blogeditor · 27 de enero de 2014
Estaba sentada en la primera fila del autobús, pensando en lo que iba suceder con Juancho. Abrazaba la mochila fuertemente con una sensación de asco, no podía olvidar aquellas palabras: “estás pendeja”. No era la primera vez que me las decían, no sabía si empezar a tomarlas en serio.
“Debí de traer los audífonos que me regalo la chata” –pensé-; el autobús se detuvo en una esquina desde donde se podía ver el mercado sobre ruedas de los lunes; mañana es 31 y todo mundo anda loco comprando, como si de verdad hubiera para comprar. Un tipo con una bolsa llena de mandarinas abordó, no le presté mayor atención pero pidió sentarse a mi lado.
Delante de mí, una señora se pasaba una y otra vez un lápiz labial color rosado sobre sus descomunales y rechonchos labios, mientras se miraba vanidosamente en un pequeño espejito redondo.
Dos filas atrás un padre con su hijo iban discutiendo, no pude evitar voltear cuando el padre le dijo: “Chamaco pendejo, ¿y ahora qué le vamos a decir a tu mamá? ¡Que perdiste el dinero y no nos alcanzó para los romeros! Vas a ver qué chinga nos pone a los dos”. Casi me dio risa, yo no podría ni decir la segunda palabra antes que el Juacho me pusiera una madriza.
A[contextly_sidebar id=”80de401de2ba91d7e4b4753b349723e0″] mi lado venía una joven pareja que venía beso y beso, no sé que tanto le decía él a ella, pero podía darme cuenta que no llevaban mucho tiempo juntos pues se veían muy enamorados. La siguiente parada se despidieron y él bajo del autobús lanzándole una última mirada con picardía, en un momento crucé la mirada con la joven y sonreí, ella solo hizo una extraña mueca con la boca y volvió a mirar por la ventana, pero ahora con una expresión de cansancio, tal vez no estaba tan enamorada.
Miré yo por la ventana a un señor que iba en bicicleta a la misma velocidad que el autobús, entonces comencé a sentirme adormilada, mis ojos se cerraban y todo se veía borroso. Desperté cuando el sujeto de las mandarinas comenzó a rascarse la pierna y movía los asientos, me recorrí lo más que pude para que notara mi incomodidad y entonces dejó de hacerlo.
En este punto mi narración flaquea y tengo que valerme de otros métodos expresivos porque la historia se complica.
Resulta que Juancho mi marido acostumbra cada fin de año ponerse a tomar casi una semana antes, disque para que el fin de año no lo agarré triste y melancólico. Es una costumbre de la cual ya llevo más de 10 años aguantando, piche Juancho, bien me lo decía mi madre, que no me casará con ese inútil borracho, que iba a acabar manteniéndolo, pero ahí voy.
El Juancho no sabe amar y esa es la conclusión a la que siempre llegó después de discutir. Qué bueno que no tenemos hijos, nunca nos hemos ido a revisar porque Juancho siempre me dice que él es muy hombre y que la que no sirve soy yo, y que por algo pasan las cosas.
Existe gente que proviene de familias llenas de afecto verdadero y otras que no.
Quienes no, muchas veces terminan por convertirse en gente mala o peligrosa para aquellos quienes sí.
Quienes no, tratan de llenar sus vacíos, usualmente no con los demás, sino a costa de los demás.
Pienso todo esto mientras saco mi torta de tamal de mole -aquí en mi bolsa cabe mi torta junto a mi monedero lleno de fotos de mi familia, no llevaré mucho dinero pero la foto de mi familia sí. No sé cuando dejé que Juacho decidiera si podía ver a mis padres y hermanos y cuando no.
El mal entre los malos no es nada, es como un juego de batallas con espadas de plástico, de esas que venden en el tianguis, a veces uno se come una torta de tamal con una mano mientras pelea con la otra -y mientras se me escurre el mole, me río yo sola-.
A nosotros esa gente (frágil) nos da miedo; es como si abriendo la boca se pudiera deshojar un árbol entero. Cómo me gustaría un día soltarle un par de chingadazos al Juancho, ponerme al tú por tú.
Cuando estaba a unas cuadras por llegar a la casa, el autobús hizo parada. Un hombre de chamarra y gorra subió y justo después de él dos hombres con sudadera. Al subir el segundo vi el rostro del sujeto que me miraba de una forma extraña; movió los labios y de repente sentí el jalón de mi bolsa con fuerza. Me alarmé; en ese instante recordé que la última vez que me asaltaron juré que al menos iba a intentar defenderme si sucedía otra vez, ya que me había sucedido unas cuatro veces por lo menos. No sabría decir cómo de repente sentí un golpe en la cara y me quedé viendo sus asquerosos ojos, me grito algo como que lo dejara de ver junto con un montón de groserías y luego me dijo que soltara mi bolsa porque “me cargaría la chingada”. Al ver su asquerosa mirada sentí de nuevo un golpe, ahora con más fuerza.
No sé realmente si fue el recuerdo del Juancho insultándome y las ganas que me dieron de enfrentarme con él o acordarme de las fotos de mi familia en mi monedero y que no tenía una sola copia de ellas. Quizás fue que no tenía nada que perder, no tenía ningún hijo que me extrañara en caso de morir, no tenía un esposo que me hiciera el amor al llegar a mi casa. Pero no solté mi bolsa, No la solté, a pesar de los golpes que aquél tipo me propinó. Lo demás fue demasiado rápido.
Si yo les digo: hace rato me han asaltaron, todos me preguntarían: ¿quién? Estoy segura que la única pregunta que no se les ocurriría sería: ¿qué cosa?
No se llevaron mi bolsa y si alguien me viera hoy se preguntaría quién soy ahora. Ya que el asalto me despojó del frío, el sol invadió de calor mi corazón, mis lágrimas ya no duelen más al recorrer mi rostro a pesar de estar inflamado por los golpes.
Mi corazón late muy fuerte desde entonces, tanto que su sonido logra entrar a mis oídos para recordarme que estoy viva.
Si alguien me viera hoy… se preguntaría qué es lo que hago ahora y respondería…
Ya no existo, sino vivo,
Ya no sonrío, sino río,
Ya no observo, sino miro. Fin.
Pues Juancho no existe y la historia es pura ficción, y es parte de un cuento que me inventé al ver el video en donde una señora es asaltada en el municipio de Zapopan, Jalisco, a finales del año pasado. Un pequeño homenaje a su valentía y coraje y sobre todo a la suerte que corrió, pues uno de los asaltantes llevaba un arma. Quedé impactada y debo de reconocer que yo al primer jalón, además de soltar la bolsa me hubiera petrificado. No sé que llevó a la señora a no soltar su bolsa y a resistir tanto golpe, quizá algo que tiene que ver con mi historia.
Nota de cierre: Vivir con miedo es agotar el bien y el mal dentro de uno mismo, dejarse, permitir, ser devorado por las fuerzas de la vida. Pero con la violencia que es el pan de cada día en nuestro país, simplemente queda pensar si dar la bolsa o la vida.
Aquí el video en el cual base mi cuento. Que tengan una buena semana.