blogeditor · 20 de noviembre de 2019
Desde que llegó a la presidencia de Brasil, Jair Bolsonaro ha dirigido ataques virulentos hacia tres objetivos claramente identificados: el medio ambiente, los pueblos indígenas de la Amazonia y los movimientos políticos progresistas. Con gran preocupación, activistas defensores del medio ambiente y de los derechos humanos han visto cómo el gobierno de uno de los países más biodiversos del mundo les declaraba la guerra y demostraba que una mentalidad predatoria en términos políticos y sociales resulta, al mismo tiempo, desastrosa en términos ecológicos y ambientales. Para llevar a cabo su agenda ultraconservadora, Bolsonaro tiene, en el Congreso Nacional de Brasil, el apoyo de la llamada Bancada de la triple “B” (biblia, buey, bala), un brazo político de la extrema derecha que incluye ambiciosos telepredicadores, poderosos empresarios de la industria cárnica y grupos militares, actuando en conjunto para combatir un frente político concreto, basándose en los tres principios que su nombre indica:
Bancada de la biblia. Fue de gran apoyo para Bolsonaro durante la campaña presidencial, dando un apoyo incondicional a sus propuestas más conservadoras. Con el nombramiento de la pastora evangélica Damares Alves como nueva ministra de la Mujer, los Derechos Humanos y los Pueblos Indígenas, la bancada entró directamente al gobierno. Alves es un personaje ominoso: desde el inicio confesó ser una ministra ‘terriblemente cristiana’ que militaba en contra de la interrupción legal del embarazo y a favor de endurecer las penas contra las mujeres que abortan “sin tomar en cuenta ningún atenuante”. En un país en el que, de acuerdo con el Fórum Brasileiro de Segurança Publica, “cada 11 minutos una mujer es estuprada”, Damares Alves afirmó que las niñas pobres son violadas “porque no usan calzones”. En un delirio colectivo de dimensiones dantescas, el ministerio que dirige organizó un evento –en el marco del mes de la mujer– para desenmascarar lo que considera “las trampas del feminismo”, cuestionando las conquistas históricas de las mujeres en busca de un trato igualitario. Lo irónico es que ese mismo Ministerio no existiría sin las luchas que los diferentes feminismos han llevado a cabo para reivindicar los derechos de las mujeres. En un breve periodo de tiempo, Alves ha dado la espalda a los grupos que supuestamente debería defender.
Bancada del buey. Una de las mayores aberraciones de Bolsonaro durante la campaña fue proponer la unión de los ministerios de Agricultura y Medio Ambiente, cuyo director –en palabras suyas– sería definido “por el sector productivo”. Esto significaba básicamente que la industria cárnica y agrotóxica del país decidiría los mecanismos para la protección y cuidado del medio ambiente partiendo de criterios estrictamente económicos. Aunque Bolsonaro reculó y nombró a Ricardo Salles ministro de Medio Ambiente y a Tereza Cristina Corrêa ministra de Agricultura, el plan de fondo siguió adelante. Cabe señalar que Salles, por ejemplo, ya antes fue condenado por adulterar un mapa ambiental para beneficiar a empresas mineras cuando fungía como Secretario de Medio Ambiente en São Paulo entre 2016 y 2017.
Por su parte, Tereza Cristina, la llamada “musa del veneno”, es una ferviente defensora de la industria agrotóxica, y el ministerio que dirige –junto con el de Medio ambiente y la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa)– ha legalizado en los últimos meses el uso de más de 265 plaguicidas dentro de Brasil, a pesar de que muchos de ellos están determinantemente prohibidos en la Unión Europea. Aunque la ministra ha afirmado que la liberación de nuevos plaguicidas no perjudica la salud del consumidor, en un hecho cargado de significado la Anvisa aprobó un nuevo marco regulatorio el día 13 de junio, en donde “adopta el riesgo de muerte como único criterio para clasificar los agrotóxicos”. La pesadilla ambiental que han desatado la ampliación del número de agrotóxicos en el país y el cambio de estatuto en zonas naturales protegidas busca satisfacer la ambición de la industria cárnica a costa de depredar la Amazonia. La ganadería es la actividad que más contribuye a la destrucción de la selva, ocupando el 65% del área deforestada.
