La aparición de la vida: consiliencias y discordancias

blogeditor · 9 de octubre de 2014

La aparición de la vida: consiliencias y discordancias

Permítanme comenzar expresando mi agradecimiento más profundo a todos los miembros de El Colegio Nacional. Esta noche me presento ante ustedes abrumado por una mezcla de asombro e incredulidad por haber sido elegido para formar parte de esta casa. A las muchas deudas de gratitud que tengo con José Sarukhán y con Arcadio Poveda, debo agregar ahora la de haberme propuesto, junto con Eusebio Juaristi, Adolfo Martínez Palomo, Ruy Pérez Tamayo y Ranulfo Romo, para ser miembro de esta institución. El ingreso a El Colegio Nacional es una distinción excepcional y entraña, lo sé bien, deberes y obligaciones enormes.

¿Cómo se llega a ser científico? No sé si mi propia historia y mis propios comienzos tienen algún interés, porque sé que tienen mucho en común con los de otros como yo. “Los poetas no tienen biografía” afirmó Octavio Paz en un ensayo sobre Fernando Pessoa, “su obra es su biografía”. Lo mismo es cierto para quienes se dedican a las ciencias naturales y exactas. Estoy seguro de que siempre deseé ser científico, aunque a veces me pregunto si lo he logrado. Un día, pero sólo un día, jugué con la idea de ser abogado, pero rápidamente me di cuenta de que prefería el código genético al código penal o al código civil. Quizás lo único sorprendente de mi historia personal es la solidez con la que mi vocación temprana por la ciencia logró sobrevivir tanto a mi dispersión intelectual como a mi pereza adolescente.

Rilke escribió que la patria del hombre es la infancia, y en la Babel de mi niñez trashumante los libros no solamente me dieron certeza y esperanza, sino también el mejor refugio posible para una identidad tambaleante. Tengo una deuda con las enseñanzas y la paciencia de maestros memorables en escuelas públicas y, sobre todo, con la convicción familiar de que la cultura y la educación son bienes imprescindibles. Aún en épocas precarias, a mis hermanos y a mi se nos procuraron lecturas y música en un ambiente pleno de sentido del humor, lo que nos abrió las puertas a mundos de libertad interior ilimitada. Como desde muy pequeño me atraían las ciencias del espacio, mi abuela materna me envió de México los libros en los que mi bisabuela había estudiado astronomía. Son volúmenes maltratados que aún conservo, en donde Neptuno se llama Leverrier y Plutón no aparece. De niño me inclinaba a veces por la astronomía, a veces por la química y mucho por la historia del mundo grecolatino. Me sigue ocurriendo lo mismo, lo que explica porque desde los once años me han acompañado los ejemplares de La Ilíada y La Odisea que recibí de mi madre como regalo de cumpleaños.

[contextly_sidebar id=”6GCo1as4zrRtrOy73uZMyDEV2DijZhJl”]El Colegio Nacional me permitirá volver una y otra vez al centro de la ciudad. Creo que fue en estas calles en donde comencé a comprender lo que significa ser mexicano. Luego de años más o menos asépticos en los EEUU, el bachillerato en el edificio del Antiguo Colegio de San Ildefonso me permitió sumergirme de lleno en la zona urbana en donde cobra cuerpo la densa letanía de adjetivos con que la que la describió Carlos Fuentes. Éste es el ombligo lunar, ésta es la zona de barnices oscuros y pedrería, de tempestad de cúpulas, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Es, también, el punto de partida de la cultura científica de la nación, de la que todos somos herederos. Aquí se fundó, al día siguiente de la Conquista, una de las universidades más antiguas del continente y luego, en una secuencia deslumbrante que se prolongó a lo largo de varios siglos, se construyeron hospitales donde se entrenaron a médicos y farmacéuticos, surgieron bibliotecas conventuales con libros en lenguas vivas y muertas, se cultivaron jardines de plantas medicinales, se describieron cometas y se planearon las primeras expediciones científicas que recorrieron el territorio del virreinato. Más tarde, al amparo de la Ilustración, hubo claustros con monjas que leían a Euclides y a Liebnitz, se enseñó química y física en la Escuela de Minas, se creó el primer gabinete de historia natural, y órdenes religiosas como la de los jesuitas comenzaron a enseñar a Descartes y a Newton, que el médico novohispano José Ignacio Bartolache tradujo al náhuatl.

