanjada la calle Venustiano Carranza, a un callejón llamado Tabaqueros.

El Callejón
Tabaqueros solía ser, hace poco más de veinte años, un lugar para la venta establecida de jarciería en los locales del callejón, sobresaliendo las canastas de ramas y utensilios artesanales que ofrecían indígenas. Políticamente curioso, en épocas priístas, cuando cerraban el Centro Histórico a la circulación vehicular, el lugar permanecía limpio, la gente podía caminar y comprar de manera tranquila. Pero en los últimos catorce años, Tabaqueros ha sufrido una transformación im-pre-sio-nan-te.
Con el grosero, vil, descontrolado y grotesco crecimiento del ambulantaje en tiempos de Andrés Manuel López Obrador, los pequeños comerciantes del lugar, obvio, quebraron. Evidentemente, al no poder rentar sus locales, los tuvieron que vender o traspasar a otros dueños, los mismos que, ahora, tienen que lidiar peligrosamente con rijosos comerciantes ambulantes, provenientes de filas ya corporativizadas, ligadas al PRD de la capital.
A partir de la oleada callejera comercial descontrolada en tiempos de López Obrador, la privatización de las calles, en general, y del callejón de Tabaqueros, en particular, se hizo realidad la dictadura ambulante del espacio público del Centro Histórico de la ciudad de México.
La invasión fue lenta pero segura, realizándose a golpe de extorsión, miedo e intimidación. Así las cosas, y avalados por la marabunta impune que invadió las calles y por su contubernio con autoridades, los ambulantes de Tabaqueros se fueron cocinando aparte. Ya se lo decía, querido lector, es un callejón, una callecita pequeña y estrecha que, aparentemente, ninguna autoridad logra ver, ubicar, a pesar de su vecindad muégano con la SCJN.
Los ilegales, sin contar con los negocios establecidos, ahora son “dueños” de todo el sitio: parte de los locales, las banquetas y la calle. Lograron evadir el supuesto rescate del Centro Histórico, pues una vez terminados aquellos “trabajos” hasta lograron mantener un microbús estacionado ilegalmente ¡por dos años! sin ningún problema, justo al lado de la SCJN, para llevar más gente a una plaza cercana (a donde, se supone, los reubicarían a todos). De hecho, fue así como miles de ambulantes obtuvieron plazas comerciales por adjudicación directa para vender, en varios puntos de la ciudad, pero, sobre todo, en el llamado primer cuadro.
Gritos cual tianguis sin parar durante el día, música, mugre, meados, caca, ratas, perros, atascadero de gente, ambulantes, mercancías varias, carteristas, niños o muchachos haciendo de vigías para avisar que metan los puestos (porque viene el “operativo”), talleres improvisados para cortar madera o hacer bolsas (en las partes altas de los edificios de la misma calle) y mucha basura al terminar la jornada son el pan nuestro de cada día en un callejón que, en principio, era de todos, pero que ya no lo es.
Es tal la privatización callejera que uno dudaría que el jefe de gobierno del D.F, Miguel Ángel Mancera, no esté enterado de lo que sucede. Es prácticamente imposible. Pero de serlo, esta omisión es terrible y funesta, pues no tenemos que esperar a que algo trágico suceda para evitar el triste deterioro de antes majestuosos y respetados sitios de la antigua Ciudad de los Palacios. ¿El comercio que paga impuestos, los vecinos que también pagan, los edificios con valor histórico que buena renta generan y la historia misma del lugar no importan nada? ¿No significan absolutamente nada para el GDF?
Todos los días, el muladar de Tabaqueros es lo que ven los ministros al salir de la SCJN, aunque se den la vuelta en sus lujosos autos en sentido contrario, de manera ilegal, para llegar a Pino Suárez. No es posible que no lo vean todos los días, pues está ahí, justo en sus narices, ¡todos los días! Es decir, todos los días pueden constatar la ilegalidad desarrollándose plena y alegremente en su jardín, en su patio trasero… en su patio de a lado, pues. ¿No le han avisado de esta situación al GDF? ¿Ellos tampoco se sienten o se dan por aludidos?
La calle es de…
Sé de buena fuente que las autoridades de la Delegación Cuauhtémoc reciben quejas sobre el ambulantaje todo el tiempo… y nunca, nunca, ocurre nada. Sus “operativos” no son sino paseos policiales en donde levantan uno que otro anafre y chucherías de los llamados vendedores toreros, y nada más.
Así las cosas, entre la Delegación Cuauhtémoc, el GDF y la SCJN, los vecinos del lugar ya no supieron a quién acudir para evitar que el muladar se instaurara, de una vez y para siempre, por completo.
En abril de este año, Tabaqueros amaneció con estructuras tubulares clavadas en las banquetas. ¡Sí, señor! Quieren poner techo, sea de lámina o sea de lona, para proteger de la lluvia y el sol la ilegalidad. Sólo falta que pongan portones o plumas, y listo, porque las cadenas, ésas… ésas ya están en ambas entradas, en Venustiano Carranza y República de Uruguay, puestas por los ambulantes, aunque los vecinos y los comerciantes establecidos hayan puesto el grito en el cielo.
Los ambulantes están protegidos, pues pagan su moche desde hace tiempo. ¿Alguien sabe de qué privilegios goza Malena Acuña, la líder de estos ambulantes que han inundado el antes históricamente valioso callejón? ¿Por qué las autoridades no han hecho nada al respecto? ¿Qué está pasando con el GDF que no trata de evitar el deterioro de estos espacios bien escondidos que a los medios poco interesan? ¿Será por eso? ¿Porque aún no hay enfrentamientos en masa como en Ameyalco? ¿Tiene que suceder una tragedia para que el GDF voltee y atienda esta privatización violenta y forzada? ¿La protección del espacio histórico llamado Tabaqueros tiene que pasar por el escándalo mediático para ser una realidad? ¿Somos los ciudadanos los que gansterilmente tenemos que enfrentarnos y convivir así todos los días? ¿Aquí también tenemos que pensar en Mancera no como un gobernante sino como una esfera (Villoro dixit) y nada más?
¿Se perderá para siempre este lugar histórico en donde vivió el ilustre ministro Silvestre Moreno Cora en 1841, quien fue presidente justamente de la SCJN, redactor del Código Civil y el Código Penal de Veracruz, amante de la literatura de su Estado, miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y de la Academia Mexicana de la Lengua, y quien eligió vivir ahí, precisamente, por pura efusión, para no estar lejos de su lugar de trabajo, de su vida, de su pasión forjadora de nación?
Señor Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, ¡se necesita con urgencia su atención!
* Roberto Rueda Monreal es politólogo, traductor literario, articulista y escritor.