La arquitectura de la conspiración

blogeditor · 14 de marzo de 2022

La arquitectura de la conspiración

La principal herramienta que utilizan algunos grupos para oponerse al reconocimiento de derechos son las teorías de conspiración. Aunque variopintas y a veces enemistadas, esas narrativas suelen compartir una misma estructura que vale la pena identificar para entender por qué son tan efectivas y peligrosas.

Todos esos discursos tienen como punto de partida a un actor que podríamos llamar “el titiritero”. Se trata de una persona o entidad de la vida real que posee tanto poder como impopularidad entre ciertos sectores, características que les dan credibilidad a la teoría. Puede tratarse de George Soros o de la URSS o de empresas farmacéuticas, entre otros.

Posteriormente, se anuncia que ese personaje tiene como proyecto principal alcanzar un objetivo tan egoísta, oscuro y estratégico que no puede promoverlo abiertamente. ¿Cómo impulsa una agenda que al mismo tiempo oculta? Creando un movimiento de derechos, que en realidad sería un montaje, para que sirva de escalón previo antes de llegar a su verdadera meta.

El plan maestro del titiritero tras bambalinas iría así: si la gente por fin acepta la premisa “A” (los derechos exigidos) necesaria y automáticamente se tendría que aceptar la premisa “B” (objetivo oculto). Aunque ambas premisas no tengan relación directa. Aunque perfectamente se puede darle el sí a “A” y no a “B”.

Pongo algunos ejemplos: “los matrimonios interraciales son un plan comunista de la URSS”; “el movimiento pro aborto lo dirige Plan Parenhood para vender órganos”; “el matrimonio igualitario busca disminuir la población mundial y/o aprobar la pedofilia”; y “el ‘transgenerismo’ es un plan para aceptar proyectos de transhumanismo (seres humanos biónicos)”.

Los discursos conspiracionistas antiderechos suenan absurdos, pero son muy efectivos para generar miedos infundados. Borran las realidades sociales y deshumanizan a quienes buscan ejercer sus derechos: no son personas afectadas organizándose sino agentes encubiertos de un plan orquestado o “zombies” ya afectados por el mismo. Ninguna mujer querría abortar realmente, ninguna persona sería trans u homosexual, y ninguna pareja interracial se daría de forma espontánea. Cada historia y testimonio sobre estas vivencias, cada uno de los dolores descritos por estos grupos sería una farsa diseñada por el villano que desde las sombras aporta recursos para el sabotaje social. Los movimientos no existirían, no habría personas que de manera espontánea exigieran cambios legislativos y de política pública.

Es un hecho lamentable que siempre habrá quien busque sacar provecho personal de un movimiento. Muchos políticos apoyaron el reconocimiento del voto de la mujer por los insumos que vieron para sus carreras políticas. En un mundo capitalista, no sorprende que empresas turísticas saquen provecho al vender paquetes para bodas LGBT+ o productos con símbolos feministas. Pero esos cálculos oportunistas se dan en reacción a un movimiento articulado. No lo crean.

El punto más efectivo (y peligroso) de estas teorías es que impiden ver, escuchar y empatizar con las personas detrás de las exigencias. Al ser grupos que siempre fueron vistos como “los otros”, la ilusión de una amenaza viene acompañada con la creencia de que nada se pierde villanizándolos. Minan la comunicación, desgastándola en falsos debates acerca de los inexistentes alcances de los derechos que algunas personas están tratando de ejercer para tener una vida más vivible. Por eso hay que evidenciarlas.

@kalycho