Como lo muestra el texto con el que Francisco Javier Clavijero abre su Historia antigua de México, muchas de estas actividades giraron en torno a nuestra primera universidad, que alguna vez estuvo ubicada en la llamada esquina de Escalerillas, conocida también como la Primera de Guatemala y Seminario. No deja de ser admirable la visión urbanística de quienes asentaron la universidad en ese lugar cercano, por una parte, a lo que había sido la residencia de Cortés y al Arzobispado y, por otra, al llamado Hospital del Amor de Dios de las Bubas, en donde se atendía a los enfermos de sífilis. La Real y Pontificia Universidad no duró mucho en ese vecindario en donde se reunían en forma simultánea mundo, demonio y carne. A partir de 1631 ocupó un edificio construido en lo que era la Plaza del Volador, a un lado de la Acequia Real. Esa construcción, que el Barón de Humboldt describió como una de las más bellas de la ciudad, fue destruida sin misericordia alguna en 1910. Sin embargo, estas calles ya habían quedado marcadas para la cultura, desde entonces y para siempre, gracias a la presencia de la Escuela Nacional Preparatoria, uno de los primeros sitios de México en donde se enseñaron y discutieron las ideas de Charles Darwin.

Como no tengo sentido de la orientación, nunca he sabido bien a bien dónde comienza y dónde termina el centro de la ciudad. Sin embargo, siempre sentí que lo dejaba atrás al llegar al Palacio de Bellas Artes, en donde a Diego Rivera le dieron un muro para reponer el que le quitó Nelson Rockefeller. Es fácil comprender las razones que llevaron a Rivera a pintar a Darwin cerca de Marx y Engels. La relación de ambos con Darwin está condimentada con mitos y leyendas, pero los escritos públicos y privados tanto de Marx como de Engels demuestran la admiración que sentían por El origen de las especies. Eso es fácil de comprender, porque como afirmó hace ya varios años José Sarukhán al ingresar a El Colegio Nacional, la biología comparte con las ciencias sociales la dimensión temporal. Esa visión de un mundo cambiante y siempre en evolución es, sin duda alguna, una de las herencias intelectuales más portentosas que nos dejó la Ilustración, y se convirtió en el hilo conductor que une las ideas de muchos pensadores y científicos del siglo XIX con la época contemporánea.

El recuento de ese legado es extraordinario. El siglo XVIII se cerró con las disertaciones cosmológicas de Immanuel Kant y la hipótesis nebular del marqués de Laplace sobre el origen del Sistema Solar, que adicionaron así la perspectiva temporal y por lo tanto evolutiva al espléndido modelo de relojería cósmica calculado por Newton. La idea del cambio no tardó en permear todas las áreas de conocimiento. En 1809, el mismo año del nacimiento de Charles Darwin, Lamarck publicó sus ideas sobre la transformación de las especies. Unas décadas más tarde Hutton y Lyell describieron los cambios de la superficie terrestre y hablaron del tiempo geológico, Malthus intentó comparar el desarrollo demográfico con los cambios tecnológicos, Marx y Engels analizaron la evolución de los medios de producción y sus consecuencias sociales y políticas, Thomson y Sadi Carnot estudiaron el aumento de la entropía en sistemas adiabáticos conforme pasa el tiempo, y Spencer discutió la evolución de las lenguas. Como escribió hace unos años el genetista estadounidense Richard Lewontin, la publicación del El origen de las especies de Charles Darwin en 1859 no representa el punto de partida del pensamiento evolutivo, sino la culminación decimonónica de una visión dinámica de la realidad.