Pero hay otro dato importante: como nos recuerda la periodista Eliane Brum “los pueblos nativos manejan el 95% de los recursos genéticos del mundo”: los grupos indígenas, que han conseguido vivir a lo largo de generaciones en la selva sin destruirla, son la mayor barrera de protección contra la deforestación de la Amazonia y la conversión de las áreas naturales en pasto para ganado, por lo que el inmenso costo ambiental de depredar la Amazonia incluye también un elevado costo humano. Según el informe de la Global Witness, 2017 fue el año con el mayor número de muertes de defensores de la tierra y Brasil es el lugar con más asesinados, el 80% defendiendo la Amazonia. Además, los ambientes rurales de Brasil están plagados de personajes y prácticas con viejos resabios coloniales: hacendados, ganaderos, y latifundistas actúan como mandamases, hostigando con frecuencia a las comunidades indígenas que luchan desesperadamente por preservar la selva. El gobierno de Bolsonaro, por su parte, ya ha insinuado que los indígenas estorban en el desarrollo del Amazonas.
En estas circunstancias, no sorprende que Bolsonaro, al hacer referencia a la Amazonia, declare que “Brasil es una virgen que todo tarado extranjero quiere”, terrible metáfora machista que convierte a la tierra en una mujer a la que cualquier hombre puede poseer, abusar y someter. Sus palabras iban dirigidas a los países que en los últimos meses han cuestionado duramente la acelerada depredación de la selva amazónica –Alemania y Noruega en concreto–, a los que días después les espetó: “Brasil es nuestro, la Amazonia es nuestra”.
Bancada de la bala. El gesto manual que popularizó Bolsonaro durante su campaña fue simular que disparaba un arma. Es evidente que, para un hombre que afirmó que el mayor error de la dictadura militar que gobernó Brasil de 1964 a 1985 fue torturar y no matar, las armas juegan un papel fundamental en su concepción del poder político. La bancada de la bala, que promueve el armamento civil y la flexibilización de las leyes para uso y porte de armas, incluye a dos de los hijos del presidente y a algunos miembros del ala más dura del ejército. Siguiendo el penoso ejemplo de Estados Unidos, Brasil pretende atajar sus problemas de seguridad dando a cada ciudadano un arma para defenderse. En un país con elevados índices de asesinatos y una inseguridad preocupante, la bancada de la bala —emulando al poder hobessiano— explota el miedo como su mayor capital político. Jamás se analiza el hecho de que la mayoría de los asesinados sean pobres y de raza negra; tampoco se cuestionan las causas estructurales de la miseria y el abandono que han desatado la violencia. Con un pragmatismo que roza en el cinismo, para esta ala del gobierno las razones más poderosas son las que proveen las armas, no los argumentos.
La bancada de la triple “B” en Brasil es un triste ejemplo de cómo el conservadurismo de extrema derecha, que se va extendiendo también por otras partes del mundo, no busca conservar valores tradicionales y formas de vida: es una amenaza para la convivencia pacífica y la vida natural en la tierra. Este conservadurismo en realidad no preserva nada, todo lo destruye. Tal y como la reflexión bioética ha planteado, los problemas ecológicos son siempre problemas sociales, políticos y morales: no se puede defender el medio ambiente vulnerando los derechos de las comunidades indígenas que habitan las zonas naturales del mundo y sólo podremos comprender la urgente necesidad de preservar la naturaleza y respetar a los otros si partimos de una concepción plural, ética e incluyente de la vida. Tenemos que cuestionar las actitudes y prejuicios que vulneran la vida en la tierra y abrir nuevas posibilidades para convivir de una manera menos agresiva, violenta y lesiva. La tarea de la Bioética es que replanteemos en qué tipo de mundo queremos vivir.
* Sergio Andrés Hernández Delgadillo es doctor en Filosofía y actualmente se desempeña como profesor de Ética en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
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