La belleza de la guerra

blogeditor · 20 de septiembre de 2013

La belleza de la guerra

Homero, IlíadaHomero, Ilíada

Alessandro Baricco

Editorial Anagrama

México, 2012

pp. 187

 

El autor reescribe la Ilíada, para ser leída en público de manera ininterrumpida. Para hacer más compacta la obra de Homero siguió cuatro reglas: a) No cortó escenas, pero sí las redujo y quitó todo tipo de repeticiones. A lo anterior hizo una excepción y sí cortó  las apariciones de los dioses porque “son la parte más ajena a la sensibilidad moderna y a menudo rompen la narración”. Asume que suprimir estas escenas “no es un buen sistema para comprender la civilización homérica, pero un sistema óptimo para recuperar esa historia” trayéndola a una narrativa contemporánea; b) Sí intervino en el estilo, para eliminar cualquier cosa que alejara al lector “del corazón de las cosas” y también buscó un ritmo que permitiera contar la historia “con la música que es nuestra”; c) Pasó toda la narración a primera persona y así substituyó al homérico narrador externo, y d) Hizo algunas, pocas, adiciones al texto original, que están en cursivas. Este texto se leyó en público en el otoño de 2004 en Roma y Turín. En cada una de las lecturas asistieron, pagando, más de 10 mil personas y la radio italiana transmitió en directo la lectura hecha en Roma.

En la parte final del texto, que el autor titula Otra belleza, apostilla sobre la guerra, hace una reflexión sobre el significado de la Ilíada que “es una historia de guerra, lo es sin prudencia ni medias tintas” y más adelante asegura que la esencia de la Ilíada “es un monumento a la guerra”. Al autor sorprende el papel que la Ilíada, escrita por los vencedores, da a los vencidos. La obra tiene la capacidad de “ser voz de la humanidad entera y no sólo de sí mismos”. Le llama la atención también el papel que en la obra tienen las mujeres. Son ellas “las que proclaman, sin mediaciones, el deseo de la paz”.

[contextly_sidebar id=”751658c57b417e3b59d967a0ea752102″]Las asambleas de los guerreros, de uno y otro bando, de las que da cuenta la Ilíada son, en versión del autor “su manera de posponer lo más posible la batalla” y añade que “la palabra es el arma con que congelan la guerra”. Ellos se saben condenados a muerte y están haciendo, con su discusión, “que su último cigarrillo dure una eternidad”. La Ilíada “canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables”. El autor sostiene que durante milenios la belleza de la guerra hizo “frente a las anémicas emociones de la vida y a la mediocre estatura moral de la cotidianidad”, la guerra ponía en marcha el mundo y empujaba a los individuos más allá de los límites acostumbrados, hasta un lugar del alma que debía de parecerles a ellos, por fin, el punto de llegada de toda búsqueda y todo deseo”.

De acuerdo al autor lo que sugiere la Ilíada es “que ningún pacifismo, hoy en día, debe olvidar o negar esa belleza. Como si nunca hubiera existido. Decir y enseñar que la guerra es un infierno y nada más es una mentira nociva. Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello”. Por eso mismo “la tarea de un pacifismo verdadero tendría que ser hoy no tanto demonizar hasta el exceso la guerra, sino comprender que sólo cuando seamos capaces de otra belleza podremos prescindir de la que la guerra, desde siempre, nos ofrece”.

Y el autor finaliza su reflexión, motivado por su trabajo de reescritura de la Ilíada, que “construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra. Dar un sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas a la luz, cegadora, de la muerte”. Hoy la paz no es un sistema de pensamiento y una manera de sentir social que estén ampliamente difundidos y “una real, profética y valiente ambición de paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan por suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan”.

El autor imprime a la Ilíada con su intervención un ritmo y una fuerza vertiginosa a lo largo de todas las páginas. Ahí están los dos bandos uno, el de los aqueos, a la cabeza de Agamenón, el rey de reyes, y el otro, el de los troyanos, del rey Príamo. El relato describe la lucha despiadada, feroz, cuerpo a cuerpo, entre los “bellos” héroes de uno y otro lado. Son diez años de guerra y nadie puede cantar victoria. Las murallas de Troya resisten y las naves de los aqueos permanecen ancladas en el puerto. Es en ese espacio, entre la muralla y las naves, donde se enfrentan quienes defienden la ciudad  capitaneados por Héctor, Paris, Andrómaca, Pándaro y Sarpedón, y los que la atacan encabezados por Aquiles, Ulises, Diomedes, Ayante y Patroclo.

 

Versión original: Omero, Iliade, Giangiacomo Feltrinelli Editore, 2004. En italiano. La  traducción al español es de Xavier González Rovira. La primera edición en español es de Editorial Anagrama, Barcelona, 2005.