El único dibujo que hay en El origen de las especies es la imagen de un árbol evolutivo, que fue aceptada rápidamente como la metáfora ideal para representar el proceso de diversificación biológica. Darwin creía que la vida se había originado en la era que ahora llamamos Precámbrica, pero escribió poco al respecto porque pensaba que no existían las herramientas científicas para encarar la pregunta. Su silencio le atrajo críticas de seguidores tan fieles como Ernst Haeckel, un naturalista alemán que estaba convencido que los microbios eran parte de un grupo que incluía no solo gérmenes patógenos sino también a los ancestros de las plantas y los animales. En 1866 formalizó su propuesta creando el reino de los Protista, en donde agrupó a las bacterias bajo el nombre de Monera. Los microscopios de la época no permitían ni siquiera adivinar la compleja estructura interna de las bacterias, y al igual que muchos de sus contemporáneos, Haeckel creyó que eran simples glóbulos de lo que entonces se llamaba protoplasma, que imaginó era la base química de la vida.

Aunque Charles Darwin se quedó con las ganas de visitar México, sus ideas no tardaron en ser conocidas y discutidas en nuestro país luego de la Guerra de Reforma, cuando el triunfo liberal aceleró el avance hacia una sociedad laica en donde los argumentos religiosos pesaban cada vez menos. Como afirmó Roberto Moreno de los Arcos, los trabajos de divulgación y de investigación que circularon a partir de 1870 permiten afirmar que “México no estuvo de ninguna manera al margen de la revolución científica operada por Darwin y sus seguidores”. Gracias a la labor de Don Alfonso L. Herrera, un mexicano ilustre empeñado en hacer de la ciencia parte del patrimonio cultural de la nación, la enseñanza de la biología surgió en México bajo la sombra secular de la teoría de la evolución, aunque la marginación que sufrió al reestructurarse la Universidad Nacional impidió que cuajaran sus proyectos visionarios.

La enorme influencia de Haeckel en la biología mexicana no ha sido analizada del todo, pero sabemos que Herrera lo leyó con cuidado y lo convirtió, junto con Darwin, en el punto de partida para desarrollar sus propias ideas sobre el origen y la evolución temprana de la vida. Siguiendo el ejemplo de Lamarck, al que también admiraba profundamente, Herrera concluyó que la biología era una disciplina con carácter propio que trascendía lo que hasta entonces se conocía como historia natural. En 1897 publicó su Recueil des lois de la biologíe générale, que Moreno de los Arcos ha llamado con justicia el primer texto darwinista escrito en nuestro país. Fiel a su vocación docente, unos años más tarde Don Alfonso publicó sus Nociones de biología, un libro destinado a profesores normalistas que descansaba –como él mismo afirmó– en la idea de que “todos los seres animados se han desarrollado gradualmente a partir de un ser monocelular, por medio de variaciones lentas y de la selección de las más ventajosas de éstas en la lucha por la existencia”.

Con un tesón admirable, Herrera dedicó su vida al estudio de ese ancestro hipotético. Impartió conferencias, escribió libros, fundó museos y creó sociedades científicas. Al igual que Stéphane Leduc, Jerôme Alexander y otros colegas extranjeros, buscó en las propiedades de geles y coloides el origen del protoplasma. Los llamados jardines químicos que se siguen vendiendo como adornos de mesa en algunas tiendas departamentales son un vestigio del entusiasmo que despertó en muchos la posibilidad de sintetizar células artificiales y demostrar así el carácter material de lo vivo.

Años más tarde Thomas Mann dio forma literaria a esas obsesiones en su novela Doktor Faustus. “Lo que más parecía interesarle a Herr Leverkühn”, afirma Serenus Zeitblom, uno de los personajes de Mann, “era la unidad fundamental esencial que existe entre la materia viva y la que llamamos inanimada, junto con la idea de que pecamos en contra de esta última cuando intentamos dibujar con rapidez una línea divisoria demasiado estricta entre ambas. En realidad, esta frontera es permeable, y no existe ninguna propiedad esencial que sea exclusiva de las criaturas vivientes y que el biólogo no pueda estudiar en una entidad inanimada”. Zeitblom, escribió Mann, habría de recordar para siempre la fascinación hipnótica que despertaba Jonathan Leverkühn ante su auditorio infantil al preparar amibas, hongos y líquenes artificiales en un pequeño acuario al que le agregaba parafina, sulfato de cobre y cromato de potasio.

Durante cerca de medio siglo Herrera trabajó día y noche tratando de crear protoplasma fotosintético en el modesto laboratorio que había instalado en la azotea de su casa, en lo que ahora es la colonia Santa María la Ribera. No lo logró. Ahora sabemos que la mezcla de formaldehído y derivados del ácido cianhídrico que utilizó produce polímeros de colores intensos que se precipitan formando estructuras microscópicas verdes y amarillas que recuerdan a los biomorfos de Wassily Kandinski, el pintor que también había leído a Haeckel. Dios no juega a los dados, pero la Naturaleza puede hacernos bromas perversas. A pesar del parecido que esas gotitas tienen con bacterias y amibas, no están vivas.

Al igual que Herrera, Alexander Ivanovich Oparin fue enormemente influenciado por Haeckel. Sin embargo, le resultaba difícil reconciliar su visión darwinista con la posibilidad de que los primeros seres vivos hubieran surgido dotados de las complejas estructuras y mecanismos bioquímicos de la fotosíntesis. Eso lo convenció de que las primeras células eran producto de lo que llamó una fase de evolución prebiológica y que habían sido heterótrofas, es decir, se nutrían de compuestos orgánicos disponibles en la Tierra primitiva. Según Oparin, tanto la presencia de hidrocarburos en meteoritos como las síntesis decimonónicas de compuestos bioquímicos eran ejemplos de los procesos abióticos que podían haber producido lo que ahora llamamos la sopa primitiva.

Como Oparin siempre rechazó la posibilidad de una “molécula viva”, a partir de 1936 propuso que la esencia de lo vivo era resultado de las interacciones de los componentes de los coacervados, que entonces se creía eran el mejor modelo fisicoquímico del protoplasma. Oparin fue mas lejos, porque terminó formulando un programa de investigación multidisciplinario opuesto a la posibilidad de la generación espontánea. La suya no es una teoría sobre coacervados o sobre la sopa primitiva, sino una hipótesis que explica el origen de la vida como resultado de un proceso lento y gradual de evolución, primero química, luego prebiótica y finalmente biológica.

Aunque había sido educado como bioquímico, Oparin conocía bien las ideas y la metodología del análisis evolucionista gracias a su relación con Arkady Klimentevich Timyriazev, un agrónomo liberal que había viajado por su cuenta a Inglaterra para conocer a Darwin y solicitar la autorización para traducir su obra al ruso. Su éxito fue extraordinario, y de manera casi inevitable el darwinismo fue incorporado al programa ideológico de la lucha en contra de la monarquía zarista. Como afirmó hace algunos años Michael Adams, “hacia 1939 hubiera sido difícil encontrar un país en el mundo en donde la teoría de la evolución estuviera más desarrollada o fuera mejor conocida que en la Unión Soviética”. Sin embargo, la lectura política de las ideas de Darwin tuvo consecuencias trágicas. Como ocurrió en otros países, la mayoría de los evolucionistas rusos rechazaron a la genética mendeliana, que creían opuesta a la selección natural. Este repudio se intensificó luego de la Revolución Bolchevique, sin que nadie sospechara que años más tarde esa fractura científica sería aprovechada por Lysenko y sus seguidores para apropiarse, bajo la mirada cómplice de Stalin, de la genética soviética y provocar un drama de dimensiones humanas y académicas estremecedoras.

Conocí a Oparin en 1975 cuando celebramos en la UNAM los cincuenta años de la publicación de su primer libro. Era un anciano distinguido y cordial que brindaba recitando a Pushkin, seguía usando corbata de moño, y tenía una mirada donde brillaba la curiosidad intelectual. Su actitud afable y su enorme amor por Rusia recordaban al conde Rostov, el personaje de La guerra y la paz que Tolstoi describió con afecto y benevolencia. Con un candor y una sinceridad que siempre le agradeceré, aceptó discutir conmigo los momentos menos lúcidos de su carrera, cuando se convirtió en un aliado de Lysenko. Ese periodo siempre se ha contado en blanco y negro, pero como suele ocurrir, la realidad fue más compleja y menos maniquea. A pesar de sus debilidades políticas, creo que el compromiso esencial de Oparin siempre fue el estudio del origen de la vida. Es en la obsesión por comprender como aparecieron los primeros organismos en donde descansa el aspecto más genuino y más profundo de su personalidad. Como lo demuestran las biografías de muchos otros escritores, artistas y científicos que también se vieron envueltos en los conflictos políticos del siglo XX, la obra puede ser más grande que los errores de su creador.

¿Cómo probar la validez de las ideas de Oparin? Al igual que los cosmólogos, los geólogos, los historiadores, los arqueólogos y los lingüistas, los biólogos sabemos que la reconstrucción del pasado está plagada de errores y obstáculos. Estas limitaciones se dejan ver al tratar de delinear la transición de lo inerte a lo vivo. Al discutir en 1974 la complejidad de la replicación de los ácidos nucleicos y las dificultades para comprender el origen del código genético, Karl Popper afirmó que “…debemos enfrentar la posibilidad de que el origen de la vida, como el origen de la física, se convierta en una barrera para la ciencia, y una demostración del límite infranqueable que impide reducir la biología a la física y a la química”.

Hemos superado los obstáculos señalados por Popper. En primer lugar, gracias al descubrimiento accidental de las propiedades catalíticas del RNA, el origen del código genético y la aparición de la vida han dejado de ser sinónimos. La síntesis de proteínas y los codones no se explican con los ejercicios de numerología neopitagórica que han plagado la literatura científica durante décadas, sino con el estudio de la interacción entre aminoácidos y ribozimas, como llamamos a las moléculas de RNA con propiedades catalíticas. El RNA debe haber estado acompañado durante épocas primordiales por muchos otros compuestos, lo que no solamente nos permite comprender el origen de los ribosomas y la síntesis de proteínas, sino también el papel que muchos derivados de los ribonucleótidos, como la histidina, las alarmonas y un buen número de coenzimas juegan en las células contemporáneas.

En segundo lugar, no pretendemos reducir la biología a la física y a la química. Es cierto que los libros de biología molecular y celular se pueden leer como himnos laicos a una visión materialista de la vida, y que podemos explicar con detalle sorprendente la replicación de los ácidos nucleicos, la síntesis de proteínas o la división celular apelando a leyes y principios de la física y de la química. Sin embargo, la biología no es una mera subdisciplina de estas dos ciencias. Los rasgos y procesos esenciales de los sistemas biológicos como la simbiosis, la epigenética o la selección natural son consistentes con las leyes de la física, pero no se pueden deducir a partir de ellas.

En el mundo de lo vivo no hay ni dirección ni progreso, sólo una historia definida por cambio y continuidad a veces interrumpida por eventos contingentes. No hay nada en el darwinismo clásico que hubiera permitido prever las consecuencias catastróficas del choque inesperado con el asteroide que acabó con los dinosaurios. Utilizando las ecuaciones de Newton, Sir Edmund Halley pudo calcular el regreso del cometa que ahora lleva su nombre. En cambio, salvo unos cuantos casos triviales, no podemos predecir el futuro evolutivo de las especies. La biología es, ante todo, una disciplina histórica, y el pasado es la clave para entender el presente. Somos como el ave goofus que describió Jorge Luis Borges en su Manual de la zoología fantástica, que construye su nido al revés y vuela hacia atrás, porque no le importa a donde va, sino de donde viene.

En 1887 Darwin escribió que “por ahora no vale la pena pensar sobre el origen de la vida; igual podríamos estar pensando en el origen de la materia misma”. Esta aseveración ha sido malinterpretada. Como escribió en 1944 John D. Bernal en un pequeño volumen titulado The physical basis of life, la afirmación de Darwin “no significa que debamos disfrazar nuestra ignorancia con hipótesis absurdas sobre el origen de la vida o de la materia, sino que por el contrario debemos intentar, desde un principio, proponer secuencias de eventos que sean lógicas, con las cuales intentamos demostrar que unas etapas deben anteceder a otras e ir construyendo con esas secuencias parciales una historia coherente. Seguramente existirán lagunas que no podremos llenar, pero hasta que no intentemos construir estas secuencias no las podremos identificar ni podremos encontrar solución a los problemas pendientes”.

Ha habido progresos enormes en el desarrollo de las narrativas históricas de las que habló Bernal. Aunque seguimos sin saber como se originó la vida, la reformulación de las preguntas a las que hay que responder representa, en si mismo, un avance extraordinario. La vigencia de las ideas de Oparin proviene no de su atractivo ideológico sino de la concordancia que tienen observaciones y resultados de disciplinas científicas muy ajenas entre sí. Aunque no hemos descubierto remanentes de la sopa primitiva, posibilidad de su existencia descansan en la extraordinaria correlación que hay entre la composición bioquímica de los seres vivos con los componentes orgánicos de meteoritos condríticos y los productos de síntesis prebióticas como los reportados por Stanley L. Miller en 1953. Lo mismo ocurre con el reconocimiento del papel del RNA en la evolución celular, que descansa en su ubicuidad biológica, su flexibilidad estructural, sus propiedades genéticas y catalíticas y su biosíntesis. Este tipo de concordancias es lo que William Whewell llamó en 1840 consiliencia de inducciones, una expresión que no es ni bella ni fácil de pronunciar, pero que permite validar las explicaciones evolutivas. Esto lo comprendió muy bien Darwin, aunque Whewell, llevado por su fundamentalismo religioso, se negó a aceptar las conclusiones de El origen de las especies, y se dice que terminó prohibiendo la presencia de libros de evolución en los anaqueles de su biblioteca.

En 1953, el mismo año en que Miller reportó la síntesis prebiótica de aminoácidos, Watson y Crick publicaron su modelo de la doble hélice del DNA, lo que marca uno de los momentos culminantes del proceso de la molecularización de la ciencias de la vida. Los hallazgos de la biología molecular no tardaron en acumularse con una rapidez prodigiosa, modificando radicalmente nuestra comprensión de los procesos de la herencia y la expresión y regulación de la información genética. Ello provocó que muchos tomaran partido en disputas que ahora nos parecen distantes, como las tensiones académicas, políticas y presupuestales que llevaron a bandos opuestos a los biólogos moleculares y a los naturalistas. Como decía Ramón Margalef, el célebre ecólogo español, estos enfrentamientos terminaron generando una separación entre los biólogos de bata y los biólogos de bota.

Aunque se ha exagerado el reduccionismo de los biólogos moleculares, es cierto que durante varias décadas muchos de ellos mantuvieron una actitud ambigua hacia el darwinismo y un fuerte escepticismo hacia el estudio del origen de la vida. En los últimos años estas dudas se han disipado. Gracias a la teoría de la endosimbiosis desarrollada por Lynn Margulis, a los trabajos de Carl Woese y George Fox sobre la separación temprana de los procariontes en dos grandes linajes y al descubrimiento de las ribozimas, la biología molecular se insertó del todo en el contexto de la teoría de la evolución, y ahora juega un papel central en su desarrollo. Tenemos una deuda enorme con las ideas pioneras de Emile Zuckerkandl, un científico de un refinamiento intelectual extraordinario, quien junto con Linus Pauling demostró que las secuencias de proteínas y ácidos nucleicos almacenan información evolutiva que podemos extraer con comparaciones cuantitativas y asomarnos así a épocas más antiguas que el DNA mismo. Podemos estudiar etapas y procesos de la evolución imposibles de leer en el registro paleontológico pero que han sido preservados en las secuencias de genomas de células, virus y organelos. Ahora no sólo hay biólogos de bota y biólogos de bata, sino también de computadora.

No es difícil adivinar en los libros de Oparin la influencia intelectual de Vladimir Ivanovich Vernadksky, el célebre geoquímico de San Petersburgo que dio un sentido nuevo al concepto de biósfera. Mientras que Pasteur, Koch y Lister vieron a los microbios como patógenos y Haeckel los analizó desde una óptica evolutiva, Vernadsky se percató de su papel como agentes del cambio geológico. Las tres perspectivas son complementarias. Al igual que Victor Goldschmidt, Alexander Pavlovich Vinogradov y unos pocos mas, Vernadsky advirtió la sorprendente relación que hay entre los metabolismos bacterianos y la química del planeta. Los seres vivos liberan metano, fijan nitrógeno, producen oxígeno, consumen dióxido de carbono y reciclan compuestos de azufre y yodo. A lo largo de miles de millones de años los organismos modificaron la atmosfera terrestre acumulando oxígeno y otros gases, lo que afectó directa o indirectamente la formación de rocas y minerales, la temperatura superficial del planeta, la acidez de los océanos y la composición química de los sedimentos. A pesar de las diferencias en las escalas de tiempo y espacio que las separan, existe una correlación íntima entre la evolución microbiana y la evolución planetaria. Es imposible comprender la historia de la Tierra y muchos de los rasgos que la distinguen de otros cuerpos del Sistema Solar sin reconocer las consecuencias geológicas de la actividad biológica.

El impacto más dramático que ha sufrido la biosfera resultó de la acumulación de oxígeno libre producido por ella misma. El análisis geoquímico de los sedimentos nos permite reconstruir la historia del oxígeno atmosférico, pero el análisis evolutivo de las reacciones bioquímicas y las vías metabólicas nos muestra la forma en que este elemento permeó procesos celulares, llevó al origen y desarrollo de mecanismos de reparación de los daños causados al DNA y las proteínas, provocó la diversificación de las hemoglobinas y otros transportadores como las hemeritrinas, modificó rutas biosintéticas y condujo a la aparición del colesterol, que a pesar de su pésima reputación jugó un papel esencial en la aparición de células con núcleo, los eucariontes, que desde hace mas de dos mil millones comenzaron a divergir en linajes que eventualmente condujeron a protistas, hongos, plantas y animales, incluyendo a los humanos.

A noventa años de la publicación del primer libro de Oparin, el estudio del origen de la vida ocupa el lugar que le corresponde en la biología contemporánea. El ostracismo académico que padeció Herrera y el recelo que la teoría de la evolución despertaba en algunos círculos se han quedado atrás. Aunque no debemos ignorar el riesgo que representan, los creacionistas son hoy una anécdota lamentable pero mínima en el panorama educativo nacional. Hoy ingreso a El Colegio Nacional consciente de la deuda que tengo no sólo con los esfuerzos pioneros de Herrera, sino también con los de muchos otros. El listado debe incluir los nombres de Federico Bonet, Odón de Buen y Juan Comas, que al llegar a México huyendo de la barbarie franquista jugaron un papel importante en la enseñanza de las teorías evolutivas, y nos heredaron un ejemplo no solo docente sino también moral.

Mi otra gran deuda es con la amistad, el talento, la lealtad, el trabajo y la imaginación (a veces excesiva) de los estudiantes que me acompañan en el empeño por entender como apareció la vida. La gran diferencia entre mis alumnos y yo es que en esa búsqueda tuve mejores maestros que ellos. Los encontré fuera de México, y gracias a la Universidad Nacional las teorías y descubrimientos centrales en el estudio del origen y la evolución temprana de la vida tuvieron voz y rostro: Alexander I. Oparin, Juan Oró, Stanley L. Miller, Leslie E. Orgel, Lynn Margulis, George E. Fox y Emile Zuckerkandl. Desde muy joven tuve el privilegio de compartir el pan y la sal con ellos y con otras figuras míticas de la ciencia contemporánea. Aunque nunca sabremos con precisión como surgió la vida, gracias a todos ellos creo comprender como ocurrió. Como dice Octavio Paz en uno de sus poemas más bellos y más perturbadores, “sin entender comprendo”. Pero la pregunta sigue abierta, y por ello conviene recordar los versos de Goethe que Oparin utilizó como epígrafe de su primer libro, “Gris, querido amigo, es toda teoría, y sólo el árbol de la vida es verde”.

 

 

* Antonio Lazcano es un científico mexicano especializado en biología evolutiva y divulgador de la ciencia, egresado de la Facultad de Ciencias de la UNAM, donde fundó el curso “Origen de la vida” y dirige el Laboratorio de Origen de la vida (anteriormente de microbiología). Ha estudiado durante más de 35 años el  origen y la evolución temprana de la vida por medio del análisis de secuencias de genes y genomas. Este es su discurso de aceptación como miembro de El Colegio Nacional.